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Los figurantes por fin existen

La firma del primer convenio colectivo para reconocer a los extras les permite dejar a un lado su habitual protesta ante los Goya

Actores y figurantes, en el rodaje de 'Juego de Tronos' en Pechina (Almería), en octubre de 2015.

Todos los espectadores los han visto. Y sin embargo son invisibles. Salen en la pantalla, aunque no en los créditos. En las películas nunca hablan, porque así lo impone su papel. De ahí que algunos intenten aprovechar justo la gala de los Goya para ser, por una vez, protagonistas. Allí, ante las cámaras y el altavoz que proporciona la fiesta del cine español, decenas de figurantes rompen cada año su silencio. Y directamente gritan. “Sin figuración no hay producción”, repite el colectivo que se reúne habitualmente fuera de la sede donde se celebra la ceremonia. Gala tras gala, han pedido un convenio colectivo que reconozca en España su figura profesional. El pasado 18 de mayo por fin ganaron la batalla. De ahí que los Goya de este sábado sean los primeros que los figurantes también podrán celebrar. Siguen siendo el eslabón más débil, de acuerdo. Pero, al menos, ya existen.

“Muchas veces nos trataban como si ni fuéramos un eslabón. Así que es un gran logro. Era un sector sin reglas”, afirma Pedro Grande, de 64 años, los más recientes pasados como actor y figurante. “No es un acuerdo maravilloso, pero sí es importante tener un convenio específico. Antes solo podíamos acudir al estatuto general de los trabajadores”, agrega Luisa Llorente, que muchos españoles habrán visto en Torrente, La piel que habito o Águila Roja, aunque casi nadie lo sepa. Uno de los avances clave, coinciden, es que el documento los reconoce y cuenta con la firma de FAPAE (la confederación de productores) y de las ETT (empresas de trabajo temporal) que los contratan. Lo de menos es que la definición no suene muy halagüeña: “Los trabajadores que recrean con su presencia un ambiente o una escena, sin ningún peso específico o incidencia en la acción, que contribuye a la autenticidad global y la atmosfera de dicha escena careciendo de texto alguno”. Los figurantes pueden, eso sí, “participar en la generación de ruidos, gritos y murmullos de muchedumbres y/o los cantos y rezos en coro”.

Además de su nacimiento, el convenio establece una serie de derechos que sacan a los extras de la jungla alegal en la que estaban perdidos. Empezando por el salario: antes cada ETT “pagaba lo que le parecía bien y como máximo el salario mínimo”, según Grande. Y días interminables de rodaje no suponían apenas compensación. Ahora, su jornada laboral queda fijada en ocho horas, con 42 euros brutos de sueldo. Si el rodaje se prolonga, novena y décima hora se pagan 7,50 euros cada una. A partir de ahí, nacen las horas extra del extra: 12 euros. Y eso mientras el figurante no hable. Como aquel embajador que, ante el saludo de los protagonistas de la serie, permanecía callado. Su pobre compañero, recuerda Llorente, no era maleducado: simplemente, el ayudante de dirección le había ordenado el silencio. Porque pronunciar una o dos frases hace toda la diferencia del mundo: he aquí una “pequeña parte”, a la que corresponden 159,77 euros. El que hable de tres a 20 veces se considera actor de reparto, lo que dispara su remuneración. Y por encima ya están los intérpretes secundarios, aunque eso, para muchos figurantes, es otra historia.

Mejoras pendientes

El convenio supone un antes y un después, según los entrevistados. Sin embargo, “no es el mejor del mundo”, reconoce la figurante Luisa Llorente. “Negociamos unas condiciones mínimas”, agrega su compañero Pedro Grande. Se trata de “un convenio básico para funcionar”, en palabras de Iñaki Guevara, secretario general de la Unión de Actores y Actrices. Quedan, por tanto, muchos aspectos por negociar. Guevara destaca sobre todo la necesidad de “sueldos más dignos” y de crear distintas categorías dentro de la figuración: “No es lo mismo que un extra esté sentado en la barra de un bar o que baile un vals, por lo que habría que pagar más; no es igual que se vista de tenista o aparezca jugando al tenis”.

Y tanto Llorente como Grande subrayan otro asunto: “Muchas veces te tienes que llevar tú tres o cuatro cambios de vestuario. Por un lado es un ahorro para la productora. Por otro, si se rompe o se ensucia algo, nadie te paga nada”.

Sea como fuere, el acuerdo supone otros logros que se resumen en una victoria: la de la dignidad. “Les tienen que dar un espacio cerrado para su descanso o para cambiarse, la misma comida que al resto y en los rodajes más lejanos la productora se tiene que encargar de su traslado”, resume Iñaki Guevara, secretario general de la Unión de Actores y Actrices, que junto con una comisión de figurantes encabezó las negociaciones. Es decir, que los extras podrán reivindicar cierta igualdad sin acabar, como aseguran que ocurría, “en la lista negra de las agencias”. Se acabó el bocadillo con dos salchichas mientras al lado los demás comen menús. Basta de cambiarse en medio del hielo invernal. Los ejemplos proceden de la memoria indignada de Grande y Llorente. “Había que tenernos, pero nos hacían sentir prescindibles. Como si se pudiera sustituirnos con una silla. Un actor llegó a decir que éramos ‘el atrezo que come”, denuncia Grande.

Entonces, ¿por qué han seguido? “Es una experiencia que engancha”, defiende Llorente. El día que tus amigos italianos ven Velvet y te dicen que salías “bellissima”, por ejemplo, compensa muchas amarguras. Ninguno de los dos entrevistados, de hecho, estudió interpretación. Sin embargo, una vez que probaron la figuración, no hubo vuelta atrás. Y se sumaron así a un colectivo “de lo más heterodoxo”, según Guevara. “Conozco al 99%. Te puedes encontrar absolutamente de todo, desde un jubilado aburrido hasta la gente que busca una foto con un actor. Pero ser figurante es una profesión y hay que ser profesionales”, asegura Grande, quien ahora interpreta más papeles actorales que como extra. En uno de esos roles, curiosamente, interpretaba a un sindicalista encendido. Seguro que el personaje estaría orgulloso de su lucha.

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