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El escupitajo punk en el arte

El Museo del Chopo de Ciudad de México rastrea las conexiones entre la cultura contemporánea y el movimiento musical de finales de los 70

Fotograma de 'Song of Tyranny, de Federico Solmi

Una de las vigilantes de la exposición Punk, sus rastros en el arte contemporáneo, se levanta de la silla y se queda un rato mirando una de las videoinstalaciones. “Es la historia de un borrachito –cuenta Verónica, 47 años– que por tener su vicio se deja hacer de todo por unos hombres malos”. Con una estética de animación de serie B, al borrachito le meten en una mazmorra, le pasan un rallador de queso por los genitales, le descuartizan y venden su carne a una empresa de latas de atún en conserva.

¿Cuál cree que es el mensaje del artista?

Es como un cuento muy raro. Eso no se puede hacer en la realidad

¿Cree que está criticando algo?

No creo, pero como los punks son anarquistas y van en contra del gobierno. ¿Quién sabe?

Muerto oficiosamente en 1978 –Punk is dead , cantaban Crass–, la muestra del Museo del Chopo en Ciudad de México rastrea por el mundo del arte las conexiones, los antecedentes y las herencias de aquel incendio contracultural que nació en Londres y Nueva York, vivió deprisa y dejó un exquisito cadáver.

“Como el surrealismo, ha trascendido el ámbito de las artes y se ha insertado en la lengua cotidiana. Uno califica una película de surrealista sin serlo y con el punk pasa lo mismo”, explica el comisario de la exposición, David G. Torres. El punk sería entonces un muerto viviente, una comunidad de ideas que siguen circulando y que tiene que ver con un cierto malestar. Un zombi inconformista, provocador, apasionado y rabioso. Un muerto muy vivo en la cultura contemporánea.

El punk es un escupitajo. El dadaísta Michel Mourre se subió en los cincuenta al púlpito de la catedral de Notre-Dame disfrazado de monje dominico y pronunció una homilía blasfema sobre la muerte de Dios. Años 70: en una Inglaterra empachada de rock progresivo y crisis económica, el bajista de los Sex Pistols se pintaba esvásticas en la camiseta, se cortaba el pecho con cristales y escupía al público desde el escenario. Años 2000: el artista Antonio Ortega se graba a sí mismo vomitando dentro de un bote de metal para después dárselo de comer a los pájaros. “Los eslóganes anti todo de los situacionistas, los aullidos dadaístas y su voluntad negadora están aún muy presentes”, apunta Torres.

El punk es disidencia y negación. El estribillo No Future bebe de un lema de los situacioncitas que vagaban sin rumbo por las calles de París rechazando su cartografía e imaginando otra ciudad y otro mundo. El artista Jordi Colomer, que representará a España en la próxima Bienal de Venecia, coloca el No Future como un cartel luminoso encima de un coche que recorre ciudades vacías.

El seminal grupo californiano Black Flag recogió directamente la bandera negra anarquista. Sin ser explícitamente políticos, la muestra recopila las portadas de sus discos a cargo Raymond Pettibon: monjas lascivas, un revolver apuntando a la sien de un padre de familia, Elvis crucificado en calzoncillos.

El punk es violencia. En otra sala hay dos vidrios blindados colocados en vertical sobre los que el mexicano Enrique Jezik disparó más de un centenar de balas. Utilizó armas reglamentarias de la policía y los balazos quedaron incrustados en los cristales. Un audio va recreando el silbido y el impacto de los disparos. La fiesta de las balas. 

Yoshua Okon y Miguel Calderón se grabaron a ellos mismos robando equipos de música de coches aparcados en las calles del Estado de México. Debajo de la pantalla, la instalación incluye la montaña de radiocasetes birlados. La conflictividad de la sociedad mexicana, ese malestar es un caldo de cultivo inigualable. Queríamos enfatizar además que el punk va más allá del ámbito anglosajón, gracias sobre todo a que nació en medio de la cultura de los medios de comunicación”, añade el comisario de la exposición que viene de girar por Madrid, Vitoria y Barcelona.

El punk es repetición y rabia. El día de la inauguración, el coleccionista y autor mexicano, Guillermo Santamaría juntó parte de su colección de vinilos, los sacó de la funda y los estrelló sobre la pared como si fueran jabalinas. Mata a tus ídolos. Destruye. Punk. En otra sala, una pantalla expone una secuencia de unos segundos de una película del Hollywood de los cincuenta. Una familia está cenando y la escena intervenida se detiene, avanza, rebobina, se atasca y se repite y se repite hasta que el zumbido del televisor se hace insoportable.

El punk es un fraude. Durante el último concierto de los Pistols, mientras Sid Viciuos escupía sangre y apenas era capaz de seguir dos acordes al bajo, Jonnny Rotten le preguntó a un público irritado por el fiasco musical: “¿Nunca se han sentido estafados?”. Aquella gira de 1978 fue el delirio final de Malcom McLaren, manager y padre de su criatura punk. Él los vistió como zapatos puntiagudos, pantalones de cuero y cadenas de su tienda de estilo sado. Modeló a aquellos cuatro desarrapados como un gran escándalo frente a los oficinistas y las señoras de misa. Les colocó en el centro de la diana de los medios de comunicación, consiguió contratos millonarios de las discográficas y luego los dejó caer. Todo fue un gran fraude para así desenmascarar la farsa del mundo del espectáculo.

McLaren estudió en una escuela de arte, admiraba a los situacionistas y a Andy Warhol, el apóstol de la cultura de masas. Una fotocomposición suya sobre un accidente de coche, Silver Car Crash, se vendió hace uno años por más de 100 millones de dólares en una subasta. El brasileño João Louro recoge este hito para la muestra punk. Un marco rectangular dividido en dos cuadrados. A un lado, el título de la obra millonaria de Warhol sobre un fondo blanco. Al otro, un cuadrado negro. Un gran No.