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En el continente perdido

Leyendo 'América', de Manuel Vilas, pensaba que no habría mejor corresponsal que un poeta con talento. Trump ronda el libro como amenaza y vaticinio

'Nueva York 1959', fotografía de Bruce Davidson. 
'Nueva York 1959', fotografía de Bruce Davidson. 

Estados Unidos es un continente tan ajeno y tan desconocido para nosotros como la meseta del Tíbet. No hay país del que recibamos más información, sobre el que veamos más películas, más libros, más series de televisión que abarcan todos los aspectos posibles de la vida, desde las conspiraciones políticas de la Casa Blanca hasta los manejos de los narcotraficantes o las intimidades de los vampiros y de los zombis. Nuestras ciudades están llenas de franquicias de comida americana. Nuestras periferias urbanas imitan con fidelidad patética pero cada vez más lograda la desolación de la mayor parte de las ciudades o exciudades de allí, todas ellas pura periferia sin centro. En nuestros anuncios, y en una parte de nuestra literatura, la gente habla ya en una prosa de doblaje de película americana. Cuanta más omnipresencia y cercanía, mayor es la ignorancia. A eso se añade que una estética muy seductora, heredada del cine y de la iconografía pop, embellece la desolación y envuelve en romanticismo hasta la miseria y el deterioro americanos, las carreteras, los moteles, los aparcamientos, las urbanizaciones de casas idénticas con jardines, etcétera.

No hay noches más oscuras que las de Estados Unidos, ni autopistas con más carriles, ni casinos más grandes habitados por gente más obesa

Por eso es más fuerte todavía el shock de quien se encuentra de golpe y de verdad en el interior desconocido de ese continente; quien tiene que viajar en un autobús Greyhound de la realidad y no de los anuncios o de las películas, quien sale de un hotel en lo que imaginaba que era el centro de una ciudad y se ve perdido en medio de una vasta escenografía de aparcamientos y de aceras anchas y desiertas por las que si acaso circula un mendigo de harapos y pelambre de náufrago; quien empuja la puerta de la habitación y se encuentra en una amplitud enmoquetada que se prolonga más allá de la ventana enorme en una llanura de asfalto disuelta en una lejanía de campos de maíz. No hay noches más oscuras que las de ese continente, ni autopistas con más carriles, ni casinos más grandes habitados por gente más obesa. No hay un olor como ése, que se vuelve omnipresente desde que se llega, por ejemplo, al aeropuerto LaGuardia de Nueva York, el de los vuelos nacionales, que funciona como el vestíbulo verdadero de acceso a toda la extensión interior del país: olor a grasa tostada, a masa de pizza, a café malo enfriado. Las luces son fluorescentes, los colores de una pulcra intensidad corporativa, las moquetas absorben todos los sonidos, los techos de los centros comerciales se pierden en alturas lejanas. Hay fusiles de asalto de verdad empaquetados en plástico como armas de juguete.

Ese mundo es el que estetizan los hermanos Cohen, dándole un glamour existencial del que carece por completo. En él hay algo abominable y algo que subyuga, una lejanía definitiva, una sensación de total irrelevancia de lo que uno es y de lo que trae consigo, sus recuerdos, su origen. Es un mundo donde encontrarse unas veces perdido sin remedio y otras casi ahogado de confort, exaltado por la abundancia, por el espacio, por la escala de todo, por la belleza brutal de un puente de hierro sobre un río que no sabes cómo se llama, pero que puede ser tan inmenso como el Amazonas o el Nilo.

Manuel Vilas tiene la extranjería
de un español, la de un poeta,
la de un testigo que también
en su país se sitúa más bien al margen

Muy pocas veces he visto bien retratado ese mundo. Me lo encuentro de golpe, con gratitud y sorpresa, en un libro de Manuel Vilas, América, recién editado por Círculo de Tiza. Vilas tiene talento doble de narrador y de poeta: cuenta el tránsito y aísla el momento, se deja llevar por el fluir de la escritura igual que por el del viaje, y se detiene en estampas de situaciones y espacios que son poemas en prosa y polaroids verbales como las de los grandes fotógrafos viajeros por el interior del país, Robert Frank, Stephen Shore. La extranjería aguza la mirada, a condición de fijarse bien y de tener la paciencia o la holganza necesarias para dejar que una impresión se pose bien en el espíritu. Manuel Vilas tiene la extranjería de un español, la de un poeta, la de un testigo que también en su país se sitúa más bien al margen, porque la poesía ya es en sí misma marginal, aunque no solo la poesía. Entre las diversas corrientes que se cruzan en América hay una muy poderosa de abatimiento literario: el de la penuria general del oficio, la frustración y la competencia irrisoria y la vanidad menesterosa que circulan como gases tóxicos por los ambientes de la literatura.

El itinerario de Vilas por el gran continente perdido se corresponde con el tono digresivo y errante de la escritura misma. Leyéndolo pensaba que no habría mejor corresponsal extranjero que un poeta con talento. Meses antes de las últimas elecciones, el fantasma grotesco de Donald Trump ronda el libro como una amenaza y un vaticinio. En el relato de un viaje nocturno en uno de esos terribles autobuses Greyhound, en el de la visita a la casa de Allan Poe en Baltimore o a la de Walt Whitman en Camden, Nueva Jersey, hay instantáneas fulminantes de un núcleo de pobreza y exasperación americana que rara vez puede atisbar quien no las ha visto con sus ojos. Lo sombrío y lo cómico y lo serio y lo banal forman parte con naturalidad del estilo de un poeta que tiene entre sus maestros a Lou Reed y a Los Beatles y que agradece al arte pop su revelación de la belleza de las cosas comunes y triviales de la vida. Los libros de viajeros errantes tienen el peligro de que el autor se vea con demasiada solemnidad a sí mismo. Manuel Vilas viaja solo o viaja con su novia por los hoteles y los centros comerciales y los aparcamientos de América, asiste a un concierto de Bruce Springsteen y a otro de Paul McCartney, ve capítulos de Los Simpson, lee en una biblioteca universitaria cartas tristísimas de escritores muertos, imita con guasa la dicción heroica de Whitman, la interpelación a ese mundo desorbitado en el que uno comprende, mejor que en ninguna otra parte, hasta qué punto no es nadie. Y a cada momento, con ese fraseo nervioso que logra una libertad como la del que escribe a toda prisa lo que acaba de ver o lo primero que se le pasa por la cabeza, se ríe hasta de su sombra: de su sombra sobre todo, la de cada uno, la que no deja rastro en los sitios de los que acaba de irse, ni en América ni en ninguna parte.

América. Manuel Vilas. Círculo de Tiza, 2017. 275 páginas. 23 euros.