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OPINIÓN

Necesidad de Juan Benet

El escritor, referente de una generación rutilante: Luis Martín Santos, Juan García Hortelano o Carmen Martín Gaite, cumpliría 90 años

Juan Benet en 1977.
Juan Benet en 1977.

Este hombre medía cerca de dos metros, llevaba un flequillo blanco, reía de medio lado, y bastaba fijarse en sus ojos risueños, como de niño malo, para saber que una cosa decían sus palabras y otra cosa decían esos ojos. Sin embargo, como era tan alto, y tan elegante, y como además decía exabruptos para acentuar una pedantería de la que además se burlaba, pasó a la historia como un antipático de Madrid que venía de San Sebastián.

Ahora a muchos hay que explicarles quién era Juan Benet, y esos rasgos tan provisionales bastan para cumplir con los tópicos con que también fue conocido en una vida que acabó demasiado pronto, el 5 de enero de 1993, después de una enfermedad tremenda que sobrellevó con tremenda fortaleza.

Murió pronto, pues, a los 65 años, que no es nada hoy en día, como murieron demasiado pronto sus compañeros (y tan amigos) Luis Martín Santos, Juan García Hortelano, Carmen Martín Gaite, Ignacio Aldecoa, Rafael Conte, Javier Pradera, Ángel González, Carlos Barral, tantos… Se dice en una sola línea, pero ese aviso colectivo de una nueva manera de entender la literatura (y la amistad) consta de muchas plumas y muy celebradas… en vida. La falta de interés que España, la literatura española, incluso la academia española, han mostrado y muestran por los literatos muertos, hace que ahora haya que ir a las librerías de viejo para encontrar noticia bibliográfica de muchos de ellos.

Por eso tantas veces hay que explicar, por ejemplo, quién era Benet. Ahora que hace 24 años de su muerte en víspera de Reyes, una muerte que, como aquella de Ignacio Aldecoa, nacido en 1925 y muerto cuando tenía 44 años, parecía un aviso para su generación (así dijo Martín Gaite: la muerte de Ignacio es “un aviso”) y para los que seguían, volver al autor de Volverás a Región es un imperativo categórico de una sociedad literaria dada a entender que la última luz es la que alumbra.

A Benet lo caracterizó el magisterio, y la generosidad del magisterio. Alumnos suyos, por decirlo con ese sustantivo que a él le hubiera roto los tímpanos, son algunos de los más singulares rostros y almas de la literatura española de la transición y más acá; algunos lo supieron, porque lo trataron de cerca, y fueron sus amigos, pero otros no supieron hasta qué punto Benet, aquel hombre altanero de la moña blanca, llamaba a periódicos para advertir, con avisos que no tenían cobro alguno, de nombres propios que luego fueron notorios para su satisfacción y su silencio.

En eso se parecía a Juan Carlos Onetti, que estirado en su cama de falso enfermo deletreaba al teléfono los nombres de protegidos que nunca supieron que él los destacaba entre los jóvenes que un día serían, y fueron, grandes autores de la lengua.

Como decía Manuel Vicent en el obituario que publicó sobre Benet en EL PAÍS, a este ingeniero que de noche era otro hombre y que de día hacía presas e inundaba pueblos había que leerlo como se suben las montañas escarpadas, pues escribía por el lado difícil de las paredes. Su lenguaje desafiaba lo vulgar, y aunque aceptó el comercio literario (accedió a presentarse al Planeta: quedó segundo con El aire de un crimen) siempre arriesgaba su acento para que no fueran más de cinco mil sus fieles.

Pero, además, fue el autor de una obra menor, pero mayor en enjundia, Otoño en Madrid hacia 1950 por la que tendría que haber ido de cabeza a la Academia si ésta no hubiera cometido con él el craso error de rechazarlo, tan caro error como el que cometería algo después con José Manuel Caballero Bonald, memorialista como Benet, y como éste dotado para escribir como Dios, si éste escribiera.

Ese libro es abundante en saberes, literarios, sociales y políticos, e incluye algunos párrafos de alta crítica literaria, los dispensados a Pío Baroja y a Luis Martín Santos, sujetos ambos de distintas adoraciones civiles o literarias. Pero hay más, mucho más, en ese libro, en sus artículos (que fueron recopilados por uno de sus grandes amigos, Manuel de Lope). Y hay, en fin, un Juan Benet que dejó para la lengua española una colección tal de ejemplos de pureza idiomática, de exigencia estilística, que da rabia aún hoy tener que ir diciendo, antes de que te lo digan, que Juan Benet fue antipático para a continuación decir “pero era uno de los escritores más grandes de la lengua”.

Este año hubiera cumplido 90, murió muy joven, pero ya era un maestro. Da rabia decir que sus libros no están ni en las librerías ni en la conversación en la medida en que él se lo mereció en vida y se lo merece tantos años después de desaparecer de esta tierra que él dibujó con una maestría rara y difícil, por tanto inigualable. No ha sido tan solo él el olvidado; esa generación que arriba queda descrita como una sucesión de nombres propios ya desaparecidos (no de la memoria) ha sido fundamental para lo que vendría luego. No tenerlo en cuenta en vivir en lo más vulgar del abismo.