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ESCUADRÓN SUICIDA | Crítica

Siete del patíbulo

Decepciona que nada vaya más allá de su enunciación y que se desaproveche el potencial del género

ESCUADRÓN SUICIDA

Dirección: David Ayer.

Intérpretes: Will Smith, Jared Leto, Margot Robbie, Viola Davis, Ben Affleck.

Género: ciencia-ficción. EE UU, 2016.

Duración: 130 minutos.

Dentro de la agotadora profusión de películas de superhéroes que atesta el calendario, Escuadrón suicida nace con clara vocación de marcar la diferencia. Por un lado, supone el primer intento de la DC por reclamar su parte del nicho de mercado que abrió Deadpool (2016) –y que había anticipado, en otro registro, Guardianes de la galaxia (2014)-: el de la película de superhéroes cínica, distanciada y traviesa (el término punk le vendría grande a cualquiera de estos casos). Por otro, este trabajo de David Ayer se inserta en la acelerada carrera de las películas DC para crear un universo cinematográfico compartido que haga posibles las anunciadas películas-apoteosis que supondrán el equivalente de las entregas de Los Vengadores en la casa rival. Esos dos factores condicionan lo mejor y lo peor de una película que, en efecto, no corre riesgo de pasar inadvertida, pero que, a poco que se mire de cerca, resulta bastante menos transgresora de lo que ella misma se cree: en el fondo, la actitud de Escuadrón suicida no está lejos de la del adolescente que, con una calcomanía en la frente, simula ante el espejo de su habitación ser más malote que un miembro de las maras.

En el punto de partida de Escuadrón suicida se funden la idea base de la poderosa Doce del patíbulo (1967) de Robert Aldrich –basada en una novela de E. M. Nathanson- con la culpa colectiva de una nación que, en el presente, tiene que lidiar con los monstruos que engendró, alentó y entrenó en el pasado reciente. En su guión, Ayer se esfuerza tanto en subrayar la amoralidad del poder –encarnado en la figura de Viola Davis- como en contrapuntear de humanidad a algunos de sus supuestos supervillanos elevados a brazo subcontratado del poder –el vínculo entre Deadshot y su hija o el motor amoroso que mueve a Harley Quinn-. Decepciona que nada vaya más allá de su enunciación y que se desaproveche el potencial del género como lectura satírica de la política americana y sus abundantes zonas de sombra.

Con algunas torpezas en la articulación del relato –la escena del tránsito a la oscuridad de June Moone en la estación de metro, que necesita ser retomada avanzado el metraje-, Escuadrón suicida guarda su gran aliciente en ese Joker que Jared Leto retoma donde lo dejó Heath Ledger. El tono funciona, pero la película tiene más ruido que verdadera sustancia.