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Las metáforas de los adoquines

El fotógrafo Jesús Pozo muestra historias de su calle recogidas en diez años desde su casa

Fotografía 'Galgos', del libro 'Historias de mi calle'.
Fotografía 'Galgos', del libro 'Historias de mi calle'.

Resguardado en el incógnito de un cuarto piso, con la cámara de fotos en sus manos, Jesús Pozo (San José, Almería, 1961) narra la historia de un empleado que riega, el amor escondido de una pareja, un pico de heroína o el trapicheo en la oscuridad de vete a saber qué, pero también la lluvia, la fiesta o la rareza de la nieve en Madrid. Robadas al corazón de la ciudad, el fotógrafo ha mirado en blanco y negro el hábitat que nace de los adoquines de su calle, en las traseras de la Gran Vía, por donde transita un variado mundo nocturno que a veces le ha curado un insomnio ocasional. El fotógrafo expone una selección de ese trabajo urbano, cosmopolita y callejero, recogido a lo largo de diez años, en una muestra que interpretan los comentarios de su amigo, el guionista y novelista Roberto Villar.

En Siluro Concept, calle Cervantes, 3, y solo durante tres días, se muestra esa mirada particular que entra por la ventana del hostal, que vigila la prostitución de la esquina o el recelo de dos perros que se cruzan. “Los fotógrafos vemos historias, me asomo al balcón con mi mujer y ella mira mientras yo veo un relato, no solo una estética. Por eso también me gusta trabajar con otros, como en este caso con Roberto, porque enriquece la mirada con una interpretación, se podría rodar un corto con cada foto si se quisiera”, plantea.

Pozo, que fue redactor jefe de varias ediciones en Andalucía y Murcia de Diario 16, se ha sobrepuesto a la timidez (“será por la edad”, bromea) para sacar a la luz esas Historias de mi calle, que así se titula la muestra. Obligado a hacer un ejercicio de memoria sobre su afición a la cámara, se acuerda de la Kodak Instamatic que le regalaron cuando hizo la primera comunión. Después llegó el fotoperiodismo y luego los libros, como el publicado con Lunwerg Editores junto a Joaquín Araújo y Carlos Santos, Espléndida austeridad, con 103 tomas de su máquina.

Su calle le ha proporcionado “un mundo concentrado de muy pocos metros” donde emplearse con el objetivo y recrearse en las metáforas de las imágenes. “Me gustan más las nocturnas por los contrastes de la noche”, con las luces fugaces y las sombras de los altos edificios en los que se desenvuelve una vida ajena al asfalto. Desde su balcón han salido tomas cenitales que dividen el espacio en geometrías impensables a ras de tierra y sus modelos actúan ajenos al espionaje artístico del que son objeto. El suelo, donde todo pasa, se muestra ahora un espacio íntimo e imperturbable a la imaginación que surge tras los visillos.