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Andrés Trapiello cuelve con su 'Salón de pasos perdidos', quizá hoy más quijotesco que nunca

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Nada como este excitante y glorioso nuevo Gobierno de Rajoy para refugiarse en la voz de matices y burlas, de noticias y cuentos, de abstracciones y ensimismamientos irónicamente pesarosos de Andrés Trapiello. Abro expectante e incrédulo el volumen número 20 de la novela en marcha que empezó a publicar en 1990 y continúa escribiendo hoy: Salón de pasos perdidos. Es un puro desvarío, como se ve a simple vista, quizá hoy más quijotesco que nunca porque su última contribución al bien común ha sido la adaptación al español contemporáneo del propio Don Quijote.

Pero esta novela tiene menos de quijotesca que de adicción controlada y selectiva. Las 450 páginas de hoy pivotan como ningún otro título de la serie sobre nombres y avatares de la literatura. Parece que haya escogido para continuar en 2006 su novela del año los episodios que más se prestan al retrato y la microcaricatura de un Gimferrer de papel, un Vila-Matas obsesivo, un olímpico Luis Goytisolo o un severo Javier Marías. Pero me gusta más la jugosa y justa admiración que destilan páginas vividas junto a un seductor Juan Cueto con luz, un Carlos Pujol melancólico y desengañado cerca de Ramón Carnicer, un Miguel Delibes seco y socarrón, un bondadoso Francisco Brines academizado o un Javier Muguerza inmerso en la trágica infancia de su guerra (que retomará Trapiello para una poderosa novela, Ayer no más). Y como en la anterior entrega le salieron media docena de prólogos, esta vez ha sido tímido y lo ha dejado en apenas “medio prólogo”… y con la ironía intacta: “Lo bueno de estos libros”, dice AT a media andadura, “es que en ellos todo el mundo lleva razón. Por eso tienen tanto éxito”.

Lo que hace único a este enjambre ordenado de vidas sigue siendo el dominio exultante de la naturalidad autoparódica, de la mortificación irónica contagiada de cervantismo, aunque vaya mechado a la vez de devotas amistades ciertas, como la M de Míriam y Juan Manuel Bonet, de instantes truculentos y de un hilo rojo que encarna aquí un Juan Ramón Jiménez tan omnipresente como la melancólica ausencia creciente de los hijos: 54 años.

Sólo hechos. Andrés Trapiello. Pre-Textos, 2016. 453 páginas. 29 euros