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LECTURAS

La ilusión de la inmortalidad

La vida es absurda, pero el absurdo se lleva mejor con unas gotas de belleza. Y siempre, la alegría de leer, que es recuperar a cada instante el gusto de vivir

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Fotografía de André Kertész para su libro 'Leer', coeditado por Periférica y Errata naturae.

Es inevitable. Cuando abro un libro, revivo aquellos momentos de mi adolescencia en que el cine se quedaba a oscuras y una miríada de lucecitas crepitaban en la pantalla a la espera del león de la Metro. Grandes cosas estaban a punto de ocurrir. Como entonces, hay que guardar absoluto silencio para que la realidad objetiva no se filtre en la imaginaria y perturbe el encanto de vivir plenamente en el mundo de la ficción. Pero a veces comparto libros con películas, telediarios y partidos de fútbol, y entonces las realidades conviven, se superponen, aunque nunca se mezclan o confunden. Alguna vez he mirado por encima de un libro, todavía con el vértigo de la sintaxis en los ojos, y he visto una escena de infinito horror en Alepo o en las playas del Mediterráneo, y he sentido que, en efecto, la cultura es un escudo muy frágil, demasiado frágil, contra la barbarie siempre al acecho de los grandes instintos reprimidos. Pero, por eso mismo, hay que perseverar, no hay otra opción. Los libros, el arte, las escuelas, la buena herencia de la educación familiar son las únicas armas que tenemos contra esos monstruos tan temidos. Una mañana, escuché en la calle el alboroto de los obreros de la Coca-Cola, y sus firmes consignas se avenían muy bien con los versos que estaba leyendo en ese instante. Bien sé que se puede ser un gran lector y un perfecto canalla, pero yo prefiero pensar, en contra de alguna ilustre extravagancia, que de las bibliotecas ha salido gente piadosa y solidaria, o al menos en trance de serlo, y solo a veces algún asesino extraviado.

La vida es absurda, pero el absurdo se lleva mejor con unas gotas de belleza. Y siempre, la alegría de leer, que es recuperar a cada instante el gusto de vivir

Este año, como todos los años, he leído y releído libros maravillosos, y otros no tanto, unos clásicos, otros modernos, otros actuales. Con ellos, uno ha endulzado la melancolía, aliviado los pesares, burlado el tedio, coloreado el gris de la rutina, limpiado la mirada para renovar la capacidad de asombro (con el que nos ganamos la lucidez nuestra de cada día), rejuvenecido el corazón para evitar que haga presa en nosotros el cansancio moral, que es acaso el mayor mal de nuestro tiempo, y de emocionarse ante un mundo que siempre, a cada instante, está por descubrir. Con la lectura he ejercido de cigarra, cantando alegremente, sin temor al futuro, y de paso he hecho casi sin querer los buenos oficios de la hormiga, acumulando un poco de sabiduría para los días aciagos del invierno. La vida es breve, pero los libros nos ofrecen la ilusión de percibir en torno a nosotros el aleteo de la inmortalidad. Porque los libros, de algún modo fantástico, vencen a la muerte. Uno siente el aliento vivificador de los muertos (“escucho con mis ojos a los muertos”), y aprende a admirar a sus contemporáneos, y al admirarlos, aprendemos también a amarlos. Admiraos los unos a los otros.

Bien sabemos muchos que la vida es absurda, pero el absurdo se sobrelleva mejor con unas gotas de belleza. Y siempre, siempre, la alegría de leer, que es tanto como recuperar a cada instante el gusto de vivir.