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El pícaro que siempre caía de pie

'El mundo de la tarántula' ofrece una catarata de aventuras, donde el Carbonell actual contempla, más divertido que arrepentido, las trastadas del Pablo pretérito

Los toreros muertos: Many Moure, Guillermo Piccolini y Pablo Carbonell, en 1987.

Es sabido que, en España, el hipismo llegó tarde y mal. Sí, hubo minorías que, en pleno franquismo, se apuntaron al fenómeno vía Ibiza, pero Pablo Carbonell pertenece a una variedad tardía de los niños de las flores: el freak, criatura con avidez de experiencias químicas y sexuales, que se benefició del descontrol social que siguió a la muerte del dictador.

Los freaks eran, son, hippies sin ilusiones de cambiar el mundo, generalmente libres de bagaje intelectual. A partir de 1975, nos llegó abundante información sobre la insurgencia contracultural, pero quedó sepultada entre la fiebre política, como testimonia la evolución de la revista Ajoblanco. De cualquier modo, los freaks eran más de praxis que de teoría.

Conviene recordar que Carbonell nació en Cádiz (1962). Es decir, que creció en un clima amable, donde se tolera cierta extravagancia y se venera el ingenio verbal; el título de su libro deriva del malapropismo de la madre de un compañero actor, que pretendía referirse al mundo de la farándula.

El mundo de la tarántula ofrece una catarata de aventuras, puntualizadas por reflexiones en cursiva donde el Carbonell actual contempla, más divertido que arrepentido, las trastadas del Pablo pretérito. Se lo puede permitir ya que, si hay una revelación en el libro, es la prodigiosa potra del protagonista. Desde el principio, no se reconoce límites: con una carpetilla de chistes, se presenta en Barcelona e intenta ser fichado por Editorial Bruguera; con igual frescura, en compañía de Pedro Reyes, transforma un tosco espectáculo de mimo callejero en pasaporte para entrar en, eh, la tarantula.

Aterriza en Madrid cuando esta es una ciudad en flujo. Con total desfachatez, se instala en el piso de Wyoming hasta que el anfitrión le explica “que hay unos sitios que se llaman pensión donde por muy poco dinero alojan a la gente”. Se cuela en “La bola de cristal”, hace papeles en películas y por serendipia se encuentra al frente de Los Toreros Muertos.


Muchos nunca encontramos el punto a ese grupo. Pero funcionó extraordinariamente en Hispanoamérica, ya predispuesta al gamberreo español por Hombres G. Allí, Los Toreros Muertos se encuentran tocando en grandes recintos y –noche inolvidable- en una fiesta de los Ochoa, narcos colombianos. Se benefician de la tolerancia general: comparten discográfica con Isabel Pantoja, que tenía motivos para considerar que el nombre del grupo era ofensivo.

Carbonell sobrevive a todo. A la cocaína, que reemplaza a aquellos ácidos que le llevaban a vagar semidesnudo. A los vetos de la industria musical, tras sonados enfrentamientos con el omnipotente Rafael Revert. Al enfado de la madre de su primera hija, que le encuentra en la cama con un amigo. Sencillamente, es indestructible.

Su candor le protege en sus etapas como reportero de TV, actor de cine e incluso director (con Atún y chocolate, película mal entendida en su refugio favorito, Zahara de los Atunes). El último tercio de El mundo de la tarántula se parece a tantas memorias de famosos, con sus desfiles de fabulosos personajes que indefectiblemente se muestran ingeniosos y humildes. Carbonell sale de ese pantano con un agridulce viaje a los orígenes: la crónica de la vida y muerte de su hermana Nuria, aquejada del llamado síndrome de Prader Willi. En su comportamiento, Pablo encuentra la admirable inocencia del ser no contaminado por las convencionales sociales.

Dos formas de entender El mundo de la tarántula. Como una estimulante aportación a la (escasa) bibliografía de la contracultura española, además contada en primera persona. Alternativamente, como el retrato de un histrión con una flor en el culo: hasta Toreros Muertos se reúnen regularmente para dar conciertos lucrativos.

Unos jóvenes Pablo Carbonell y Pedro Reyes actuan en Madrid.

El mundo de la tarántula. Pablo Carbonell. Blackie Books. Barcelona, 2016. 374 páginas. 19,90 euros

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