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¿Quién vive en una burbuja?

Se tilda de naif a la gente culta que observa despavorida el ascenso de Trump y el racismo

Retrato de John Coltrane RDA / Cordon Press

En estos días de análisis poselectorales, que son aquellos en los que puedes quedar como un portento de la perspicacia ya que cuentas con la ventaja de conocer el resultado del partido, en estos días, se habla de burbujas. Son días burbujeantes. Se habla de esa gente naif, que vive en su confortable burbuja, que consume cultura para sentirse elevada, que participa con organizaciones humanitarias sin salir de casa para serenar su corazón y que no ve la vida real.

Los que viven en una burbuja suelen ser urbanitas, van al cine con cierta frecuencia, picotean a diario varios medios para tratar de entender el mundo y creen, serán idiotas, que la base de la justicia social está en igualar desde abajo, desde la educación primaria. Los burbujitas son de la opinión de que la televisión pública ha de distinguirse en fondo y forma de la comercial. Los burbujas creen que si hay algo que crea ciudadanos es el buen periodismo, ese periodismo local que conoce el terreno que pisa y llama puerta a puerta para preguntar.

Cuando ocurre que un tipejo como Donald Trump gana las elecciones, los enemigos de la cultura se parten el pecho y señalan a los habitantes de la burbuja como si fueran idiotas, inocentones, bobos. Desde un punto de vista reaccionario se mofan de aquellos que miran el mundo con profunda preocupación (qué pena que Savater se apunte tan irracionalmente a esas risas), y desde cierta izquierda se les acusa de vivir burbujeando, con sus suplementos y sus documentales, y no salir más allá de la frontera de la ciudad para ver cómo es la clase obrera real. Ser un “burbujas” hoy, según nos pintan, es algo que se ha de llevar en secreto porque la cultura empieza a ser algo mal visto. Como si formaras parte de una logia masónica.

John Coltrane se salvó por su originalísimo talento musical

El caso es que, perfectamente cándidos, vimos esta semana en la tele pública americana un documental sobre Rikers, una isla prisión, al norte de Nueva York, donde se hacinan presos preventivos, algunos de ellos detenidos por entrar en el metro sin pagar o por un hurto callejero, esperando a que les llegue el juicio. Como sus familias no tienen dinero para la fianza, ellos esperan, a veces años, y los que no sabían lo que era la violencia, las bandas o la droga, lo aprenden allí para sobrevivir. Todos los que aparecen en el documental son negros o latinos. No es extraño dado que el 37% de la población reclusa en América es negra, siendo los afroamericanos solo el 12% de la población del país.

¿Cuál es la conclusión que sacan esos pequeños burgueses que viven en la burbuja urbana de este gran trabajo documental? Que el problema negro no se ha resuelto, que sigue habiendo racismo y segregación, que no es casualidad que la exclusión social se centre, sobre todo, en poblaciones no blancas. Inagotables en su afán de mirar el mundo desde su vida algodonada, los burbujillas van al cine, a ver un documental recién estrenado que cuenta la vida de John Coltrane, una vida que se asemeja a la de tantos negros que crecieron en la segregación pero que salva su destino gracias a un originalísimo talento musical. Hubo un momento de silencio casi religioso en la sala: cuando Coltrane compone e interpreta Alabama, honrando a esas cuatro niñas que en 1963 murieron durante un servicio religioso en una iglesia de Birmingham (Alabama) por una bomba que hizo estallar el entonces muy activo Ku Klux Klan. Mientras sonaba esa melodía, que es la expresión del dolor, veíamos en pantalla a los encapuchados blancos, sus hogueras, sus capuchones recortados en el azul de la noche.

El cine estaba lleno, una sala grande abarrotada de esos burbujas que, según se dice, no quieren enterarse de lo que ocurre fuera. El elocuente silencio contenía no solo el dolor por unos hechos que tienen mi edad, que ocurrieron hace no tanto, sino porque estoy segura de que todos los espectadores tenían en mente que esa organización racista, antisemita, supremacista blanca, es hoy legal y ha apoyado a Trump en su campaña. Cuando llegué a casa busqué en Google. No era la única. Ese nombre, Ku Klux Klan, ha sido uno de los más tecleados en los últimos tiempos con esta pregunta: ¿Es legal el KKK? Como ha ocurrido siempre, poco a poco todo va dando igual. El señor Trump irá legitimando su presidencia a fuerza de hacerse fotos con dirigentes internacionales que encontrarán en él a un pragmático, a un tipo campechano. El poder limpia hasta lo más puerco. Pero lo que yo me pregunto es quién vive hoy dentro de una burbuja, si los que buscamos desesperadamente una explicación a esta deriva del mundo o los que alimentan su espíritu solo de páginas mentirosas o sectarias que les confirman su cerrazón y les hacen vivir temiendo y abominando de cualquiera que no se les parezca.

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