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Lo impecable ante el abismo

Una obra pulcra y metódica, brillante desde lo bello, que encaja mal con la enfermedad

Tráiler del filme 'Un monstruo viene a verme', dirigido por J. A. Bayona.

La infancia está abocada a no pocos abismos. Por ejemplo, el de la incomprensión y el matonismo escolar. O el de una madre gravemente enferma. El protagonista de Un monstruo viene a verme, tercer largometraje de Juan Antonio Bayona, se asoma a ambos, y convoca cada noche a su propio monstruo, y no uno cualquiera: este pretende nada menos que "la verdad". Con semejante material, el director de El orfanato y Lo imposible ha compuesto una película que a (casi) todos les parecerá impecable. Y a este crítico también. Pero lo impecable algunas veces se da de bruces con su propio interior, con sus subtextos y sus mensajes, con sus interioridades verdaderamente dolorosas, y no superficialmente lacrimógenas.

UN MONSTRUO VIENE A VERME

Dirección: J. A. Bayona.

Intérpretes: Lewis MacDougall, Felicity Jones, Sigourney Weaver, Liam Neeson.

Género: drama. España, 2016.

Duración: 108 minutos.

Un monstruo viene a verme es una obra pulcra y metódica, brillante desde lo bello, que encaja mal con la enfermedad. La agonía, y los demonios que esta provoca, tanto en la propia criatura que mira de frente a la muerte como en los que lo sufren a su alrededor, tiene poco de pulcro y de metódico, y sí mucho de áspero y de terrible. Tan metódica es que incluso el guion, de Patrick Ness, el autor del libro en que se basa, explicita su estructura ("Te voy a ir contando tres historias y al final tú me contarás la tuya", dice el monstruo al niño), y hasta Bayona adelanta su imagen simbólica del clímax final (el crío agarrando una mano que se despeña por el precipicio).

En el lado positivo, que lo tiene, y abundante, Bayona demuestra un enorme gusto para el tratamiento de la luz y los ambientes; también de la puesta en escena y, salta a la vista, hay un magnífico trabajo en los efectos especiales. Además, vuelve a demostrar su mágica mano para la dirección de actores infantiles. Los críos de Bayona, como este portentoso Lewis MacDougall, siempre alcanzan el tono justo, y eso no es nada fácil. Respecto a las animaciones que puntúan el relato con precisión suiza (otra vez, demasiada precisión), los diseños son hermosos, pero no tanto su puesta en la pantalla, cargante por monocorde, con dos únicos sistemas: planos-secuencia unidos por imágenes en negro; y simulacros de zoom-out (o zoom-in), partiendo de un primer plano hasta cerrar en una imagen general (o viceversa). Una y otra vez, sin montaje por corte.

Demasiado estructurado y anunciado, el relato de Bayona está lejos del abismo que nos convoca con nuestra propia verdad, no ya la que pide el monstruo al crío, sino la que llama a nuestros demonios como espectadores. Para los poseedores de una cierta sensibilidad (que cada uno tiene la suya), la verdad será un cargamento de lágrimas. Para otros, y ahí se sitúa el que esto escribe, la verdad será un gran producto que no conmueve por exceso de precisión narrativa.

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