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EN PORTADA

Juan Marsé: “La Transición decretó la desmemoria”

El escritor condensa en su nueva obra las grandes claves de su mundo. Socarrón y autocrítico, el escritor ajusta cuentas con políticos, nacionalismos y el cine actual

Juan Marsé, en Barcelona en 1982.

En la mesa erizada por un centenar de artilugios para escribir de toda condición reposan unas galeradas de Esa puta tan distinguida (Lumen) con una veintena de marcas. “Son cosas que quiero retocar para la segunda edición”, comenta Juan Marsé (Barcelona, 1933), heredero literario del carácter meticuloso que ya mostraba el quinceañero que, en el taller de joyería, soldaba Cristos en la cruz. La obsesión por la palabra precisa, la placentera (o no) tortura de la escritura, es una de las aguas subterráneas que recorren quizá la obra que, junto a la pespunteada por demonios familiares Caligrafía de los sueños (2011), más trampantojos muestra del propio Marsé.

El escritor

“No ha tenido mucho gusto en haberse conocido, habría preferido pasar de largo de sí mismo”, se dibujó en 1987. Y desde ese brutal perfil que cerraba su Señoras y señores, no hay en la trayectoria de Marsé otro autorretrato como el que abre Esa puta tan distinguida, donde un escritor recibe el encargo de un guion cinematográfico sobre un antiguo crimen, lo que le lleva a entrevistar al asesino que, 30 años después, sabe que lo cometió pero no recuerda el porqué. Con el formato preferido del Marsé ante los periodistas (responder por escrito), el narrador hace lo propio dejando jirones de piel verdadera de su creador. “Hace tiempo que quería hacer algo así; además me iba bien para fijar de qué va la novela”, apunta Marsé tras la mesa.

“Nunca he dejado de pitorrearme de mí mismo y de otros y de todo tipo de nacionalismo; no voy a dejar de hacerlo ahora”

Aflora así el francotirador que siempre ha sido: “No milito bajo ninguna bandera (…) cualquier forma de nacionalismo me repugna. La patria que me proponen los nacionalistas es una carroña sentimental”, escribe. Quien ha declarado que se considera “un autor catalán que escribe en lengua castellana” y al que no le importa la gloria (“me tiene sin cuidado entrar en la historia de la literatura”), se ratifica, por herencia paterna, anticlerical (señala hoy, con la cabeza, unas caricaturas suyas sobre curas que salpican los anaqueles del despacho). Deja constancia de que declinó ser miembro de la Real Academia de la Lengua (como rechazara un homenaje de la Generalitat por sus 80 años) y se muestra leal con los suyos: ante el maremoto que ha sufrido su agencia literaria, Carmen Balcells (“el personaje de ficción que más admiro”, escribe), asegura que ya no la abandonará porque “a mi edad, vendría a ser como cambiar de tumbona la última noche del Titanic”.

La memoria

En los labios niños / las canciones llevan / confusa la historia / y clara la pena”. Con esos versos de Antonio Machado iba a encabezar Marsé Si te dicen que caí. En su autorretrato, habla de quien arrastra “un relámpago negro en el corazón y en la memoria”. Toda la obra de Marsé es memoria, lacerante y caprichosa: una puta distinguida. Es el trasfondo de esta novela y aquí tiene fecha: 1982. “La Transición española se construyó sobre la base de la memoria pactada; el gran sacrificado en España es la memoria colectiva”, dice. “La desmemoria fue decretada en este país oficialmente a partir de la Transición y después macerada y propiciada por determinadas políticas culturales; nos robaron y adulteraron el pasado”.

Juasn Marsé.

En la novela, el asesino, Ricart, es sometido en 1949 a una psicoterapia de choque para borrarle la memoria en el centro psiquiátrico de Ciempozuelos por un equipo dirigido por el doctor Tejero-Cámara. Todo un trasunto de los experimentos reales que el jefe de los servicios psiquiátricos militares del franquismo, Antonio Vallejo-Nájera, puso en práctica con prisioneros republicanos para demostrar la debilidad mental de los rojos. “Podría entenderse como una metáfora del país que todavía no sabe cómo salir del túnel de la desmemoria. Pero hay que distinguir entre olvido y memoria”, argumenta Marsé. “El olvido es una estrategia del vivir: uno olvida ciertas cosas por voluntad propia aunque quizá no lo reconozca, es el ‘Vamos al olvidar eso’. La desmemoria es otra cosa: puede estar, y así ha ocurrido aquí, manipulada por los poderes políticos; la memoria del franquismo ha sido y sigue siendo manipulada, reordenada, recosida… Eso está en esta obra, pero no le voy a decir al lector cómo interpretar lo que hay. Siempre he querido ser alguien que sólo quiere contar historias y que se las cuenten. En mi opinión, los fulgores del intelecto no benefician en nada a la novela…”.

