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Harry Mathews

"La literatura norteamericana empieza en Melville y termina en Mathews", decía Perec

Los miembros de Oulipo, de izquierda a derecha, sentados, Italo Calvino, Harry Mathews, François Le Lionnais, Raymond Queneau, Jean Queval, Claude Berge. De pie, de izquierda a derecha, Fournel, Michèle Métail, Luc Étienne, Georges Perec, Mercel Bénabou, Paul Braffort, Jean Lescure, Jacques Duchateau.
Los miembros de Oulipo, de izquierda a derecha, sentados, Italo Calvino, Harry Mathews, François Le Lionnais, Raymond Queneau, Jean Queval, Claude Berge. De pie, de izquierda a derecha, Fournel, Michèle Métail, Luc Étienne, Georges Perec, Mercel Bénabou, Paul Braffort, Jean Lescure, Jacques Duchateau. EL PAÍS

En marzo de 1983, Harry Mathews, miembro destacado de Oulipo —el célebre taller parisino de “literatura potencial”, siempre a la búsqueda de nuevos procesos de creación—, recordó un mandato que Stendhal se había dado a sí mismo (“escribir veinte líneas por día, geniales o no”) y en él vio un buen método para tratar sus miedos y pereza. Pensó: incluso para un escritor escéptico como yo, veinte líneas cada mañana no parece un ejercicio excesivo. En aquel marzo de 1983, cuenta Mathews en el prefacio a su diario Veinte líneas por día (Mansalva), le preocupaban dos cosas: acabar su novela Cigarettes, que había empezado cinco años antes, y la muerte en marzo de 1982 de su gran amigo Georges Perec.

Se habían conocido en 1970 cuando el oulipiano Perec le preguntó por carta si vería bien que se encontraran. “Bebimos juntos y después fuimos a cenar, y así empezó la relación más estimulante, divertida, intensa y satisfactoria que he tenido con un hombre y que sin duda jamás volveré a tener”, comentaría años más tarde Mathews. La relación estuvo siempre marcada por el espíritu lúdico infinitamente serio de Oulipo, la única de las vanguardias literarias —Queneau, Calvino, Bénabou, Fournel, Roubaud— que ha sobrevivido plenamente al siglo pasado.

El juego y la disciplina se conjugaron de modo admirable en la reunión de trabajo de Oulipo a la que, convocado exclusivamente para esa sesión, pude asistir el pasado noviembre, en casa de Harry Mathews. Me asombró que, tal como va el mundo, fuera aún posible encontrar personas capaces de mantener en una casa, durante horas, una apasionante conversación sobre literatura.

Allí estaba, entre otros, Marcel Bénabou (Por qué no he escrito ninguno de mis libros), que fue quien mejor supo definir en su momento al autor oulipiano: “Una rata que construye ella misma el laberinto del cual se propone salir”. Y, por supuesto, allí estaba Harry Mathews, en su sillón preferido y con una actitud extremadamente cordial. Si alguien me hubiera dicho que aquella sería la única tarde de mi vida en que le vería, me habría resistido a creerlo. De él conocía algunos de sus ensayos y su elegante y muy ingeniosa novela Cigarettes, publicada entre nosotros en 1990 por la desaparecida Circe: una laberíntica trama de relaciones humanas vistas, con el tiempo, como volutas de humo difuminándose en el aire.

Tuvo que pasar un cuarto de siglo para que en 2015 se volviese a traducir a nuestra lengua otra obra de Mathews, Veinte líneas por día. Inesperadamente, el libro me llegó de Argentina muy pocas horas después de que por email Eduardo Berti y Pablo Martín Sánchez —únicos miembros de expresión castellana de Oulipo— me comunicaran la súbita muerte de Mathews en Key West. Daniela Franco, buena amiga de Harry, opina que ese envío póstumo podría ser un sutil guiño del mismísimo Mathews. No sé, pero en la contracubierta del libro, cual golpe seco de billar, destaca un blurb de Perec que parece imitar la caída de una losa sobre una tumba: “La literatura norteamericana empieza en Melville y termina en Mathews”.

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