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CRÍTICA | EL PORVENIR

El tiempo de la resistencia

'El porvenir' logra, con ligereza, verdad, gran control narrativo y una interpretación extraordinaria que traduce crisis intelectual en tensión muscular, diagnosticar un presente de humanidades asediadas

Tráiler del filme 'El porvenir', dirigida por Mia Hansen-Løve.

EL PORVENIR

Dirección: Mia Hansen-Løve.

Intérpretes: Isabelle Huppert, Roman Kolinka, Editch Scob, André Marcon.

Género: drama.

Francia, 2016.

Duración: 102 minutos.

Una elipsis deliberadamente vaga –“unos cuantos años después”- separa el prólogo de esta película del cuerpo de su relato, donde una profesora de filosofía, encarnada por Isabelle Huppert como dinámica síntesis de fragilidad e indomable perseverancia, ve cómo se vienen abajo los pilares (afectivos, profesionales, materiales) que hasta el momento sostenían su existencia. Si uno decide hacer el movimiento contrario –es decir, remontarse unos cuantos años antes… en la filmografía de la cineasta Mia Hansen-Løve-, este quinto largometraje llega a revelarse como la pieza maestra que dota de unidad y sentido al conjunto: en el fondo, el tema subterráneo de su cine ha sido siempre el imperativo de supervivencia –la capacidad (y la necesidad) de sobrevivir a la toxicomanía de un padre, al suicidio de un ser querido, al colapso de un primer amor o a la desintegración de una contracultura edénica- y su metodología de trabajo no ha dejado nunca de destilar sus aciertos –o, como el caso de Edén (2014), también sus muy puntuales insuficiencias- a partir de las experiencias vivenciales de su entorno inmediato. Si Edén era, por así decirlo, su película del hermano, El porvenir es la película que la cineasta elabora utilizando a su madre, profesora de filosofía como la Nathalie Chazeaux que encarna la Huppert, como fértil punto de partida para reflexionar no sólo sobre las turbulencias que a todos aguardan en el futuro, sino también sobre las posibilidades de goce, resistencia y descubrimiento que esperan a quien se niega a ser vencido.

Película donde un libro de Slavoj Zizek provoca un tácito desencuentro entre personajes, El porvenir logra, con ligereza, verdad, gran control narrativo y una interpretación extraordinaria que traduce crisis intelectual en tensión muscular, diagnosticar un presente de humanidades asediadas, democratizaciones de la inestabilidad y activismos entre lo acendrado y lo crispado.