Convencido de que el mundo de la posguerra española “se ha prolongado tantísimo que, para mí, continúa siendo actual”, Marsé lleva toda una vida echándole un pulso a la memoria de la que, al menos desde El amante bilingüe (1990), “duda de su función cognoscitiva y esperanzadora”, como escribiera otro cultivador de ella, Manuel Vázquez Montalbán. “El escritor es memoria o no es nada; el pasado no acaba de pasar nunca”, afirma hoy Marsé.

La escritura

“Sé muy bien la distancia que media entre el proyecto literario y el resultado”, fija el escritor, que admite que en esta novela no puede negar que “hay mucho de autobiográfico, sobre todo en relación con la faena”. En voz del narrador, tras ver una vez más “oraciones simples convertidas en ceniza, era todo lo que tenía después de casi cinco horas de trabajo”, constata: “Durante los últimos años la conciencia del fracaso personal no ha hecho más que consolidarse y a menudo siento como si arrastrara el pesado fardo de una impostura y una impericia que ya sería hora de asumir públicamente de una vez”. Esa angustia Marsé la mal lleva, acentuada, desde 2005, cuando publicó Canciones de amor en Lolita’s Club: “Me sorprende haber dado por buenos tantos pasajes que necesitan retoques, ¿cuándo aprenderé?”, escribió entonces en unos diarios inéditos.

Pero todo viene aún de más atrás. “Me preocupa la forma, me desvivo por resultar atrayente”, escribe en 1957 el aprendiz literario a su primera gran mentora, la escritora Paulina Crusat. “Es una frase risible, de cuando yo aún debía querer ir a Hollywood, si no, no se explica”, ironiza hoy el escritor. “La verdad es que tuvo una paciencia tremenda… Un poco ese papel lo hace ahora mi editora, Silvia Querini”. Lo de la paciencia es clave: “Mis primeros borradores –admite Marsé- son impresentables, si salvo un par de líneas me doy por satisfecho: necesito encontrar la voz que me haga creíble lo que estoy contando”. Sigue escribiendo primero a mano y en una libreta, como cuando empezó a los 15 años garabateando los recuerdos de unos gitanos que vio un verano. “La primera versión me gusta contarla artesanalmente, no tengo prisa alguna, la escritura manual me ayuda a ese ritmo”. “Hasta que no tengo a veces esa pequeña cosa que rompa un capítulo o hallo el nombre de un personaje, pueden pasar meses”, reconoce.

“La tecnología está acabando con el cine que me gustaba: con ingenio y diálogos brillantes. Se ha infantilizado”

Las palabras se le siguen mostrando, a los 56 años de su debut, “marrulleras”, “afásicas”, y siempre encuentra “una frase que chirría, que se puede desmontar para que funcione mejor… Creí que con el tiempo, el aprendizaje y el dominio del instrumental que te has ido creando me ayudaría, pero no, descubrí hace ya mucho que cada vez que acabo un libro, el instrumental no me sirve para el próximo”. Sus folios, impresos tras una primera versión por ordenador, están masacrados con anotaciones a mano. Cuando hay “un texto cuya redacción no me va a avergonzar”, empieza con el editor el trasiego de papeles, en los últimos años en carpetas sólo amarillas o verdes, colores de la esperanza. “Con Carlos Barral no fue una relación tan intensa de editor y escritor, era más de amistad; con Gabriel Ferrater, imposible, porque era imposible pasar con él más de dos horas sin alcohol y entonces acababas charlando del Tour de Francia: era un forofo del ciclismo. Sí hablábamos más de los libros con Jaime Gil de Biedma…No sé si fue mi mejor lector”. No tiene uno de cabecera: “Confío en mi instinto”, zanja.

Quien dice que su patria está “en el lenguaje, no en la lengua”, admite, sin embargo, que ha tenido suerte con sus editores. “Excepto con José Manuel Lara Bosch, con el que no me entendí ni cuando se hizo cargo de la revista Por Favor, me considero afortunado: he trabajado con Mario Lacruz, Esther Tusquets, Beatriz de Moura y Elena Ramírez, hasta llegar a Querini”. En Esa puta tan distinguida, amén de un festival de recursos estilísticos a expensas del guion cinematográfico (abunda el flash-back, como en El fantasma del cine Roxy), Marsé ratifica el chispazo que le llevó a escribir y que ya evocó en Caligrafía…: tendría 14 años y una chica un poco mayor, ante la puerta del Conservatorio Municipal de Música de Barcelona, le pidió que entrara con ella y le dijera a su profesor solo “He sido yo” y se fuera. La esperó en la calle como pactaron, pero no la vio más. Con los días, el niño pergeñó una pasión secreta entre alumna y profesor. Formular la historia fue la única manera de librarse de aquella obsesión. La semilla del Marsé narrador: “Con algunas variantes, el peisodio es real. A los 14 años, quise ingresar en el Conservatorio y estudiar piano. No pudo ser”, recuerda ahora.

Juan Marsé en su casa en Barcelona.

