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Un raro maestro de la ironía

Unas jornadas en la Universitat Internacional de Catalunya rinden tributo a los cinco años de su muerte al escritor Carlos Pujol

Carlos Pujol, en septiembre de 2003.
Carlos Pujol, en septiembre de 2003.

A Carlos Pujol ha sido fácil olvidarlo pero será difícil seguir haciéndolo, cuando lectores sin costra y con la curiosidad alerta acudan de nuevas y como sin querer a sus libros. Cinco años después de su muerte todavía casi nada ha cambiado, pero cambiará, tarde o temprano cambiará esa boba indiferencia hacia la literatura de un hombre de letras en el sentido integral de la palabra, con vocaciones tardías y sucesivas por la novela y la poesía y una dedicación constante al ensayo cultural y la traducción literaria. De casi todo este Carlos Pujol ingente e invisible se han acordado estos días (murió el 16 de enero de 2012) un grupo de escritores, críticos y editores en Barcelona, felices de conmemorar su ausencia con más de una risa y todavía estupefactos ante las vetas de un escritor discreto por definición e ironista por elección. A nadie se le ha ido de la cabeza la sonrisa de la mirada hundida detrás de las gafas, pero menos aun su autoironía mate ni su imperturbable disciplicencia ante la literatura (global) de los últimos setenta u ochenta años, europea, local, universal, pese a haber contribuido durante tantísimos años a su invasiva proliferación desde la editorial Planeta y, en particular, desde el jurado del premio.

Alguien recordó también la incombustible sorna de algunos de sus grandes aforismos —“la falta de éxito es una bendición de la que uno está siempre inconsolable”—, mientras otros acudían al renovado asombro de su prosa de ensayista británico y calor francés. Domingo Ródenas se acordó de sus frescas novelas radiantes de melancolía, desde la primera italiana publicada a sus cuarenta y tantos años (había nacido en 1936), y Pozuelo evocó otro formidable libro de saber sin abrumar, Para leer a Saint-Simon, aunque aun ignoremos qué decían las cartas que recibió Carlos Pujol de algunos de sus lectores de 1979, y entre ellos nada menos que Juan Gil-Albert, Jesús Aguirre y Juan Benet: un exquisito exexiliado, un exquisito editor y un exquisito escritor que al año siguiente sería finalista del Planeta con El aire de un crimen (y con Pujol en el jurado). Para entonces acababa de dejar la Universidad de Barcelona, por voluntad propia, como le gustaba puntualizar, pero no había abandonado la traducción como tiranía gratificante, sea de su leidísimo Balzac, sean los sonetos de Shakespeare, sea Verlaine o Emily Dickinson.

Pero las cartas habrán de estar por algún rincón del archivo que custodia la muy católica Universitat Internacional de Catalunya, como católico fue Pujol, y donde se celebraron las jornadas. Por fortuna allí no coincidieron ni en el día ni en la sala Andrés Trapiello y Pere Gimferrer, pero a ambos los coincide la devoción por el mismo Pujol. A Gimferrer le parece que su “intercambio —personal, profesional e intelectual— rozó la perfección”, aunque no siempre pensasen lo mismo (sin duda), mientras que Pujol sigue perfectamente vivo (porque ahí no ha muerto todavía) en los diarios de Andrés Trapiello, por donde sale incansable y felizmente, incluido el último, Sólo hechos, que evoca las palabras y los días de 2006. Del poeta habló Trapiello, del poeta clásico y siempre enmascarado para salir desnudo con Gian Lorenzo (a sus cincuenta años) y dejarse mimetizar desde entonces con Los aventureros, o con Robert Browning o inmerso en unos espléndidos Desvaríos de la edad. Quizá son los mismos desvaríos que destilaron toda la oscura e incluso mórbida experiencia de la vida literaria en dos pliegos invisibles de notas que crecieron con nuevas páginas en Cuadernos de escritura, de la mano de Manuel Borrás y la editorial PreTextos en 2008.

Y como si nadie saliese del desvarío, todavía otro de los participantes, el editor de La Veleta y juez Miguel Ángel del Arco, confabulaba con Trapiello para inventar algún nuevo libro de Carlos Pujol. De momento, al menos, está viva en las librerías la reedición de su primera novela (y la que más quiso siempre), La sombra del tiempo, con prólogo de Gimferrer, estudio de Teresa Vallès y carta de Francisco Rico, y no, no se la va a llevar la sombra del viento.