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Anuario de Estadísticas Culturales

Los aficionados a los toros, los españoles con más inquietud cultural

La asistencia a museos, bibliotecas, cine, teatro o conciertos es superior a la media del país

Exposición 'El reencuentro de Velázquez y Murillo', en Sevilla.
Exposición 'El reencuentro de Velázquez y Murillo', en Sevilla.

Los espectadores de los espectáculos taurinos son los españoles que muestran más inquietudes culturales, y su participación en actividades relacionadas con el cine, el teatro, la lectura o la música es muy superior a la media del país.

Así se recoge en el Anuario de Estadísticas Culturales de 2015 del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, que ha presentado recientemente los resultados de una encuesta realizada a 16.000 personas de 15 años en adelante.

Los datos finales del estudio aseguran que casi la mitad de los espectadores taurinos -el 49,8 %- acudió a museos, exposiciones y galerías de arte, frente al 39,4 % de la población total.

Más amplia es la brecha existente en el apartado de las artes escénicas (teatro, ópera, zarzuela, danza, ballet) y musicales (clásica o actual): el 57,7 % de los espectadores taurinos asistió a estas actividades frente al 43,5 del total nacional.

La encuesta de Cultura confirma la estrecha relación de los toros con todas las expresiones artísticas

También van más taurinos al cine (el 58,7 % que la media española (el 54,0 %). Acuden más aficionados a las bibliotecas (30,4 frente al 25,6), y a los archivos (7,4 frente al 5,6). Y leen más libros (el 65,8 frente al 62,2 %) que la media de la población.

En suma, este cuadro rompe uno de los estigmas sobre el aficionado taurino, considerado tradicionalmente como una persona de escasa formación y alejada de prácticas culturales.

Asimismo, estos datos ponen de manifiesto el carácter cultural de la tauromaquia, ampliamente expresado por intelectuales de todas las épocas, y su estrecha relación con todas las expresiones artísticas.

“El toreo es poesía en movimiento”, escribió Octavio Paz.

“Lo que nos conmueve y embelesa en una buena corrida -subrayó Vargas Llosa- es, justamente, que la fascinante combinación de gracia, sabiduría, arrojo e inspiración de un torero, y la bravura, nobleza y elegancia de un toro bravo, consiguen, en una buena faena, en esa misteriosa complicidad que los encadena, eclipsar todo el dolor y el riesgo invertidos en ella, creando unas imágenes que participan al mismo tiempo de la intensidad de la música y el movimiento de la danza, la plasticidad pictórica del arte y la profundidad efímera de un espectáculo teatral, algo que tiene de rito e improvisación, y que se carga, en un momento dado, de religiosidad, de mito y de un simbolismo que representa la condición humana, ese misterio de que está hecha esa vida nuestra que existe sólo gracias a su contrapartida que es la muerte”.

“El arte es un destello torero que queda en la retina para toda la vida, y lo hace un hombre delante de un toro, que si le echa mano lo desbarata, y ante mucha gente, en muy poco tiempo, despacio, con plasticidad, con el pecho fuera y el culito para dentro… Eso tiene una profundidad enorme y te provoca una sensación tal que te olvidas del instinto de conservación. ¿Es o no el toreo una de las bellas artes?”. Así reflexionaba Curro Romero con motivo de su nombramiento como miembro de la Real Academia Santa Isabel de Hungría de Sevilla.

“Suntuoso y enigmático mundo de los toros”, definió la tauromaquia Caballero Bonald.

“Un buen espectador taurino creo que se parece mucho a un buen lector”, sostiene el poeta Carlos Marzal.

“En la plaza, los grandes acontecimientos son aquellos que dominan el alma, detienen la respiración, y trastornan, incluso, el organismo”, apuntó Manolo Vázquez.

“Los toros tienen muchos paralelismos con la música, y una corrida con un concierto. El misterio del arte del toreo es que un lance se deshace al mismo tiempo que se hace, igual que ocurre con las notas de un pentagrama. Puedo decir, además, que empecé a comprender al gran filósofo Enmanuel Kant en una plaza de toros, cuando él definió el tiempo como una forma pura a priori de la sensibilidad interna”, confesaba Ramón María Serrera, catedrático de Historia de América de la Universidad de Sevilla, en el último pregón de la Feria de Abril.

Basten estas breves pinceladas (sin necesidad de acudir a García Lorca y su conocidísima afirmación de que “la fiesta de los toros es la más culta que hay en el mundo”) para entender las conclusiones de la encuesta ministerial: la tauromaquia es un hecho eminentemente cultural y sus seguidores consumen otras parcelas artísticas como algo natural; y por esa misma razón acuden a una plaza: por una necesidad del espíritu y para encontrar la íntima sensación de felicidad que producen una buena faena o un concierto.

Así lo confirman, también, tres relevantes, cultos y comprometidos aficionados: Javier López-Galiacho, profesor titular de Derecho Civil de la Universidad Rey Juan Carlos y autor del libro De frente, en corto y por derecho, José Morente, experto en historia taurina y autor del blog "La razón incorpórea", y Manuel Castillo, catedrático de Historia de la Ciencia de la Universidad de Sevilla y secretario de la Fundación de Estudios Taurinos.

El primero asegura que “estamos ante una de las aficiones más cultas del país, y esto tiene su lógica: la tauromaquia necesita para su comprensión y asimilación necesita un elevado ejercicio de atención y de profundidad en su conocimiento, y a unos niveles que no alcanzan otras disciplinas artísticas. Quizá, solo el conocimiento del flamenco puede equipararse a este umbral de exigencia”.

Coincide con el profesor Tierno Galván en que “los toros alcanzan, o por lo menos lo han hecho hasta hace poco, el calificativo de acontecimiento nacional, como lo pudo ser la ópera en Italia”.

“En los toros hay tal proceso de absorción de plasticidad, -continúa-, que, siguiendo al que fue alcalde de Madrid, se convierten en el acontecimiento que más ha educado social, e incluso políticamente, al pueblo español, y, sin lugar a dudas, el de mayor contenido axiológico”.

José Morente señala, por su parte, que “el interés por la cultura del espectador taurino se encuentra en la índole del propio espectáculo. El toreo no es solo una fiesta en el sentido de divertimento, sino también un rito trágico que atañe a la vida y a la muerte. Es una de las cosas más serias que existen en el mundo”.

“El toreo invita a la reflexión continua, -prosigue-, e incita al pensamiento. Sentado en un tendido no es fácil descifrar lo que ocurre en la plaza. Comprender el comportamiento del toro y las claves profundas del toreo es muy complicado y complejo. El espectador de una corrida de toros está en permanente alerta intelectual. Hasta el espectador más ajeno al rito y más predispuesto al jolgorio, se ve obligado -quiera o no- a pensar y a reflexionar continuamente sobre todo aquello que acaece en el ruedo”.

“Y es, precisamente, esa actitud reflexiva y pensante y, sobre todo, interrogante, la que creo que es también la base y la clave de toda la cultura y no sólo de la taurina: el interés por el conocimiento y por el saber. La obsesión por estar siempre aprendiendo”, concluye.

Manuel Castillo se muestra gratamente sorprendido por los resultados de la encuesta “que rompen con la imagen tópica del aficionado de baja condición cultural, y demuestran que el espectador taurino tiene una sensibilidad especial para captar un arte irrepetible, improvisado e instantáneo”.

Castillo conoce bien el hecho cultural de la tauromaquia pues, desde 1993, la Fundación de Estudios Taurinos publica una revista que recoge ensayos históricos, recensiones de libros, artículos y documentos relacionados con la fiesta de los toros.