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OPINIÓN

Bob Dylan, la voz de todos

El Nobel de Literatura al cantautor estadounidense rompe un esquema tradicional y supuestamente intocable

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Dylan, durante una actuación en 2012. REUTERS

Para los conservadores inamovibles, el Premio Nobel de Literatura de Bob Dylan rompe un esquema tradicional y supuestamente intocable. Ya era hora y por pura agua del azar, le llega merecidamente el mismo día en que se va Darío Fo (otro galardonado que no escribía novelas, ni poemas, sino que representaba una suerte de puesta en escena él mismo de eso que llamamos literatura). El mensaje no puede estar más claro: literatura es aquello que se escribe —en papel, barda, pantalla o pentagrama—, eso que se escribe de corazón y con el alma en tinta (no plagiado, sino soñado y digerido por uno mismo) y que se vuelve de Otro, de Ella, de todos; el verbo en singular que se convierte en plural, el escaso adjetivo que describe la tersura de un beso y el peso de la soledad, las palabras que todos entienden incluso en silencio.

El Premio Nobel de Literatura es uno entre muchos galardones que reconocen lo que queda en letras y es quizá el más distinguido o elevado de todos, pero ahora abre una ventana que creo merece celebración: literatura ya no es solamente el acartonado producto que a cada rato condenan a muerte, sino la floreciente expresión de eso que no necesariamente se escribe para ser leído, sino cantado; la convivencia y confusión de géneros donde el ensayo parece cuento (como soñó Borges), la entrevista y el reportaje considerado como una de las bellas artes (como se reconoció el año pasado, aunque lo hacía Truman Capote o Tom Wolfe desde hace medio siglo), las novelas que se desprenden en guiones y los cuentos que caben en un tuit. Es entonces una celebración de la literatura abierta y una invitación a que nos alivianemos todos. “¡Aliviánate!”, decíamos antes en cuanto alguien quería acusar ante el prefecto a quien fumaba mota o cuando las tías se quejaban de las greñas largas mientras sostenían estampitas que muestran al Nazareno de rubia cabellera; “¡Aliviánate!” si crees que Picasso pinta como niño de kínder, si juras que solo es poesía lo que rima y no hay más música que la de Beethoven. Alivianémonos todos, que el premiado es un bardo que ha puesto en verso y música no pocos de los sentimientos, dudas y celebraciones que todos hemos llevado en la saliva y su reconocimiento no significa que la Academia Sueca pase a convertirse en portavoz de los Grammy, sino que el oficio de escribir se confirma como lo único que nos salva en este mundo tan absorto en tecnologías y tragedias.

Bob Dylan.
Bob Dylan.

Soy de la idea de que Woody Allen (otro genio judío que no usa su verdadero nombre) es un cuentista que hace cine y no un director cinematográfico que encuadre guiones a la manera tradicional del hacedor de películas y por el mismo silogismo, Bob Dylan (cuyo verdadero nombre es Robert Allen Zimmerman) es un poeta que canta, hoy como ayer el joven que se lanzó a caminar sobre los railes abandonados de los trenes con la guitarra a la espalda y una armónica en los labios. Es el trovador de bar en bar que vivió la transición del blanco y negro al technicolor de una psicodelia engañosa, la voz que hace eco de todos los abandonados por el sueño americano y los ilusionados con la salvación personal. Es el bardo que entretejió el blues con el folk, resonancia de country con prolegómenos del rock, y formó un coro transgeneracional que fue creciendo como bola de nieve sin dejar de ser piedra rodante, y la canción se despide del vodevil y el ragtime del hombre que toca la pandereta para dar voz a los nuevos desposeídos, los dipsómanos de la desesperación y que oigan todos, escuchen todos que los tiempos están cambiando. The Times they are a’Changing!

Cuando le dieron este mismo Premio Nobel a Sir Winston Churchill no faltó quien interpretara que se trataba de una compensación por no poder otorgarle el de la Paz, y un golpe de geopolítica que siempre ha servido de pasto para los conspiracionistas del Nobel y el truco se resuelve con perogrullada: hay que leer a Churchill y descubrir que incluso al margen de su magna obra como historiador de su tiempo, llevaba en tinta no pocos relatos que lo consagraban como excelente cuentista. Ahora, como en todos los años salvo en las raras ocasiones en que los premiados son a su vez autores multileídos y reconocidos por sus millones de lectores, habrá que leer a Dylan y no excluir el argumento de que su obra ha abierto nuevas definiciones poéticas, espacios de expresión y gran calidad literaria que por algo deseaban conocerlo en persona The Beatles en cuanto llegaron a América, tanto como querían fotografiarse con Muhammad Alí, que se fue este mismo año para que el mundo entero llorase al más famoso musulmán norteamericano en un año en que gana el Nobel de Literatura un poeta judío de guitarra y armónica descendiente de inmigrantes en el último año que ocupa la Casa Blanca un presidente negro como para espetarle al imbécil de Donald Trump y a los millones de hipnotizados amnésicos que le aplauden y votan que hay una versión de los Estados Unidos de Norteamérica muy por encima de la oprobiosa imagen que destila su ira.

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