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El año en que estallaron las dramaturgas

El CDN estrena en una sola temporada de forma insólita siete obras de autoras vivas

De izquierda a derecha, de pie, las dramaturgas Lucía Carballal, Denise Despeyroux, Carolina África y Laila Ripoll. Sentadas, Lucía Miranda, María Velasco y Carolina Román.
De izquierda a derecha, de pie, las dramaturgas Lucía Carballal, Denise Despeyroux, Carolina África y Laila Ripoll. Sentadas, Lucía Miranda, María Velasco y Carolina Román.

Habla María Velasco, nacida en los ochenta, acaba de estrenar en Madrid su obra La soledad del paseador de perros: “El paternalismo y lo baboso del trato de muchos dinosaurios sagrados de esta profesión es execrable. Te tratan de niña, como la eterna alumna, y con eso fulminan toda posibilidad de diálogo horizontal. Uno de los grandes de la dramaturgia de este país, después de preguntarme cinco veces si no era actriz, me dijo que, si lo que quería era llamar la atención, mejor me desnudase”. Laila Ripoll, ganadora del Premio Nacional de Literatura Dramática en 2015, nacida en los sesenta: “¿Que si lo he tenido más difícil por ser mujer? Tengo un anecdotario que abruma. Incluid violencia verbal y casi física”.

El Centro Dramático Nacional (CDN), la mayor institución pública teatral del país, ha programado esta temporada siete obras escritas por mujeres vivas. La mayoría jóvenes, alrededor de los 30 y 40 años. Un hecho insólito, pues la dramaturgia, como muchos otros oficios y disciplinas, ha estado siempre dominada por hombres. En las últimas décadas las autoras visibles en España han sido islas: Lluïsa Cunillé, Angélica Liddell, Itziar Pascual, Carmen Resino, Yolanda Pallín, Lourdes Ortiz, Paloma Pedrero, la propia Laila Ripoll y unas pocas más. Desde que se creó el Premio Nacional de Literatura Dramática, en 1992, solo lo han logrado tres: Cunillé, Liddell y Ripoll.

¿Hay por fin una explosión de dramaturgas en España? ¿Se volverá a repetir una temporada como esta? Cabría pensar que sí, pues el CDN acaba de suscribir un convenio, impulsado por el colectivo Clásicas y Modernas, por el que se compromete a incluir en su programación al menos un 40% de creaciones protagonizadas o avaladas por mujeres durante los próximos tres años. También lo han suscrito el Festival de Almagro y el Centro Cultural Conde Duque.

Lourdes Ortiz, cuya obra Aquiles y Pentesilea está justo ahora en cartel en el CDN, es la más veterana de las programadas por la institución y quizá por ello la más optimista. Ha visto muchos cambios positivos en su larga trayectoria. “Hay varios fenómenos que han contribuido al auge de las mujeres y nos permiten pensar que estamos mejorando. Sobre todo ha influido la creación de la especialidad de dramaturgia en los estudios de arte dramático, pues en las aulas casi siempre hay más mujeres que hombres”, opina.

Mujeres de teatro total

Para su temporada 2015-2016 el Centro Dramático Nacional ha programado obras de siete autoras vivas: Nora, 1959, de Lucía Miranda; Cocina, de María Fernández Ache; Verano en diciembre, de Carolina África; Los dramáticos orígenes de las galaxias espirales, de Denise Despeyroux; Aquiles y Pentesilea, de Lourdes Ortiz; Adentro, de Carolina Román, y Los temporales, de Lucía Carballal. Todas nacieron en los 80 o los 70 excepto la veterana Lourdes Ortiz (1943). Además se estrenó Insolación, de Emilia Pardo Bazán.

Esta nueva generación de dramaturgas, a la que también pertenecen otras que empiezan a despuntar como María Velasco, Claudia Cedó, Carlota Ferrer y Lola Blasco, fue precedida por otra ya consolidada que fue abriendo paso: Lluisa Cunillé, Angélica Liddell, Laila Ripoll, Yolanda Pallín, Itziar Pascual, Paloma Pedrero. Otras más conocidas como directoras, como Carme Portaceli, Helena Pimenta, Ana Zamora y Natalia Menéndez, en realidad también escriben textos, realizan dramaturgias y actúan. Y viceversa: las que sobresalen como autoras suelen ser además directoras y actrices. Son mujeres de teatro total. Igual que los hombres.

Laila Ripoll, que este año no ha estrenado en el CDN pero fue la primera autora viva en ser programada en esta institución (Los niños perdidos, en 2005), es más pesimista: “Se nos sigue tratando como a menores de edad. Siempre da la sensación de que cuando nos llaman se cubre el expediente, el ‘cupo’. Por otra parte no podemos prescindir de las cuotas. Mientras no haya paridad, son necesarias”. “Quizá empezamos a tener más visibilidad, pero seguimos siendo una excepción a la regla. Por eso toda iniciativa que tenga que ver con la igualdad de oportunidades me parece más que necesaria”, coincide Carolina Román, que en este momento tiene dos obras en cartel en Madrid, Adentro en el CDN y Río seguro en el Teatro del Barrio.

De las mujeres, en las artes escénicas, se suele esperar que sean actrices, no directoras ni mucho menos dramaturgas. Por eso quizá ellas mismas ni siquiera pensaron de entrada que pudieran serlo. Y por eso tal vez ha habido menos históricamente. “Me ha ocurrido en varias ocasiones que un periodista o en algún acto donde he sido invitada se han referido a mí como actriz. Imagino que esas personas iban con prisas, no habían leído mi currículum y asumieron que era actriz. Y es curioso, pero cuando empecé quería ser actriz. Quizá porque no tenía referentes de autoras”, explica Lucía Miranda, programada en el CDN con su obra Nora, 1959.

