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Las amistades franquistas de Carl Schmitt

Miguel Saralegui arroja nuevas luces sobre la relación intelectual, política y afectiva del filósofo alemán con España y matiza su afinidad con el régimen de Franco

Carl Schmitt en 1930.
Carl Schmitt en 1930.

Mi trivialidad congénita consigue meterme cada dos por tres en las buhardillas de los demás, al acecho del secreto o el documento infaliblemente revelador. La fantástica civilización del espectáculo que nos invade contiene trasteros, armarios y archivos que la hacen de veras espectacular. Verla así, por dentro y por fuera, luminosa y en penumbra, es el regalo de un libro estupendamente escrito sobre uno de los reaccionarios más tronados y más fieles a sí mismos de la Europa del siglo XX: Carl Schmitt en su provincia española. Cuando a Rafael Calvo Serer ni se le pasaba por la cabeza fundar el diario Madrid, porque era todavía un reaccionario del Opus Dei dispuesto a defender España de los descreídos falangistas, recibe confidencias esperanzadas de un Carl Schmitt de sesenta y pocos años. Confía hallar aquí la resonancia que le falta en la Alemania de la posguerra porque la España de Franco es el “último asilo del pensamiento europeo en un tiempo de suicidio europeo”. Sus ventas en Alemania son alarmantemente bajas, incluso su editor ha decidido vender sus títulos de dos en dos y a precio reducido, y tampoco el estudio que debía catapultarlo en España recibe críticas demasiado entusiastas. Había hecho del pensamiento de Donoso Cortés el precursor de su propio decisionismo político, pero apenas sirvió de nada, excepto para fidelizar a un puñado de intelectuales y políticos franquistas y algún verso suelto.

Fue entusiasta de Mussolini, activo nazi, teórico del decisionismo, teólogo político, católico, autoritario y cínico

No hay subterfugio que saque a Carl Schmitt del ingobernable y caótico nicho en que está hoy como lo que fue: entusiasta del Estado total del fascismo de Mussolini, activo nazi antes y después de la derrota de 1945, teórico del decisionismo (pero a la vez dubitativo y suspicaz), teólogo político, creyente católico, autoritario, cínico y antisemita hasta el final, como se sabe hoy tras editarse sus notas privadas del Glossarium y el acceso a su gigantesco epistolario. Su utilidad se hace majestuosa en manos de Miguel Saralegui en Carl Schmitt, pensador español (Trotta) para seguirle la pista por su España y por una fascinante trama de relaciones y de influencias, de deudas y de favores que lo sitúan en el centro de una red de redes franquistas con algún antifranquista. El suelo plúmbeo de la realidad intelectual vuelve a abrirse en forma de pastel de hojaldre estratificado, donde las cosas aparecen de un modo y de otro a la vez a través de figura tan singular e imprevista, tan reaccionaria y a la vez moderna casi a su pesar. Si nadie se enfada, el meme de Schmitt en España podría ser el padre de su fidelísimo discípulo Álvaro d’Ors (cuando Álvaro d’Ors era maestro e imán de José Ángel Valente), Eugenio d’Ors, y su irrepetible mezcla de fruslería, intuición, asistemacidad e ingenio cultural desinteresado, caprichoso e ilimitado.

Las amistades franquistas de Carl Schmitt

Las intimidades que despliega Saralegui devuelven el polvo fino de la historia, nos quitan de simplezas autocomplacientes y nos coloca en la frente una suerte de linterna frontal de minero para explorar los cajones del franquismo mezclado con las ciencias políticas y los materiales privados. Y, como suele pasar, lo privado estropea la máscara pública y la multiplica y complica de forma endiablada, por ejemplo al enseñar las trastiendas del Instituto de Estudios Políticos y las trayectorias de schmittianos díscolos como su mismo director, Javier Conde (cuando por ahí andaban casi con pantalón corto Francisco Rubio Llorente o Javier Pradera). Schmitt está orgullosísimo de la prosperidad de su discípulo de 1933, pero a la vez le irrita la tolerancia que exhibe en la revista hacia la bestia negra de Schmitt, Kelsen, además de mostrarse incapaz, al final de su vida, de urdir el encuentro que ansiaba Schmitt con Franco.

Para ese año, 1974, Enrique Tierno Galván lleva ya muchos años sin escribirle, pero había sido cercanísimo al Schmitt de los años cincuenta, y tan efusivo en su afecto privado por carta como cauteloso en público. Schmitt lo tiene por “el hombre más inteligente del mundo”, al menos en 1954, cuando Tierno está poniendo en marcha el criptomarxismo europeísta del boletín de su cátedra de derecho político en Salamanca y tiene un trato familiar con el pensador. Todavía en 1979 le felicita los 90 años, ya como alcalde de Madrid, mientras su hija Ánima Schmitt —casada e instalada en España y llena de chispa— se lo describe a su padre en su nuevo papel en democracia como popular, gordo y con aspecto de “triste obispo de provincias”.

Manuel Fraga Iribarne ha ido alejándose también del maestro, pero no lo ha hecho el más fiel y el más beneficiado de un trato singular, Luis Díez del Corral. En enero de 1979 vive inquieto por lo que pasa en España y decididamente suspicaz porque sospecha que “un marxismo inconexo, pero tanto más peligroso, puede encontrarse con el país en la mano”. Faltaban sólo unos pocos meses para que Felipe González le quitase de encima al PSOE precisamente el “marxismo” en ruta hacia la conquista del poder.

Carl Schmitt, pensador español. Miguel Saralegui. Trotta. Madrid, 2016. 264 páginas. 18 euros.