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Tras las huellas del Hispano de Montreal

Cohen decía que un joven español desconocido le enseñó los seis acordes de guitarra que formarían la base de todas sus canciones. La identidad del maestro sigue siendo un misterio

Una mujer frente al altar improvisado que han formado los fans afuera de la casa de Leonard Cohen en Montreal.
Una mujer frente al altar improvisado que han formado los fans afuera de la casa de Leonard Cohen en Montreal. AP

La casa del acomodado barrio Westmount, en la zona anglófila de Montreal, donde se crió Leonard Cohen, sigue en pie. La parte trasera de la casa limita por un pequeño jardín con el parque Murray Hill. Fue en este jardín donde, a la muerte de su padre, Cohen realizó una pequeña ceremonia iniciática: por primera vez escribió algo en un papel, lo metió dentro de una pajarita de su progenitor y luego la enterró. Al cabo de los años, quiso recuperar la pajarita e inútilmente cavó en el jardín sin conseguirlo. “Tal vez sea lo único que hago: buscar esa nota”, solía recordar el célebre artista. Si bien fue en su pequeño jardín donde inició su relación con las letras, fue en el parque Murray Hill donde encontró su melodía. Se trata del mismo lugar que aparece en su primera novela, El juego favorito,donde su álter ego, Lawrence Breaveman, se paseaba por las noches y se sentía como un rey en su dominio. El mismo sitio donde jugando con sus amigas de infancia surgieron sus primeros escarceos sexuales e irresueltas dudas, al menos en apariencia, sobre el amor y sus contradicciones.

Allí sigue existiendo un banco, cercano a las pistas de tenis, que describe el artista en algunas de sus biografías, donde posiblemente se sentaba con su guitarra el Hispano de Montreal la primera vez que lo vio: el misterioso español que le enseñó los seis acordes que formarían la base de todas sus canciones. Fueron tres las clases que recibió del joven gitano. El cuarto día no apareció. La encargada de una humilde pensión de algún lugar en el centro de Montreal le comunicó su muerte; se había suicidado. “No sabía nada de él, no sabía de qué parte de España procedía, no sabía por qué había llegado a Montreal, ni por qué se quedó, no sabía por qué apareció en esa pista de tenis, ni tampoco por qué se quitó la vida. Me entristeció profundamente”, recordaba un Cohen emocionado en su discurso al recoger el premio Príncipe de Asturias de las Letras en el 2011.

La pista del Hispano de Montreal, nombre con el que se cita al joven español en varias publicaciones, nace y se pierde con Cohen. Nadie en Montreal parece conocer su identidad. En la Bibliothèque et Archives National du Quebec, lugar que alberga los archivos forenses de Montreal, tampoco parece existir una prueba documentada de su dramática muerte. Denyse Beaugrand- Champagne, bibliotecaria e historiadora, cree que existe la posibilidad de que el joven no llevase ninguna documentación consigo al morir y que esta podría ser una explicación de que no exista un informe de su muerte. Amiga personal de Cohen, conoce el relato de primera mano. Como también se lo oyó contar su íntimo amigo de la infancia el escultor Mort Rosengarten. Sin embargo, Giorgianna Orsini (Anne Sherman), la que algunos dicen que fue su gran amor, desconocía la figura del misterioso maestro.

En la Taverna Christina Manolis de Hydra (Grecia) Marianne Ihlen recordaba la figura del gitano. Hacia ya casi cinco décadas que Cohen había inmortalizado a su musa noruega con la canción que lleva su nombre y que ponía broche final a una entrañable relación, tortuosa e intermitente, así como fructífera, que había comenzado en la isla. Marianne hablaba con ternura, admiración y cariño del poeta, del tiempo que marchó. El poderoso influjo del hombre que hablaba con “lengua de oro” había marcado su vida de forma imborrable, aunque en ocasiones parecía querer resistirse a ello. “Con Leonard nunca se sabe qué es poesía y qué es realidad”, recalcaba Marianne de forma dulce.

Es quizás en la poesía de Cohen donde está destinada a quedar ubicada la figura de su enigmático maestro. La poesía, aquello que en sus propias palabras “procede de un lugar que nadie domina ni nadie conquista”.