Denise Despeyroux, que esta temporada ha despuntado con varios estrenos como Los dramáticos orígenes de las galaxias espirales, también quería ser actriz. “Siempre quise dedicarme al teatro, pero en un principio jamás se me ocurrió ser escritora. Los escritores eran hombres”, recuerda. Defiende también que se exija la paridad en las instituciones: “Fui jurado de la tercera edición del laboratorio de escritura teatral de la SGAE. El porcentaje de mujeres que presentaron proyectos era altísimo, no había ninguna razón para que la selección fuera tan desproporcionada (cinco hombres y una mujer). Tal vez cabe observar que yo era la única mujer en el jurado y que a nadie le preocupó este asunto más que a mí”.

Escriben, dirigen, actúan, producen, crean compañías, abren teatros. No son mujeres quejosas, solo exigen ser tratadas de igual a igual. Carolina África, que tiene su propia sala en Madrid, La Belloch, y en febrero presentó Verano en diciembre en el CDN, lo explica así: “No quiero dar explicaciones que a un hombre no se le piden. ‘¿Por qué una compañía de mujeres?’ Y yo me pregunto: ¿Por qué a Ron Lalá nadie le hace esa pregunta siendo todos hombres? ‘¿Por qué escribes, diriges y produces?’ ¿Por qué nadie le pregunta esto a Pablo Messiez, Miguel del Arco? ‘¿Por qué solo hay actrices en Verano en diciembre?’ Y yo me pregunto: ¿Por qué esto no es reseñable en el montaje de Julio César, por ejemplo?

Aunque sus temáticas y estilos son muy diferentes, todas tienen algo en común: la huida constante de los clichés, especialmente los perpetuados en torno a la supuesta “sensibilidad especial de las mujeres”, el sexo, la maternidad, la familia, el trabajo o la locura. Aunque a veces no sean bien recibidas por ello: “Cuando una transgrede algunos límites, sobre todo si tienen que ver con el sexo, enseguida te atribuyen provocaciones gratuitas y te acusan de rebelde sin causa. Es una lástima que a estas alturas sigamos sufriendo estos prejuicios mutiladores”, lamenta Velasco. Por eso, en general, aborrecen abordar la creación desde una perspectiva de género. “Si a un hombre jamás se le cuestiona cuando crea personajes femeninos, ¿por qué se pone en duda que nosotras podamos penetrar en la psicología masculina? ¿Alguien podría adivinar si un texto lo escribió una mujer o un hombre solo con leerlo?”, se pregunta Ripoll.

¿Qué se ha perdido el público por la escasez de estrenos de obras de mujeres? ¿Una mirada diferente, otra perspectiva? “La historia de la literatura, del teatro, del cine… es eminentemente masculina, no podemos llegar a imaginar hasta qué punto esto ha condicionado la visión que todos tenemos del mundo. Como sociedad merecemos una cartera de narradores lo más variada posible. Buenos, por supuesto, pero también diferentes entre sí. Aquí entra la cuestión de género, pero también la racial y de clase”, opina Lucía Carballal, que presenta este mayo en el Teatro del Barrio de Madrid su obra A España no la va a conocer ni la madre que la parió y en junio Los temporales en el CDN.

Medidas por la paridad

Durante el mes de abril se ha puesto en marcha en España la Liga de Mujeres Profesionales del Teatro, integrada en una asociación internacional nacida en 1981 en EE UU para aumentar la visibilidad y la promoción de oportunidades para las mujeres en todos los aspectos del teatro profesional.

En pocas semanas se han suscitado en su página de Facebook interesantes debates. Denise Despeyroux destaca uno porque refleja una de las grandes paradojas que envuelven la lucha por la paridad. "Surgió a raíz de un artículo publicado en la revista Godot por el director y dramaturgo Pablo Iglesias Simón que planteaba la conveniencia de dividir en dos géneros todas las categorías de los Premios Max [que se entregaron el pasado lunes precedidos de una polémica por la escasez de candidaturas femeninas en las categorías principales]. De este modo tendríamos mejor autor y mejor autora; mejor director y mejor directora, etc...".

"No dudo de las buenas intenciones de Pablo Iglesias y además agradezco que se haya detenido a pensar sobre el tema —continúa Despeyroux—, pero a mí (y me consta que también a muchas profesionales del sector) no deja de inquietarme esta solución. Las mujeres autoras o directoras podemos ganar concursos donde participen los hombres, de eso se trata, y no de inventar otra liga para que podamos competir. Si competimos en otra liga nunca nos llegarán a ver cómo iguales y siempre tendrán más peso los reconocimientos conseguidos por los hombres. No estoy segura de que este tipo de medidas, aun propuestas a nuestro favor, nos apoyen y nos convengan".

Ahí está el dilema. Y el malestar de la mayoría por no lograr arrancarse la sensación de ser la cuota femenina cada vez que son invitadas a participar en un acto o formar parte de un jurado o institución. No obstante, todas las profesionales consultadas por este periódico creen que, de momento, siguen siendo necesarias medidas que ayuden a la paridad. Eso sí, como advierte Despeyroux, estudiando la pertinencia de cada una para que no acaben siendo contraproducentes.