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Las lecturas de los presidentes

La relación de los políticos con los libros, como autores y lectores, alcanzó una cima con Obama. Ahora empieza su caída en picado

Barack Obama, en la librería independiente de Washington Politics and Prose, en 2014.rn
Barack Obama, en la librería independiente de Washington Politics and Prose, en 2014. APF

A lo largo de sus ocho años de mandato Barack Obama se reveló como un consumidor de cine y teleseries muy bien informado (Blade Runner, El Padrino, Homeland, Breaking Bad), un buen oyente de música y, sobre todo, un lector extraordinario, la lista de cuyos autores favoritos es inobjetable e incluye algunos de los nombres más importantes de la literatura contemporánea en inglés: Junot Díaz, Jhumpa Lahiri, Dave Eggers, Zadie Smith, Barbara Kingsolver, Marilynne Robinson, James Salter, Helen Macdonald, V. S. Naipaul, etcétera.

Al hacer pública su vida como lector, en los habituales y por lo general excelentes conciertos en la Casa Blanca, al compartir escenario con cantantes y cineastas dispuestos a poner en escena una cierta forma de concebir la cuestión racial y/o la defensa del “otro” (mujer, negro, inmigrante, homosexual), el 44º presidente de EE UU puso fin a unos años de antiintelectualismo en el poder cuyo mejor ejemplo (no el más trágico, desafortunadamente) fueron los exabruptos de George W. Bush Jr., quien alguna vez afirmó que “una de las mejores cosas de los libros es que a veces tienen bonitas ilustraciones”. También se quejó de estar siendo “malsubinterpretado” (sic) y en una conferencia de prensa se negó a dar respuestas en “inglés, en francés o en mexicano”. (En esto puede que siguiese a Miriam Ma Ferguson, gobernadora de Texas, quien en los años veinte descartó introducir la enseñanza bilingüe en su Estado y a quien la leyenda atribuye haber dicho “si el inglés le bastó a Jesucristo, también le bastará a los niños texanos". La retirada de la versión en español de la web del Gobierno acometida esta semana desmuestra que los seguidores de Ma Ferguson siguen en activo).

Obama encontró en los libros lo que a menudo se encuentra en ellos: inspiración, consuelo, descanso, un conocimiento de primera mano de las ambigüedades de la condición humana. Como afirmó recientemente a The New York Times, los libros le permitieron “ganar perspectiva” y “tener la habilidad de ponerme en la piel del otro”; dos cosas, dijo, “impagables” en el ejercicio de la política. No es habitual que un presidente piense así. Para apreciar la singularidad como político de Obama basta con contemplar la peligrosísima falta de conocimiento del mundo de Donald Trump. En mayo pasado, afirmó que sus libros favoritos eran la Biblia y Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque, pero se vio incapaz de glosar siquiera su argumento porque, como admitió, “leo pasajes…, leería capítulos, pero no tengo tiempo”.

El tiempo nos permitirá valorar la dimensión excepcional de Obama, no sólo un lector cultivado, sino también autor de dos libros excelentes. En EE UU es casi prescriptivo que el ascenso al poder de cualquier político vaya acompañado de una autobiografía, un paso más en su acercamiento al electorado, pero el nuevo presidente, Donald Trump, ya admitió que el libro del cual es autor fue escrito en realidad por el periodista Tony Schwartz, quien durante la campaña renegó de aquel trabajo y contó que el único comentario que Trump hizo al texto es que quería que su nombre apareciera más grande en la portada.

No son pocos los presidentes que fueron escritores de una u otra índole: Václav Havel, Bartolomé Mitre, Perón, Manuel Azaña

Aunque no son pocos los presidentes que fueron escritores de una índole u otra (el checo Václav Havel, por ejemplo; pero también los argentinos Bartolomé Mitre, Domingo Faustino Sarmiento y Juan Domingo Perón, el peruano José Luis Bustamante y Rivero, el chileno Ricardo Lagos, Manuel Azaña), y pese a que no hay prácticamente ningún político de los últimos dos siglos que no se haya visto compelido a escribir (Adolf Hitler, por ejemplo; Muamar el Gadafi o Benito Mussolini, quien a su llegada al poder retiró una novela anticlerical que había publicado años antes, e incluso Sadam Husein, quien publicó cuatro novelas y una cierta cantidad de poemas bajo seudónimo), parece evidente que, con excepciones, la palabra escrita ya no es el medio privilegiado de relación entre gobernantes y gobernados.

Obama no sólo ha sido un lector entusiasta de William Shakespeare, san Agustín, ­Ralph Waldo Emerson o Herman Melville (también ha estado atento a la literatura estadounidense contemporánea: Colson Whitehead, Eliza­beth Colbert, Ta-Nehisi Coates, Jonathan Franzen), sino también el continuador de una cierta tradición política que, habiéndose articulado en torno a una respuesta norteamericana a los ideales de la Ilustración, recorre a través de un puñado de nombres la historia de ese país: Thomas Jefferson, Abraham Lincoln, Walt Whitman, Martin Luther King, James Baldwin, Ralph Ellison, W. E. B. DuBois. Se trata de la idea de unos EE UU inconclusos, una “gran novela americana” escrita por todos los estadounidenses cuyo previsible final es el cumplimiento de las promesas hechas en la Declaración de Independencia.

Donald Trump ya admitió que el libro sobre su vida del cual es ‘autor’ fue escrito en realidad por el periodista Tony Schwartz

Obama, quien regaló a su hija mayor un lector electrónico con algunas novelas que quería compartir con ella —entre otras, Cien años de soledad—, nunca dejó de lado lo que aprendió al inicio de su actividad pública en las calles de Chicago. Como afirmó, “lo que permite a las personas reunir el coraje que se requiere para unirse y actuar en su beneficio no es sólo que compartan los mismos problemas, sino el hecho de que tengan una historia en común”.

Esa historia en común parece reactivarse en momentos de zozobra, y, en ese sentido, la celebración de eventos literarios, lecturas de poesía y manifestaciones artísticas en 90 ciudades norteamericanas el día de la toma de posesión de Trump pone de manifiesto que esa historia, convertida en literatura, constituirá una forma de resistencia durante su mandato.

Patricio Pron es autor, entre otras obras, de ‘No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles’ (2016).

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