Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Manual para hombres de la limpieza

Lucia Berlin es un milagro como escritora renacida y como persona

La escritora Lucia Berlin, en 1962.
La escritora Lucia Berlin, en 1962. LITERARY ESTATE OF LUCIA BERLIN

Tras leer el arrollador Manual para mujeres de la limpieza una se pregunta cuándo escribió Lucia Berlin (Juneau, 1936 - Los Ángeles, 2004), cuándo tuvo tiempo esta mujer que sobrevivió a una agotadora aventura iniciada desde su nacimiento. No es poca cosa nacer en Alaska, ser adolescente en Chile, joven en Nueva York, madre en México y dar tumbos de un lado a otro de los Estados Unidos en busca de una paz que casi nunca disfrutó. Pero esta azarosa existencia, que inspira e irrumpe con fuerza en sus cuentos, no le restó ironía, no la convirtió en víctima, ni se transformó en amargura. Lucia Berlin es un milagro, como escritora renacida años después de su muerte, pero sobre todo un milagro de persona: es la mujer bellísima que se deja arrastrar por el amor, que abandona a un hombre por otro, pero lo hace cargada de equipaje, con dos hijos pequeños. Fue madre de cuatro chicos, que velaron por ella cuanto pudieron, ya que Lucia arrastró durante años un alcoholismo que heredó posiblemente de una familia tocada por esa adicción. Con su marido Buddy Berlin conoció otra, igual de sombría pero ilegal, la heroína. De tal forma, que la pregunta no es banal, ¿cuándo escribió Lucia Berlin: mientras viajaba buscando un futuro mejor, mientras mecía a sus bebés, mientras buscaba droga para Buddy, cuando su propia dependencia del alcohol se lo permitía?

Nunca dejó de tener un aspecto distinguido, se movía entre grupos de borrachos, que al amanecer esperaban a que abriera el antro que les facilitaba un primer trago, pero cedían el paso caballerosamente a esta señora alta, de ojos azules y sonrisa dulce, que emprendía el regreso a casa para preparar el desayuno a sus hijos habiendo calmado ya los temblores de la abstinencia con media botella de vodka. Lucia Berlin, hija de una madre fría, cruel, alcohólica también, no reprodujo en cambio su mezquindad: ella amó y fue amada. Transformó el drama en cuentos prodigiosos, muy al estilo chejoviano, donde observa la incapacidad de los seres humanos de escapar al destino impuesto por su carácter. Para sobrevivir, madre sola a partir del cuarto hijo, Lucia trabajó en mil cosas, trabajos de poca monta, como el que da título a esta antología, chica de la limpieza.

Está claro que las mujeres vividoras, en aquellos cincuenta y sesenta, pagaron con creces, más que los hombres, su atrevimiento, y aunque se ha escrito que los cuentos de Lucia han permanecido en la sombra por su condición femenina, yo más bien lo achaco al desorden vital pero lleno de obligaciones familiares que acarreó siempre. Repito, ¿cuándo escribió? ¿cuándo pudo preocuparse mínimamente de una carrera literaria? Por otra parte, son habituales las biografías insólitas en los escritores americanos. En ese aspecto, hay una falta de impostura intelectual que se agradece: nadie va a torcer el gesto porque la bella Berlin fregara suelos. Sus vaivenes y desgracias son un tesoro para nosotros, porque nos abre la puerta a personajes que de otra forma no conoceríamos. Con un último aliento, concluye al final del libro: “¿Qué me he perdido? ¿Cuánto me fue dicho y no logré escuchar? ¿Qué amor podría haber sido que yo no sentí? Son preguntas sin sentido. La única razón de haber vivido tanto es haberme librado del pasado. Cerrar la puerta a la pena, al dolor, al remordimiento”.

No es inocente que la editorial americana lanzara el libro con una foto de la escritora en los años cincuenta, joven y bonita, como una estrella del cine que interpretara el papel fascinante de una escritora aventurera. Por fortuna, el antídoto contra la idealización de su fatigosa vida está en unos cuentos en los que refleja lo incapacitante que es vivir arrastrado por una corriente salvaje.

Al leer a Berlin, recordé los versos de un poeta que descubrí hace poco y que me sorprendió también por esa vida y obra tan al margen de los poetas que acaparan atención y reconocimiento. Se llama Ape Rotoma, vive en Aranda de Duero (Burgos). Hay un libro suyo, Mensajes de texto y otros mensajes en el que da cuenta de una vida que le distingue. Rotoma ha sido camarero, electricista, parado, hombre de la limpieza. Crudeza e ironía, esas cualidades tan berlinianas, están en sus versos: “Buena mañana / O no tan mala. Viernes./ Alguna preocupación superada/ merced al puntual ingreso / de mi exiguo sueldo. / Y una extraña y vaga euforia / que supongo debida a la dosis justa / de jachís y de café. / Voy a limpiar un baño a estos guarros”. Es nuestro poeta americano, aún casi un tesoro secreto.