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El jardín oculto

El Premio Nacional otorga a Zúñiga el reconocimiento de que hasta ahora ha carecido

Juan Eduardo Zúñiga en 2011. EFE

Hace poco me preguntaron en un blog qué autor merecería un Nobel. Yo respondí: Juan Eduardo Zúñiga. Después quise invitarlo al Festival Eñe, pero su modestia y su sensato instinto del confort le llevaron a declinar un ofrecimiento que la estupenda Felicidad Orquín me agradeció en su nombre. Antes lo había propuesto como candidato al premio Formentor. Desvelo estas intimidades para dar cuenta de mi obcecación con Zúñiga. De su aura de escritor oculto. Así que me alegra este reconocimiento institucional a un hombre tímido, pero agudísimo, a quien conocí hace años en un acto celebrado en el Ateneo de Madrid: Santiago Ramos leyó unos fragmentos de Largo noviembre de Madrid y Constantino Bértolo, Zúñiga y yo conversamos sobre Días de llamas de Juan Iturralde, una de las novelas, junto con los relatos de Zúñiga, más sobrecogedoras —no en su acepción espectacular, sino intelectualmente revulsiva— sobre la Guerra Civil. Antes Zúñiga me había citado en una cafetería y se ruborizó cuando, además de expresarle mi admiración por su literatura, también lo hice por su trabajo como traductor de los maestros rusos. El rubor me pareció elocuente, pero no tanto como el no querer hablar de sí mismo o el interés por escuchar lo que una escritora bisoña podía contarle. Esa ausencia de vanidad pública, ese no saber o no quererse vender, colocan a Zúñiga en el estrafalario lugar que durante años se le ha asignado: un rincón críptico, un jardín oculto, donde solo críticos selectos disfrutaban de la calidad de una de las prosas más resplandecientes y profundas de la narrativa hispánica de los siglos XX y XXI. Pero más allá de la discreción del escritor, sospecho que el campo literario actuó interesadamente: Zúñiga encarna una manera de entender la literatura como relato de la memoria y como memoria de esos relatos que él metabolizó desde su condición de lector atento. Ninguna de las dos posiciones era aceptable en la era de la cultura posmoderna. Tras los textos de Zúñiga nunca hay un observador impasible, ni irónico, sino uno trascendente que sabe que interpretamos la realidad a través de símbolos y parábolas. El lenguaje literario actúa como una lente para comprender lo real difuminado por el ruido; para buscar la luz entre la humareda de las guerras y las demoliciones. Extrañas novelas como El coral y las aguas nos hacen replantearnos qué sucedió en nuestra literatura como para llamar extraña a esta excelente novela. Qué era lo normal, visible, prestigioso, canónico, popular. Por qué Zúñiga habitaba el centro del jardín oculto. La extrañeza, en determinados contextos, es un elogio.

Los cuentos de Zúñiga prestigian el género. Les emplazo a leer Brillan monedas oxidadas, para reconocer la mirada de un escritor en el que la supuesta rareza se identifica con la capacidad de penetración, el compromiso con la vida, la denuncia del desasimiento, la mezquindad y las humillaciones. La literatura es una búsqueda de libertad. Sus potentes imágenes aclaran la tiniebla y cuestionan cierta calidad de la luz. Quedan además el misterio, la suspensión, la melancolía, el lujo de una prosa poética difícilmente igualable. La calidad humana y la inteligencia que, en este caso —no siempre ocurre—, sí cuajan en grandes libros. Enormes.

Marta Sanz es escritora

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