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Lo que entonces no pudo decirse

En 'Patria', Fernando Aramburu pone oídos a los que tuvieron que hablar en clave hasta bajo su mismo techo

Fernando Aramburu, en La Concha de San Sebastián.
Fernando Aramburu, en La Concha de San Sebastián.

A menudo charlo con jóvenes amigos que andan preocupados, no sin razón, por el estrechamiento de la libertad de expresión. Y estamos de acuerdo en que el batallón de supuestos humillados y ofendidos es tan amplio y tan ruidoso que acaba provocando, se quiera o no, que quien expresa su opinión públicamente mida en exceso lo que dice o escribe por miedo a pisar un charco indeseado por una bobada. Porque es habitual que lo que desata la indignación suelen ser nimiedades, y porque tampoco debería ser tan grave soltar una inconveniencia o meter la pata de vez en cuando. Pero discrepo, también a menudo, con estos jóvenes plumillas a los que por el hecho de que sean jóvenes no me veo en la obligación de dar la razón (no padezco el miedo a sentirme desfasada) en la pertinencia del humor que hace sangre con la sangre. Comienzo aclarando que a nadie le prohibiría soltar su chiste por muy desagradable o cruel que este sea, pero tampoco considero que deba dar las gracias a quien hace gala de un humor sórdido o sangriento. Ahí me puede la ley lubitschiana de que la comedia es tragedia más tiempo y chistes que se valen de las víctimas del terremoto de Italia o del niño Aylan (véanse las últimas sonadas ocurrencias de Charlie Hebdo) no me hacen ni puñetera gracia. Allá quien se los ría. Pero entender que el humor más valiente es aquel que provoca estupor y enojo en el público me parece tan falso como pensar que el humor ha de ser digerible por todos los públicos.

Las víctimas del terrorismo vasco también cuentan con su particular catálogo de chistes. No han pasado a los medios generalistas pero rondan por Internet (los que contó el concejal Zapata eran muy populares entre gente de su generación), y en mi opinión, más que considerarlos punibles legalmente, como así ha pretendido siempre el Partido Popular y que no tiene ningún valor pedagógico, hay que estudiarlos como un síntoma de ignorancia, de falta de empatía hacia una historia que, sin haber sido digerida y contada con libertad a quienes no la padecieron, se ha saltado los pasos de rigor y pasado a lo bestia de la tragedia sangrienta al chistecito canalla. Porque el humor define a quien lo cuenta pero también al que lo ríe y hay algo sórdido en que solo nos mueva a la risa los chistes que se burlan de quien sufre.

Pienso en todo esto mientras ando con las últimas páginas de un novelón que casi sin situarse en la mesa de novedades anda de boca en boca: Patria (Tusquets), de Fernando Aramburu. Me muevo entre la impaciencia por saber cómo termina y el no querer que se acabe, y siento, además de admiración por su escritura y el prodigioso oído para el habla de personajes (cada uno es distinguible por su manera de expresarse), que esta novela abre la puerta, una enorme puerta, a muchas cosas que aún no han sido dichas y que merece la pena que lean los que prefieren que el silencio selle el final, los que piensan que volver al asunto perjudica a la paz, los que entonces no pudieron hablar y quieren verse compensados y, definitivamente, aquellos que no lo vivieron y han llegado al chiste de ETA, al comentario banal, sin necesidad alguna de reflexión.

No es en absoluto un libro pedagógico ni tiene esa pretensión pero el caso es a través de la historia de dos familias que ven dramáticamente rota su estrecha relación cuando el hijo de una mata al padre de la otra nos adentramos en unos años que ensuciaron la convivencia hasta la sordidez. Todo eso está contado y llega, a través de buena literatura, allá donde la política o la historia no pueden alcanzar. Aramburu conoce de cerca cómo Alemania ha lidiado con la culpa colectiva y la responsabilidad individual; pero también en Irlanda andan grabando las voces de los que fueron partícipes y víctimas de una sociedad manchada por la violencia. Todo para que no se pierda aquello que el miedo impidió decir en voz alta. No me cabe la menor duda de las buenas reseñas que cosechará esta novela pero aún encuentro más deseable que llegue a muchas manos y que sea el principio de otras que merecen ser escritas. Decir que la risa es sana y nos libera es muy cierto, como también lo es que en ocasiones la risa encubre la incapacidad para hablar a las claras. Allá donde el miedo cercenó la libertad de expresión hay que devolver, en primer lugar, el derecho a la palabra. Eso es lo que hace Aramburu: pone oídos a los que tuvieron que hablar en clave hasta bajo su mismo techo. Por eso hay que celebrar esta gran obra en la que más que un literato el escritor parece un médium.