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¿Existe una nueva literatura latinoamericana?

Cinco escritores reunidos en el FILBA analizan desde Buenos Aires el estado del arte de la escritura

Noche de poesía en La Abadía, una de las sedes del FILBA en Buenos Aires. Prensa Filba

Escritores de orígenes, influencias literarias y carreras muy diferentes analizan una literatura marcada por la atomización de la palabra y la tensión entre ser masivo o escribir lo que se desea. El PAÍS habló con ellos durante el octavo Festival Internacional de Literatura (FILBA), realizado en Buenos Aires y Montevideo. Son el brasileño Bernardo Carvalho (Río de Janeiro, 1960), el chileno Rafael Gumucio (Santiago -1970) y los argentinos Gabriel Dalla Torre (Cutral-Có, 1977), Sebastián Basualdo (Buenos Aires -1978) y Ral Veroni (Buenos Aires, 1965) La pregunta madre, aquella que lo estructuró todo, interrogó sobre la existencia o no de una voz que se reconozca latinoamericana.

En América Latina —dice Gumucio— vería cosas muy parecidas: fragmentación, infancia, inocencia destruida. La novela del boom era esa del chico que vivía en su jardín, en una casa palaciega, y de repente se tomaba un bus y descubría el mundo. Ya no creo que se pueda siquiera tomar el bus, porque ahora andaría con guardaespaldas y el jardín se transformó en un departamento, y ese departamento estaría asediado. El cruce de mundos es más difícil y hay una gran ligadura que va por el camino de la transgresión imaginaria. Basualdo, autor de la novela Cuando te vi caer (Bajo la Luna, 2008),opina que hoy es posible encontrar un eje en lo autobiográfico.

No necesariamente con lo autorreferencial aclara, pero sí con una presencia muy fuerte de ese yo narrativo, una escritura en primera persona que inaugura un sector de la literatura urbana. Hay mucho trabajo de la literatura urbana, despojada de una prosa más bien poética, con una idea cruda de la realidad donde siempre se está mezclando lo político.

Dalla Torre: "Ya no existe algo como 'América Latina'. Desde la globalización  escribo para el mundo"

Ya no existe algo como Latinoamérica —dice en cambio Dalla Torre—. Desde la globalización e internet yo siento que escribo para el mundo, y escribo desde Mendoza. Lo que más se relaciona con Latinoamérica, que es la guerrilla, los hijos de desaparecidos, no lo veo ya. Otra particularidad es que, por primera vez en mucho tiempo por ejemplo en Argentina el escritor del momento es una mujer. Hay muchas mujeres escribiendo cosas muy buenas, como Mariana Enríquez o Gabriela Cabezón Cámara. Las mujeres están en situación de mayoría.

—Hay una literatura muy diversificada, pero no se puede decir que hay un tema común. El caso de Brasil, además, es particular, porque se escribe para poca gente en un país enorme. Hubo un momento, cuando el PT llegó al poder, que hubo un entusiasmo por las periferias, con cuestiones sociales, con temas que no estaban en la literatura, escritores negros que hablaban desde un punto de vista nuevo. Eso no se apagó pero perdió el interés, porque había una novedad que era el primer gobierno de izquierda. Y ese gobierno ya no está —explica Carvalho, autor de diez novelas, la última titulada Reprodução (Companhia das Letras, 2013).

Veroni: "El voseo argentino es uno de los ejemplos más exitosos de desobediencia civil".

A mi me gusta buscar claves de identidad rioplatense —dice Veroni­, quien también es editor—. Siempre hubo una tara aquí: decir que no tenemos identidad, que descendemos de los barcos. Pero cuando uno vive en otros países se da cuenta de que la identidad rioplatense, que es más amplia que Argentina, alberga muchas identidades. Desde ese punto de vista me gusta impulsar líneas de identidad. Por ejemplo, hay una lingüística que es nuestro amor por el voseo. Yo considero al voseo como uno de los ejemplos más exitosos de desobediencia civil. Se intentó erradicar desde los medios, desde la escuela, desde el gobierno y no se pudo.

