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CRÍTICA | LA MENTIRA

Vodevil de corazones giratorios

Claudio Tolcachir dirige una comedia de bulevar ligerita, en la que sobresalen el muy contenido pero expresivo trabajo de Carlos Hipólito y la presencia de Natalia Millán

Desde la izquierda: Mapi Sagaseta, Carlos Hipólito (de pie), Armando del Río y Natalia Millán.
Desde la izquierda: Mapi Sagaseta, Carlos Hipólito (de pie), Armando del Río y Natalia Millán.

Una comedia de bulevar, en la que se atisba apenas un principio de debate sobre la conveniencia o no de ocultar cosas importantes a nuestros seres queridos. Alicia, su coprotagonista, que ha visto a un amigo suyo casado besándose con una extraña, quiere contárselo a la esposa (amiga suya también), en contra de la opinión de Pablo, su marido, que atisba el terremoto que semejante revelación desencadenaría.

LA MENTIRA

Autor: Florian Zeller.

Versión: David Serrano.

Intérpretes: Carlos Hipólito, Natalia Millán, Armando del Río, Mapi Sagaseta.

Luz: Juan Gómez Cornejo.

Escenografía y vestuario: Elisa Sanz.

Dirección: Claudio Tolcachir.

Madrid, Teatro Maravillas.

Florian Zeller, autor de La mentira, reúne a ambas parejas durante una cena, en el curso de la cual Alicia pretende quedarse a solas con Laura, mientras Pablo intenta evitarlo a toda costa. No cuento más: lo que viene después es un juego de apariencias y confesiones muy bien urdido, en el cual no es fácil saber siempre de qué lado cae la verdad. Cuando, tras muchos vaivenes humorísticos, parece llegado el final de la comedia, Zeller hace como Yasmina Reza en Tres versiones de la vida y vuelve a mostrarnos una de sus primeras escenas, ahora desde otro punto de vista, en un golpe de efecto que deja clarito, demasiado quizá, lo que hasta el momento se nos había relatado con cierto margen de ambigüedad.

Por suerte, en esta travesía Carlos Hipólito ocupa el puente de mando: a cada papel, está mejor que en el anterior. Es un virtuoso de la contención. Pocos actores expresan tanto con gestualidad tan parca: parece que estuviera trabajando para la cámara, pero comunica de miedo, incluso con los espectadores de las filas de atrás. Su económica manera de estar contrasta con la mucho más extravertida de Natalia Millán, actriz perfecta de emoción, energía y presencia: no cabe pedirle más, sino quizá un poquito menos.

Respecto a las zalamerías que se hace la pareja de invitados (Armando del Río y Mapi Sagaseta), parecen más propias de recién casados que de quienes llevan muchos años de matrimonio: no son coherentes con lo que se verá después. Es el autor quien truca sus papeles, pero cabe preguntarse si la dirección no podría haberles inyectado una punta de ironía. Eso no quita que Claudio Tolcachir conduzca esta comedia ligera con el mismo oficio que exhibió en obras de tanto calado como Tierra del Fuego.