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IDA Y VUELTA

Química de los objetos

La de Carmen Calvo es una modernidad construida sobre todo con los materiales de la memoria, con desechos y ruinas de un ayer cercano

'Et pourlèche la face ronde', de Carmen Calvo (2013-2016). Ampliar foto
'Et pourlèche la face ronde', de Carmen Calvo (2013-2016).

Hay un desbordamiento en el arte de Carmen Calvo, una sobreabundancia, una jubilosa desmesura, un ir ávidamente de una cosa a otra, con la prisa del que tiene mucho que hacer y del que disfruta igual haciendo lo que había planeado que dejándose llevar por una nueva tarea que de repente lo seduce. Desde sus primeras obras de juventud, Carmen Calvo ha disfrutado con la multiplicación meticulosa de lo muy pequeño, con la transformación de lo accidental y lo superfluo en el oro de una forma lograda. Veo las fotos de su taller y me provocan casi el mismo mareo de abundancia que sentí desde el mismo momento en que entré en la exposición que tiene ahora en Madrid, en un edificio en el que verá ella reflejada su propia desmesura, con grandes arcos, columnas, bóvedas, balaustradas. El taller de Carmen Calvo parece envidiablemente en las fotos un almacén de trapería o chamarilería. El edificio de Antonio Palacios en el número 31 de la calle de Alcalá de Madrid es una basílica y una catedral en la que se celebra el culto a la acumulación de los objetos y a la química deslumbrante de sus combinaciones; y también el gran teatro donde se representa el itinerario de una vocación, de una biografía y una búsqueda que abarcan más de medio siglo de la contemporaneidad española: desde el tiempo de las mujeres con velos negros de luto y las niñas de comunión hasta el ahora mismo en el que todo lo que había empezado a ser sólido parece estar disolviéndose delante de nuestros ojos y a nuestro alrededor, incluidas las certezas sobre los valores del arte y su lugar en el mundo.

Dice Cyril Connolly que la recompensa del arte no es la gloria ni el dinero, sino la intoxicación, la embriaguez de hacerlo

Hay modernidades amnésicas que se erigen sobre la abolición del pasado. La de Carmen Calvo es una modernidad construida sobre todo con los materiales de la memoria, con los desechos y las ruinas arqueológicas de un ayer que parece remoto, pero que sucedió hace muy poco tiempo, y que fue arrumbado a toda prisa por las acumulaciones aluviales de los nuevos objetos, las nuevas imágenes del consumo. Una de sus obras más formidables es una gran puerta vieja de casa campesina tachonada de ojos de cristal. En ese bloque de madera tan opresivo como un muro cerrado, en su superficie áspera muy maltratada por la intemperie, está la paradoja de una perduración que de un día para otro se convirtió en escombro y desahucio. La puerta cierra el pasado como la losa de una sepultura, pero en los intersticios, en lo que habrían sido los huecos de los clavos, lo que hay ahora son ojos, ojos que miran y vigilan.

La poesía visual es una reacción química instantánea, la energía liberada por una colisión a escala atómica. Carmen Calvo inventa puertas con ojos, globos terráqueos con cataratas de melenas postizas, paisajes geométricos que están hechos con hileras de piedrecillas de grava, espejos engarzados con piernas ortopédicas, mujeres de cabeza tan peluda como la de un hombre lobo, exvotos heréticos, fotos de muertos coloreadas a mano de las que lo mismo puede colgar un látigo primitivo que un par de esposas de sadomasoquismo forradas en peluche rosa. Su mirada es la de alguien que conoció de niña una posguerra funeraria y eclesiástica que se prolongó hasta casi los años sesenta, y luego una modernidad atropellada que se apresuró a barrerlo todo, todos los signos del pasado, todos los rastros de las vidas anteriores, las que merecían el olvido y las que habrían merecido la piedad de la memoria.

La artista Carmen Calvo, en su estudio.
La artista Carmen Calvo, en su estudio.

Por ese motivo los yacimientos de su inspiración son los desvanes y las chamarilerías en los que fueron arrumbados los objetos de pronto sin valor del mundo extinguido, los signos materiales de la memoria, las huellas del crimen: fotos de parejas de novios, recordatorios de bodas y de bautizos, pizarras escolares, abominables muñecos de lana, tapices de ciervos o de escenas orientales, libracos de contabilidad, crucifijos y Niños Jesús de dormitorios de recién casados. Las niñas que hacían la comunión con tules y estampitas eran las mujeres que vivieron la explosión de irreverencia pop de los primeros años ochenta. Una educación artística todavía muy enraizada en los saberes del modelado, el claroscuro y el dibujo desembocaba en el descubrimiento simultáneo de todas las vanguardias. Carmen Calvo, que ha llevado tan lejos el gusto por la apropiación y el collage, reivindica su mirada de pintora, el sentido profundo de la composición visual que rige cada una de sus invenciones. Y dibuja con la misma desenvoltura con el carboncillo o el lápiz sobre el papel que con los objetos diversos colgados como reliquias de un lienzo pintado de negro.

Carmen Calvo inventa puertas con ojos, globos terráqueos con cataratas de melenas postizas, paisajes geométricos con hileras de piedrecillas de grava

Dice Cyril Connolly que la recompensa del arte no es la gloria ni el dinero, sino la intoxicación, la embriaguez de hacerlo. Hay un sentimiento de intoxicación afiebrada y gozosa en cada obra de Carmen Calvo, desde las de más envergadura hasta las que parecen más simples, y también en las oleadas sucesivas de invención y novedad a través de las cuales ha ido cambiando a lo largo de los años. Descubre algo, una técnica, un motivo, y se entrega por completo, a la vez obsesiva y versátil; y luego pasa a otra cosa, a los negativos ampliados de fotografías de los años cincuenta, por ejemplo, a los collages de cartas y documentos comerciales cubiertos de dibujos, a las melenas caudalosas de pelo sintético, a los maniquíes, a las acumulaciones de figuras de cera como en capillas de exvotos, a los objetos dispares misteriosamente congregados como bodegones en urnas de cristal. Monta fragmentos sincopados de películas de terror. A la cabeza de una muñeca o de un maniquí le pone una venda roja sobre los ojos y la cuelga de un lienzo negro, y al llamarla Alicia la convierte en una alegoría de la imaginación visionaria. Como René Magritte, Carmen Calvo usa el título de una obra no como una explicación, sino como un enigma, un elemento añadido al collage.

El arte es contagioso. Quien sale de la exposición de Carmen Calvo mira cada objeto, hasta los más comunes, con una sospecha de revelación o de amenaza, como una pieza inexplicable de arqueología futura.

Carmen Calvo. Todo procede de la sinrazón (1969-2016). Sala Alcalá 31. Madrid. Hasta el 29 de enero de 2017.