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OPINIÓN

Legado de ruido, poesía y disidencia

Varias personas visitan la exposición 'The Velvet Underground - New York Extravaganza' en la sala Philharmonie de París, ayer 29 de marzo de 2016. EFE

Cumplidos cincuenta años, cabe afirmar que The Velvet Underground & Nico, aquel álbum de fálica portada firmada por Andy Warhol, quizás sea la grabación más influyente de la historia del rock tal y como ha ido desarrollándose desde los 70. Que fuese ignorado por público y crítica lo condenó a la periferia del pop, pero muy pronto gravitaría lentamente hacia el centro para incidir en las consecutivas oleadas de músicos posteriores al punk. Empezando por un joven David Bowie, el primero que versiona sus canciones, y hasta el actual rock alternativo.

El canon destaca al Bob Dylan de Highway 61 Revisited, publicado el verano de 1965, y fue precisamente una amiga de su séquito, en la primera visita a Reino Unido del bardo, quien distribuye una cinta con el esbozado cancionero Velvet. Esta llega a oídos de Brian Epstein y los Beatles, que con Sgt. Pepper’s planean producir una obra compacta y seria. Empiezan a grabarlo en noviembre de 1966, cuando The Velvet Underground & Nico, cuya densidad y riesgo dejan Sgt. Pepper’s en simpático pastiche, está enlatado desde mayo. Las circunstancias hacen que tarde un año en ver la luz y pierda su oportunidad.

Producto de personalidades antagónicas —Lou Reed, cantautor, y John Cale, experimentalista— y del choque de mundos opuestos —rock’n’roll y vanguardia, melodía y cacofonía— la banda neoyorquina reniega del rhythm and blues para edificar una nueva estructura que acoja tanto el acervo de la música norteamericana como la tradición europea, presente en la educación clásica del galés Cale y la grave voz de la alemana Nico. La original percusión de Maureen Tucker, cuyo minimalismo sigue vigente, el áspero o lírico roce de las guitarras de Reed y Sterling Morrison, la chirriante viola de Cale, activan el verdadero reinicio del rock.

Aquel álbum que conjuraba un insalubre entorno urbanita y negaba la utopía hippy, retrató aviesamente a una sociedad convulsa que se debatía entre el horror de Vietnam y las revueltas raciales. Su repertorio iba de la dulzura a la distorsión, de las drogas duras (I’m Waiting for the Man) al romanticismo puro (I’ll Be Your Mirror) y su reverso en los celos (Femme Fatale) o el sadomasoquismo (Venus in Furs). Siempre con voluntad transgresora y poética.

Hasta ese momento, el rock había sido algo mundano. Estas canciones anunciaban con mórbida fascinación que podía ser un arte tan inclusivo y hondamente concernido por las contradicciones de lo humano como una novela o una película. Por eso los Velvet son objeto de exposiciones: la primera en 1990, parte de una integral de Warhol en París, con la presencia del cuarteto original, que interpretó su himno Heroin como si no hubiesen pasado las décadas. Hoy sigue sonando igual de revolucionaria.

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