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CAFÉ PEREC

La muda China ha mudado

Para Un bárbaro en Asia, de Henri Michaux —París 1933, la primera edición—, no parece que haya transcurrido el tiempo. El pasado martes New Directions lo reeditó en Nueva York, en la traducción de Sylvia Beach. En Barcelona lo publicó en su momento Tusquets, con la traducción argentina de Borges adaptada al castellano por Cristóbal Serra. Reaparece ahora en EE UU esa penetrante crónica de un viaje a Oriente, y lo hace en un compás histórico en el que China ya es el gran rival. Y el libro seguramente volverá a ser considerado una peculiar gran obra, pues ahí sigue el potente estilo de su autor, esa prosa enjuta, pero de gran densidad explosiva.

No ha pasado el tiempo para Un bárbaro en Asia, pero es una obra todavía aún mejor que cuando se publicó, porque registra el paso precisamente del tiempo: el foso que se ha abierto, por ejemplo, entre la silenciosa China de Michaux y la actual. Y aporta, además, la prueba más evidente de que la identidad y personalidad de un pueblo, por milenario que éste se considere, fluye y se va transformando sin cesar, y hasta su propio genio local se va modificando. Y es que, por lo general y por fortuna, no hay países que permanezcan exactamente idénticos a sí mismos por toda una eternidad.

“Chino: todo lo que no se entiende”, escribía Flaubert en su Diccionario de lugares comunes. Pero los tópicos no son inmortales. Hoy en China el viajero, avezado en el capitalismo profundo, lo entiende precisamente todo. Y aun cuando los cambios de allí no puedan despertarle pasión alguna, puede llegar a valorar que al menos hayan roto con una fatalidad común a algunos pueblos, el nuestro entre ellos: esa idea de que hay que permanecer apegados a las esencias patrias, eternizarlas incluso; en nuestro caso concreto, ser fieles a la chusca adoración de un don Tancredo podrido y eterno.

Que la inmóvil y sigilosa China iba a modificarse lo intuyó Michaux en el mismo 33 cuando habló de ese “movimiento sordo y secreto” allí percibido. Pero en el 47, en el prólogo a la reedición francesa, confesó que, en efecto, el viraje se había producido, pero en una dirección no esperada: “La muda China ha mudado. Y tal mudanza nadie la hubiese creído, y menos yo la sospeché”.

¿Quién podía sospecharla? De aquella China diseccionada por Michaux hoy sólo queda algo del todo inmutable: “Para que el chino vea claro, es preciso que los negocios sean complicados”. Esa antigua sabiduría parece haber colaborado en sus sagaces tejemanejes actuales, en el vértigo de las modificaciones a las que somete a su trágica tradición milenaria. Pero quién sabe, quizás esa mutación de la silenciosa china no sea más que una prolongación de un juego que Michaux observó ya hace un siglo: los niños ponían una tabla en el suelo, y esa tabla se volvía un barco, convenían que era un barco, mientras que una línea de sombra se convertía en orilla y costa. Y luego, entendiéndose entre muchos, se embarcaban, desembarcaban, salían a alta mar, izaban puentes, fingían negocios. Y, fascinados, se iban internando en todo tipo de complicaciones.