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PENSAMIENTO

Adiós al progreso

Walter Benjamin es hoy inspirador de las nuevas visiones que alertan sobre la tentación de basarlo todo en un futuro pluscuamperfecto

Obra del artista portugués Edgar Martins, que pertenece a una serie de imágenes tomadas en instalaciones de Agencia Espacial Europea.
Obra del artista portugués Edgar Martins, que pertenece a una serie de imágenes tomadas en instalaciones de Agencia Espacial Europea.

El tiempo de la vida no es el de la historia ni el de la naturaleza, indiferente a nuestros deseos y sentimientos. Quizás el tiempo sea cíclico, el eterno retorno de Nietzsche, o tal vez se parezca al trazado de una flecha, con un principio y un fin (alfa y omega). El cristianismo imagina un tiempo lineal: parte del pecado original y acaba en la salvación del juicio final. Sin retroceso. Desde el siglo XVIII, sin embargo, se ha dado en pensar en la historia como un camino hacia el paraíso en la tierra (entendido como mejora de las condiciones de vida). A eso se le llamó progreso: confianza en la capacidad del hombre para satisfacer las necesidades, reducir el dolor y alcanzar la felicidad o, al menos, acercarse a ella. Robert Nisbet es quien, junto a John Bury, más ha trabajado la historia de la idea de progreso: “La humanidad”, escribió, “ha avanzado en el pasado, avanza actualmente y puede esperarse que continúe avanzando en el futuro”. Una idea hegemónica en Occidente desde Kant y Hegel hasta Francis Fukuyama. Si se prefiere, entre el incremento de la producción fruto de la revolución industrial y la crisis de 1973 que anunciaba el fin de un sistema basado en las energías no renovables. Y, en paralelo, su correlato político.

La confianza en el progreso era tal que incluso se veía en el arte, en la estela de la “querella de los antiguos y los modernos” en la que participó la mitad de la Europa intelectual del siglo XVII. No en vano los principales movimientos estéticos del siglo XX se agrupan bajo el epígrafe de vanguardias.

El marxismo es una de las filosofías de la historia que han afirmado la idea de progreso. También el capitalismo creyó en él hasta hace algunas décadas: el progreso era el resultado inevitable de unir libertad y ciencia. La especificidad del marxismo consistía en concebir la historia como una línea de avances que algunos creyeron predeterminada y necesaria: el feudalismo sucedió al esclavismo y fue sustituido por la revolución burguesa; luego venía el socialismo, fase de transición a la sociedad comunista igualitaria. Pese a que ya Kant había sostenido que el progreso existe, pero siempre cabe una vuelta atrás, acabó triunfando el entusiasmo progresista (Schopenhauer es la gran excepción). Luego llegaron la crisis del petróleo, las dudas sobre la capacidad de la naturaleza para satisfacer las necesidades de la humanidad y la evolución del llamado socialismo real. Un factor añadido fue el uso de la técnica como potencia destructiva. Buena parte de la ideología progresista se basaba en la creencia de que la ciencia era pura acumulación, mejora constante. Una fe reforzada por la teoría de la evolución. La historia era vista como supervivencia de lo mejor y muerte de lo peor. Hiroshima mostró que ni el saber estaba a salvo de convertirse en fuerza destructora. La crisis actual ha sido el remate. Manuel Cruz ironiza en su último libro al respecto: la humanidad ha batallado por conseguir la inmortalidad y ahora que parece al alcance de la mano, igual no vale la pena quedarse. Coincide con otros autores como Luciano Concheiro en ver la aceleración como característica del presente. Pero esa es ya otra mirada.

Se podía intuir, porque hubo advertencias contra esa idea de progreso. La más potente, la de Walter Benjamin cuando imaginó la historia a la luz del Angelus Novus de Klee: el ángel de la historia da la espalda al futuro mientras contempla un presente hecho de ruinas del pasado. Benjamin es hoy inspirador de estas nuevas visiones que alertan sobre la tentación de basarlo todo en un futuro pluscuamperfecto. Por citar algunos de los autores que desde hace un par de décadas lo frecuentan para seguir su propio recorrido: Giorgio Agamben y ­Giacomo Marramao, en Italia, y Juan Ramón Capella, en España, comparten un cierto pesimismo incapaz de renunciar a la esperanza.

Lecturas para pensar el mañana

Homo Deus. Breve historia del mañana. Yuval Noah Harari. Debate.
Ser sin tiempo. El ocaso de la temporalidad en el mundo contemporáneo. Manuel Cruz. Herder.
Contra el tiempo. Filosofía práctica del instante. Luciano Concheiro. Anagrama.
Arte en flujo. Ensayos sobre la evanescencia del presente. Boris Groys. Caja Negra.
Desafíos del futuro. Doce dilemas y tres instrumentos para afrontarlos en el duodécimo milenio. Pere Puigdomènech. Crítica.
Crear libertad. El poder, el control y la lucha por nuestro futuro. Raoul Martinez. Paidós.
Realismo capitalista. ¿No hay alternativa?  Mark Fisher. Caja Negra.
El tiempo sin edad. Marc Augé. Adriana Hidalgo.
Futuro. Marc Augé. Adriana Hidalgo.
Futuro: ¿racionalismo o barbarie? Pedro Caba. Antonio Machado Libros.
Contra el progreso y otras ilusiones. John Gray. Paidós.
El futuro es un país extraño. Josep Fontana. Pasado y Presente.
Pensar la historia: modernidad, presente, progreso. Jacques Le Goff. Paidós.
El misterio del mal. Benedicto XVI y el fin de los tiempos. Giorgio Agamben. Adriana Hidalgo.

Entrada en la barbarie. Juan Ramón Capella. Trotta.
Kairós. Apología del tiempo oportuno. Giacomo Marramao. Gedisa.
Historia de la idea de progreso. Robert Nisbet. Gedisa.
La idea de progreso. John B. Bury. Alianza.
Ensayos sobre la paz, el progreso y el ideal cosmopolita. Immanuel Kant. Cátedra.
Origen y meta de la historia. Karl Jaspers. Acantilado.
Discursos interrumpidos 1. Filosofía del arte y de la historia. Walter Benjamin. Taurus.
Tesis sobre la historia y otros fragmentos. Walter Benjamin. Ítaca.
Matador. Revista de Cultura, Ideas y tendencias.  Volumen S. Número dedicado al futuro. Colaboran, entre otros, Lawrence M. Kraus, Anne Lise Kjaer, Germán Sierra, Sara Lafuente, Jeannette Wing, Silvia Naitza, Joan Fontcuberta y Valentín Fuster. La Fábrica.