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DIOSES Y MONSTRUOS

Steve McQueen: Anverso y reverso del actor más ‘molón’

Un documental explora la compleja figura de Steve McQueen, un grande obsesionado por el control de sus películas

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Steve McQueen durante el rodaje de Le Mans, de Lee H. Katzin, en 1971.

Creíamos que a ese señor rubio que fumaba continuamente y con tanto estilo (todo en él era estilo) llamado Steve McQueen se lo había llevado al otro mundo o a la nada la nicotina, pero han descubierto últimamente que su matador cáncer de pulmón lo provocó el venenoso amianto, material con el que estaba demasiado familiarizado por su obsesivo y enfermizo amor a las carreras de coches y de motos. Lo cuentan en el inquietante documental The Man & Le Mans. También hay rumores menos fundados de que se lo cargó la inhalación de una sustancia con la que limpiaba los cascos de los barcos cuando era marine. Tenía 50 años. Ahora hubiera cumplido 86. Y, francamente, ningún admirador quiere imaginarse a uno de los actores más molones (o cool, como dicen los modernos anglosajonizados) que han existido ejerciendo de anciano, llevando con mayor o menor dignidad su decadencia física o mental. Los únicos dos señores de su generación (y de cualquier generación que podían competir en atractivo con McQueen, aunque el talento fuera incomparable) eran Paul Newman y Marlon Brando. El primero envejeció como los dioses, sin recurrir al quirófano y con su arte interpretativo llegando al estado de gracia. El Brando actor se despidió de su incontestable genialidad con Último tango en París y comenzó a engordar hasta límites autodestructivos. Su magnetismo no cesó, pero no era grato ver al rey de los actores pesando 150 kilos, en plan ballena narcisista.

El astro no quería que le doblaran en las escenas de riesgo y las compañías aseguradoras temían sus caprichos

El anverso luminoso de McQueen, aunque hubiera interpretado breve o largamente otras películas, estalla definitivamente y gana a perpetuidad el amor de todo tipo de público en Los siete magníficos, aquel remake notable y en clave de western de la formidable película de Kurosawa Los siete samuráis. McQueen competía con pesos pesados, pero se los comía a todos, robaba el plano sin aparente esfuerzo. Y vuelve a ocurrir, también dirigido por el espléndido artesano (hay muchos reconocidos artistas cuya obra es inferior a la suya) John Sturges, en La gran evasión. Nadie ha olvidado a ese prisionero en un campo de concentración nazi que vuelve locos a sus guardianes, escapándose una y otra vez después de robar una moto, lanzando una pelota contra la pared en su reclusión en la celda de castigo, más chulo que nadie. A partir de ahí, las películas solo necesitan su presencia para venderse. El público paga por ver a este tío independientemente de la calidad del producto, el star-system renueva su esplendor con él, enamora a las mujeres y los hombres quieren parecerse a él. Y, sabiamente, elige productos a su medida. El full de ases de Cincinnati Kid pierde contra la escalera de color de El Viejo en El rey del juego, pero todo nuestro amor con el estupefacto vencido. Como el Eddie Felson de El buscavidas, sabemos que el calvario será largo, pero volverá a tener otra oportunidad.

Y había mucha tensión erótica entre la muy sensual Faye Dunaway y el hipnótico McQueen en la relamida y olvidable El caso de Thomas Crown. Él parecía estar encantado en el papel de un todopoderoso y seductor delincuente de guante blanco que logra engañar a la ley y a su enamorada perseguidora. Las imágenes son melifluas, tanto como la muy famosa y empalagosa canción que compuso Michel Legrand The Windmills of Your Mind, pero ver por primera vez a McQueen luciendo con deslumbrante elegancia trajes que podría haber diseñado un genio como Armani exclusivamente para el señor al que cualquier ropa le sentaba bien era un sofisticado espectáculo. Como los jerséis de cuello alto que exhibía el introvertido y muy profesional detective Bullitt en la persecución de coches más impresionante que se ha rodado nunca.

McQueen también se asoció con un director grandioso como Sam Peckinpah en dos consecutivas películas. Una poética, sutil, nada aparatosa, sobre un jinete del rodeo que fue legendario hasta que se quedó cojo, su nada quejumbrosa supervivencia, la relación con su complicada familia, una loa conmovedora a los perdedores dignos. Se titula Junior Bonner. No tuvo éxito, yo la amo. La otra es La huida, hiperviolenta, con un toque febril (sin llegar a la alcohólica y enloquecida atmósfera de Quiero la cabeza de Alfredo García), formando volcánica pareja con su futura esposa Ali MacGraw, con algo tan transgresor como que en el desenlace este matrimonio de gánsteres escapen de la justicia, sean felices y coman perdices. Es una película que recuerdo con buen sabor, pero que prefiero no revisitar. Y así continuó la inmarchitable estrella que representó McQueen, sin conocer el fracaso, amado eternamente por el público.

No es exacto mi dato anterior. Steve McQueen una vez se metió en un infierno del que pudo salir quemado a perpetuidad. Su deseo era el control absoluto de las películas que interpretaba y su supremo amor a todo lo que se relacionara con el universo de los coches de carreras. Creaba grandes problemas a los productores porque no quería que le doblaran en secuencias de riesgo, las compañías aseguradoras lógicamente temían sus caprichos, todo se vendría abajo si la gran estrella tenía un accidente. De eso, de la compleja personalidad del astro, incluido su lado oscuro, trata el documental The Man & Le Mans. Cuentan historias perturbadoras como que en el rodaje de lo que pretende ser la película definitiva sobre las carreras de coches descubren a los tres meses que no existe el guion, que todo el material acumulado no tiene sentido, la irresponsabilidad de McQueen provocando un accidente en el que el piloto que le acompaña pierde la pierna y toda la sangrienta movida se camufla o se manipula para que nadie sepa la verdad, el desprecio y el abandono que sufren por parte de McQueen el director y el guionista que le lanzaron al estrellato. También el admirado testimonio de su hijo y el preocupante de su primera esposa y madre de sus dos hijos: “Steve era un buen tipo que en algún momento se perdió en el camino. No sé si volvió a encontrarse”. En cualquier caso, siempre disfrutaremos de este señor cada vez que le enfocaba la cámara. Es uno de los grandes.