El asesinato, el barrio

El crimen de la meretriz en Esa puta…trae a la memoria al fiel seguidor de Marsé el crimen real de la prostituta Carmen Broto, que conmocionó Barcelona en 1949 (mismo año que el crimen del libro) por su brutalidad y la rumorología que vinculaba a la mujer con el poder político y eclesiástico y que el escritor utilizó en Si te dicen que caí (1973). “No tiene nada que ver; o quizá sí; es un reflejo de un hecho real; va con su resonancia en la Barcelona de aquellos años negros del franquismo, con el clima que quería recrear”, concede el escritor. “Ese asesinato me marcó la adolescencia: tenía 16 años, ocurrió cerca de casa y recuerdo el coche manchado de sangre… El periodista Josep Maria Huertas Clavería me proporcionó actas del juicio, impresionantes: recuerdo en una página que había, cosido, un trozo del pijama del asesino hallado en casa de la víctima…”.

Hay más personajes ya entrevistos: el “falangista pirado” Ramón Mir Altamirano asomó en Caligrafía de los sueños, si bien ni el falangista ni la prostituta son los de Si te dicen que caí, “aunque bien podrían serlo: todos los falangistas cabrones se parecían, y todas las desdichadas putas, también”. ¿Qué busca con esos cruces? “Nada especial, quizá resonancias: siempre he creído que no hay buena literatura sin resonancias. Ocurre que aquí transito por caminos ya frecuentados… No sé. Será que nunca termino de contar bien lo que quiero contar”.

No hubo nunca un crimen en la cabina de proyección del Delicias como se ambienta en Esa puta…, pero sí existió ese cine, también evocado en Caligrafía…, de los mejores del barrio de Gracia de Barcelona, área vital del niño Marsé y escenografía básica de su obra. En realidad, “el barrio de mis libros” es un corta y pega de calles de hoy dos distritos, el de Gracia y el de Horta-Guinardó, recreadas mil veces en su cabeza, seguramente desde 1961, cuando las describía en París, como texto de sus clases de castellano a la joven burguesa Teresa Casadesús, modelo para Últimas tardes con Teresa (1966).

“A menudo siento como si arrastrara el pesado fardo de una impostura y una impericia que ya sería hora de asumir públicamente”

Muchos escenarios han desaparecido (como la calle cerca de la Avenida de Montserrat que daba a una antigua torrentera donde estaba la casa de Rabos de lagartija, 2000), otros han mudado (la cooperativa La Lleialtat, donde se baila en Caligrafía…, es sede del Teatre Lliure) y otros siguen siendo bien reconocibles, como la carretera del Carmelo (y que transitaba raudo el Pijoaparte de Últimas tardes…) o la plaza Rovira (donde tomaba el sol el capitán Blay de El embrujo de Shanghai, 1993).

El cine y los demonios

“La tecnología está acabando con el cine que a mí me gustaba, hecho a base de ingenio y diálogos brillantes. Se ha infantilizado o algo así; la tecnología le ha traspasado la épica de los tebeos; a mí ha dejado de interesarme bastante y eso que fue muy importante, casi tanto como la literatura”, reconoce Marsé. En Esa puta… hay mucho guiño al cine: el narrador tiene una asistenta cinéfila, inspirada en la actriz Thelma Ritter, que aparecía en Eva al desnudo y en La ventana indiscreta. Y cobra vida el mito erótico de Gilda y las leyendas sobre su censura. También se da “un tácito ajuste de cuentas con algún productor que me adaptó algún libro” (léase Andrés Vicente Gómez y El embrujo de Shanghai), con la tragicómica degradación del proyecto cinematográfico.

Juan Marsé.

Hay otras “coñas varias”, como las puyas contra la inflación de novela negra en España (“se ha convertido en un refugio de escritores veleidosos reconvertidos, hay una glorificación tremenda y, salvo unos nombres, casi todo es filfa”). Y un sonoro cachete a políticos y personajes del entorno del independentismo catalán como Joan Tardá, Gabriel Rufián, Pilar Rahola o Patricia Gabancho, apenas disimulados como artistas en un cartel de varietés, recurso como no se veía desde La muchacha de las bragas de oro (1978). “Nunca he dejado de pitorrearme de mí mismo y de otros y de todo tipo de nacionalismo; no voy a dejar de hacerlo ahora”. Y concluye: “En esta novela, todo es real menos el autor”. O justo al revés.

Tres nombres para Marsé

Faneca. Juan Marsé nace en Barcelona el 9 de enero de 1933 bajo el nombre de Joan Faneca Roca. Tras la muerte de su madre por complicaciones en el parto, es adoptado por Pep Marsé y Alberta Carbó.

Pijoaparte. En 1966, este mes se cumplen 50 años, publica en Seix Barral su tercera novela, Últimas tardes con Teresa. El libro narra la relación entre Teresa, Maruja y Manolo, alias Pijoaparte, convertido ya en uno de los grandes personajes de la literatura española del siglo XX.

Cervantes. En 2008 gana el Premio Cervantes. “Olvidar el pasado no se aviene con la naturaleza y la función de la escritura”, dijo en su discurso.