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Al son del cartel de cine de Cuba

Un libro recorre la historia de los reconocidos afiches diseñados en la isla para sus películas y las foráneas

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Cartel de la película 'El extraño caso de Rachel K' (1977), elaborado por Antonio Fernández Reboiro.

Más allá de lo que se muestra en las pantallas, una parte de la historia del cine de cada país se puede contar también a través de los carteles que promocionan sus películas. Un lugar donde tradicionalmente se ha mimado la elaboración de afiches para filmes es Cuba, como demuestra el libro El cartel cubano llama dos veces, de Ediciones La Palma, en colaboración con la Cinemateca de Cuba y la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID). Este volumen, de 243 páginas, cuenta con una galería que reproduce más de 120 carteles y un minucioso texto de la especialista en gráfica cinematográfica Sara Vega Miche (La Habana, 1956). Comisaria de exposiciones sobre este tipo de carteles, ha enfocado su estudio en la etapa que transcurre desde el 24 de marzo de 1959, cuando se funda el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), solo dos meses después del triunfo de la revolución, hasta 2016.

Antes de la revolución castrista, los carteles de la isla "imitaban los patronos de Estados Unidos y México, sobre todo, y se basaban en tópicos como la rumbera, la música o los cañaverales", dice por teléfono Sara Vega. El crítico Luciano Castillo, director de la Cinemateca, la institución que preserva el patrimonio fílmico cubano, lamenta, en el prólogo del libro, que el ICAIC hiciese "borrón y cuenta nueva" del cine prerrevolucionario. Aquellos rollos de celuloide no se cuidaron y con ellos los carteles de promoción.

El ICAIC montó un departamento que fabricaba los carteles para toda película, ya fuera una producción de la isla o foránea. Los afiches se caracterizaban por imprimirse con la técnica de la serigrafía, "un proceso de manufacturado, no industrial, en el que cada color requería una impresión diferente", añade Castillo, historiador de cine.

El cartel cubano, al que mostraron su admiración el escritor cubano Alejo Carpentier, por ser "una pinacoteca al alcance de todos", y la estadounidense Susan Sontag, que los calificó de "objetos de lujo", tuvo repercusión en otros países. "Se han realizado exposiciones por todo el mundo, la más importante en Turín, en 2016, que visitó medio millón de personas. Ahora hay una en la sede de la Unesco, en París", dice Castillo. "Antaño estaba considerado un arte menor, pero hoy están cotizados por coleccionistas e investigadores del cine".

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Afiche para uno de los grandes éxitos del cine cubano, 'Fresa y chocolate' (1994), realizado por Ernesto Ferrand.

En estas pequeñas obras de arte —habitualmente de 76 por 51 centímetros— "dominó la libertad de diseño y técnica, lo que las diferencia del cartel político", explica Vega, que también destaca su "originalidad" porque, "lo fácil era tomar un fotograma, pero aquí vemos un juego más intelectual con el espectador, incluso con carteles figurativos se transmite un mensaje no explícito". A lo que añade Castillo: "Se empleaban metáforas visuales que buscaban la comunicación con el público, más desde el impacto gráfico que desde lo meramente publicitario".

En cuanto a la forma de trabajar los cartelistas del ICAIC, estos veían la película y así se presentaban varios bocetos e ideas. La reputación de esta disciplina fue un atractivo para artistas, como los pintores cubanos René Portocarrero, Servando Cabrera o Raúl Martínez, y de otros países, como el español Antonio Saura, autor de la figura expresionista del cartel de Memorias del subdesarrollo, de Tomás Gutiérrez Alea (1968), o el brasileño Emanuel Dimas de Melo Pimenta.

De estas casi seis décadas de afiches cubanos, Vega rememora que, “tras los primeros años, del 60 al 64, en los que se dan los pasos iniciales para encontrar un camino, los trabajos se consolidan y van desapareciendo los elementos pictóricos". El afianzamiento llegó en los setenta, con un gran volumen de trabajo. Sin embargo, con las sucesivas crisis económicas y especialmente tras la caída del Muro de Berlín (1989), decreció la producción de películas, que repercutió en "una caída en picado de la gráfica", escribe Vega en El cartel cubano llama dos veces.

Esa debilidad ha motivado que en la etapa más reciente los diseñadores busquen sus oportunidades en otras manera de promoción del cine: retrospectivas, conferencias, homenajes, exposiciones… Vega defiende que tiene su interés que un joven cartelista reinterprete Un perro andaluz o El silencio de los corderos.

También ha cambiado el espacio que ocupaban estas láminas en Cuba, ya no están en la calle, como ocurrió a partir de los sesenta, cuando empezaron a instalarse en los popularmente conocidos como paraguas, unas estructuras metálicas que permitían colocar hasta ocho, sino en galerías y salas de exhibición. Ahí está su presente, su futuro está aún por escribirse, o dibujarse.

Una bitácora del cine cubano

Tras el estudio de los carteles de las películas de Cuba, Ediciones La Palma, en coedición con la Cinemateca de Cuba, afrontará un nuevo proyecto, más ambicioso. “Se trata de una obra en cuatro tomos, Bitácora del cine cubano, con toda la producción de la isla desde los comienzos del celuloide, en 1897, hasta la actualidad, explicó Luciano Castillo, director de la Cinemateca de Cuba.

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