En ese escenario de temáticas diversas, donde la globalización de la palabra parece dar paso también a una voz tribal, el desafío es que la propia sea escuchada. Todos coinciden en que vivir sólo de la literatura ya no es posible, porque pasó el tiempo de esos autores que dedicaban las horas de cada día a escribir su próximo éxito.

Basulado: "El escritor tiene que ser profesional en el sentido de profesar algo, no en el sentido mercantilista"

—Para vivir de la literatura tendría que plantearme la idea de escribir un best seller que llegue a todas las personas. Pero no podés pensar que tu libro le guste a todos los críticos y que además lo compre la gente. Por eso prefiero vivir de una actividad que no tenga que ver con la literatura, tener una doble vida y, al terminar mi trabajo, tener ganas de escribir —dice Dalla Torre, ganador del premio Letras Sur con su novela Soy lo que quieras llamarme (El Ateneo, 2012).

—Si Carlos Fuentes y [Mario] Vargas Llosa hubiesen nacido hoy tampoco vivirían de la literatura —opina Gumucio—. Se rompió en el mundo, país por país, esa especie de clase media de escritor que es reputado y vende bien. Como uno no puede vivir de la literatura no tiene tampoco la ambición de sacar un libro cada dos años y que ese libro venda lo suficiente. Y de alguna forma eso es bueno y creo que más sano. Veo gente que deja de escribir durante 6 años y luego vuelve a hacerlo. Esas carreras sin periodicidad son más libres.

¿Se llega a un público amplio sin escribir un best seller?

Gumucio: "En América Latina vería cosas muy parecidas: infancia, fragmentación, inocencia destruida".

­—Yo vivo de la literatura pero no de mis libros. Si uno escribe cierta clase de literaturay pretende que esa literatura esté enmarcada en una corriente mercantilista, eso es casi un milagro. La profesión del escritor es una profesión secreta y al mismo tiempo al margen, porque si no se convierte en un escritor profesional. El escritor desde el punto de vista de la poética tiene que ser profesional en el sentido de profesar algo, no en el sentido mercantilista. Ahora, hay gente que puede conjugar ambas cosas y le va bien, y eso es respetable —responde Basualdo.

— Lo que pasa hoy en el mundo —dice Carvalho —es que el universo anglosajón decide qué es y qué no es literatura. Entonces tienes que pasar por ahí para recibir una especie de autoridad. Los escritores mexicanos que conozco los conozco porque se publicaron en Nueva York. Para vivir de literatura debes vender mucho y el mercado parece inmenso pero la gente en realidad no lee. En Brasil se lee Paulo Coelho, siempre, y cosas que no son ficción, libros de autoayuda.

Cómo sobresalir, entonces, en un escenario que parece hostil a aquellos escritores que no responden a las reglas del mercado. ¿Es posible sobrevivir por fuera de las grandes editoriales?

Carvalho: "Hoy es que el universo anglosajón decide qué es y qué no es literatura"

—Hay muchas pequeñas editoriales que arman su proyecto y ya no está la gran editorial verticalista que legitima. Las ventas de literatura son magras en las grandes y en las pequeñas, pero las pequeñas tienen una estrategia de supervivencia donde crean una pluralidad de mensajes que algunos sufren, porque se quedan con la nostalgia del gran artista. Los escritores sufren esta atomización horizontal, pero personalmente es algo que yo disfruto —dice Veroni.

—Hay una además una gran cantidad de gente que compra libros pero no lee, y a eso aspiran los best seller —opina Gumucio, autor de Milagro en Haití (Random House, 2015) —. Es gente que tiene cifras enormes de ventas pero no son leídos, sólo son comprados. Es un fenómeno creciente y yo ya perdí la fuerza para lamentarme.

Global o tribal, masivo o exclusivo, autorreferencial o abierto al mundo. La literatura latinoamericana busca su lugar más allá de los escritores estrella y la onda expansiva del boom.