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IN MEMORIAM

Alan Vega, la voz del lado salvaje de Nueva York

Líder y vocalista del dúo neoyorquino Suicide, ha fallecido a los 78 años

El cantante de Suicide Alan Vega, en 2004, en un concierto en Nantes.
El cantante de Suicide Alan Vega, en 2004, en un concierto en Nantes. AFP

En su libro Dream Baby Dream. Suicide: A New York Story (Omnibus Press, 2015), el periodista británico Kris Needs ofrece una de las mejores definiciones sobre el dúo fundado por Alan Vega y Martin Rev en 1970. “Suicide encarnan todo lo que fue único, peligroso e hizo época en Nueva York durante el último siglo. Juntos encendieron los filamentos culturales más desafiantes de la ciudad, a la vez que atrapaban el ensombrecido estado de ánimo de un país destrozado por la guerra de Vietnam”. Al igual que Rev, Alan Vega (nacido Alan Bermowitz, en 1938, en el Bronx), se mantuvo fiel a dicha esencia, tanto en su obra como escultor —disciplina que cultivaba antes de hacer música— como en lo que hizo en solitario o con Suicide. Vega forma parte de esa era que Scorsese atrapó en Taxi Driver; una época desesperada y violenta de Nueva York a la que también pertenece la promoción musical del Max’s Kansas City y el CBGB, la de Ramones, Blondie, Patti Smith y muchos otros, arquetipos de un espíritu artístico que hoy ya es historia.

Llamar Suicide a un grupo musical era un acto suicida en sí mismo, como también lo era la puesta en escena de Vega, inspirada en la virulencia escénica de Iggy Pop y el señorío de Elvis. Durante muchos años, el dúo fue agredido en sus actuaciones, una reacción que el vocalista incorporaba como al acto creativo del grupo; esta faceta quedó documentada en el directo 23 minutes in Brussels, directo grabado durante la primera gira europea del dúo, teloneando a Elvis Costello y The Clash. Los jóvenes punkis no estaban preparados para aquella música electrónica de raíz experimental que, a diferencia de la de Kraftwerk, europea y evocadora de un futuro utópico, sonaba sucia y caótica, provocadoramente monótona, reflejando la realidad urbana de la cual venían sus creadores, cuando un término como gentrificación resultaba inimaginable para sus habitantes.

A pesar del nombre y de la violencia, Suicide, como bien dice la artista Lydia Lunch —que a los 16 años se escapó de casa y se fue a Nueva York para conocerles—, eran musicalmente esquizofrénicos, por eso también componían dulces baladas, al menos en esencia. Ric Ocasek, líder de The Cars, intentó pulir su sonido en 1980 produciéndoles un segundo álbum llamado Alan Vega & Martin Rev, además del single Dream Baby Dream. Este cautivó instantáneamente a Bruce Springsteen, que vio en la obra del dúo a personajes tan maltratados por el sueño americano que podrían haber merodeado por su propio Nebraska (1981). Vega debutó en solitario con Alan Vega (1981), un disco de rockabilly grabado con guitarra, bajo y batería, que le proporcionó un pequeño éxito en Francia: Jukebox Baby. En 1983, regresó a la electrónica y dos años después firmó un desastroso intento de hacer música comercial titulado Just A Million Dreams. Fue la primera y la última vez en la que intentó forzar las cosas para intentar ganar dinero, un capítulo que no hizo más que destacar su naturaleza indomable y un compromiso artístico que mantuvo hasta el final.

Vega grabó blues contemporáneo con Alex Chilton y Ben Vaughn y colaboró con artistas electrónicos como PanSonic y DJ Hell, mientras gente como Marc Almond o Henry Rollins —que a principios de los noventa reeditó algunos de sus discos en solitario— le rendían sincera pleitesía. En 2012, sufrió un ataque al corazón y un ictus de los que nunca llegó a recuperarse. Su salud mermada no le impidió tomar parte, en julio de 2015, en el concierto homenaje a Suicide A Punk Mass, donde actuó por última vez.

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