Un revolucionario y un falangista en la batalla por la democracia

Jordi Amat reconstruye los caminos que condujeron en 1962 a los españoles de dentro y del exilio a proyectar en Múnich la caída del franquismo

El político Dionisio Ridruejo, en 1979

Julián Gorkin se definía a sí mismo como un revolucionario profesional. Durante la Guerra Civil estuvo en el Partido Obrero de Unificación Marxista, el POUM, y fue uno de los líderes de esa corriente que, poco después de que los militares rebeldes le hubieran asestado una brutal cornada a la República, se desbordó por el otro lado para imponer por la fuerza el socialismo en España. No salieron las cosas como quería y, al terminar la guerra, atribuyó toda la culpa del fracaso de la revolución a Moscú y los comunistas.

Dionisio Ridruejo estuvo a las órdenes del ministro del Interior Ramón Serrano Suñer durante la guerra, llevando las riendas del Servicio Nacional de Propaganda. Era un falangista entusiasta que se volcó en la causa de Franco y que más adelante incluso fue a Rusia con la División Azul para derrotar a los comunistas y que triunfara la Alemania nazi. A su regreso, confirmó que el nuevo régimen no respondía a sus expectativas: no había conseguido transformar España en un Estado fascista.

Ni los sueños revolucionarios de Gorkin se realizaron, ni Franco cumplió el proyecto totalitario de Ridruejo. Jordi Amat (Barcelona, 1978) se sirve de las experiencias de estos dos personajes, y de la progresiva transformación de su furia radical, para construir en La primavera de Múnich, ganador del XXVIIII Premio Comillas de Tusquets, el accidentado itinerario que condujo a más de un centenar de políticos e intelectuales a proyectar en Múnich en 1962 la manera de liquidar la dictadura de Franco e iniciar una transición a la democracia.

El político Julián Gorkin, en 1979.

“La conversión empieza con su purga, a finales de la década de los veinte, que lo vincula a una red internacional de revolucionarios antiestalinistas (de la que formará parte, por ejemplo, George Orwell)”, explica Amat por correo electrónico a propósito de Gorkin. “Hay una experiencia traumática que intensifica para siempre esta dinámica: su encarcelamiento tras los Fets de Maig de 1937, en Barcelona. Ese combate se perpetuará luego, y su interpretación será clave en los usos del pasado durante la Guerra Fría. Y así Gorkin volverá a la agitación política, con cómplices del pasado reciclados en alfiles de la Guerra Fría (y pienso, sobre todo, en Jay Lovestone, otro purgado, figura del sindicalismo norteamericano y cómplice de la CIA, que será el principal padrino de Gorkin)”.

El caso de Ridruejo es distinto. Amat: “Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial los fascistas españoles deben reubicarse. Igual que el régimen, la catolicidad será la matriz del cambio. Pero sus ejercicios espirituales, en contraste con la dictadura, lo llevarán desde mediados de los cincuenta a apostar por la socialdemocracia como vía de salida a la parálisis sociológica impuesta por la distinción fatal entre vencedores y vencidos. Es ese Ridruejo el que será identificado como referente por las redes de combate intelectual de las que forma parte Gorkin”.

El 22 de febrero de 1946, el diplomático estadounidense George Kennan envió desde Moscú un telegrama a Washington. Un año antes, las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki habían cambiado las guerras del futuro. Simplemente podían acabar con todo. Kennan sostenía que había que frenar el avance comunista, pero que no se podía entrar en conflicto directo con la Unión Soviética: la Guerra Fría acababa de empezar. Y, lógicamente, iba a acabar con las esperanzas que albergaban los exiliados republicanos de que Franco podría caer tras la derrota de Alemania. Amat explica que, a partir ese momento, solo iba a ser operativo en el exilio “aquel que, yendo más allá de la legitimidad republicana, sepa sincronizarse con la lógica que impone la Guerra Fría”.

En 1953, Estados Unidos incorpora a España como un aliado más en su batalla contra el enemigo comunista, desentendiéndose del carácter dictatorial del régimen franquista. Al exilio no le queda, dice Amat, sino “aceptar, a regañadientes, que el acuerdo de bases crea una nueva realidad, inapelable, a partir de la cual debe pensarse una nueva alternativa democrática”. Y añade: “Ese exilio liberal se integrará en círculos y plataformas que en su origen fueron diseñadas o apoyadas por la inteligencia americana. Eso vale para el europeísmo –el Movimiento Europeo– y vale para la cultura –el Congreso por la Libertad de la Cultura–. Y los españoles encuadrados en esas plataformas, que nacen como fruto de la Guerra Fría, tratarán de usarlas para muscular la oposición política y cultural del interior”.

¿Y dentro de España, qué estaba ocurriendo entonces? Pues que hay intelectuales, como Enrique Tierno Galván, o el propio Ridruejo, y gente de su entorno, que desde el 53 o el 54 "están pensando en cambiar, sustituir o modificar el régimen desde posiciones democráticas, pragmáticamente europeístas", comenta Amat. “Pero será desde los sucesos universitarios de Madrid en febrero del 56 que de una cierta teoría se pasa a una cierta práctica de oposición. Lo que ignora, en parte, la oposición democrática es que esos sucesos han sido pensados por clandestinos comunistas. Es un juego de espejos opacos. La convivencia se produce en la práctica, casi sin querer, de facto, pero no se sabrá articular una propuesta común de oposición. Para bien y para mal era la Guerra Fría y fuera de ese contexto no hay forma de entender prácticamente nada”.

Algo de eso, de tiempo de demolición, tuvo la Guerra Fría. Las grandes y feroces ideologías de los años treinta ya no servían, salvo que se dinamitaran sus apuestas más radicales. Los más sensatos fueron mudando de piel. Ridruejo pasó de falangista a socialdemócrata; el trotskista Gorkin se hacía demócrata. En La primavera de Múnich, que aborda aquella cita de 1962 que los franquistas descalificaron como “contubernio”, Amat va reconstruyendo todas las tramas que se van juntando para reunir a quienes quisieron acabar con la dictadura. El Congreso por la Libertad de la Cultura –Gorkin tuvo ahí un papel decisivo–, financiado por la CIA, fue determinante. Pero también contaron, y mucho, los afanes de algunos nombres del exilio y muchos que desde dentro de España querían sacudirse de encima a Franco y su nacionalcatolicismo.

“Fueron europeístas del interior y del exilio”

A finales de los años cincuenta, algunos integrantes de Acción Democrática, el movimiento que puso en marcha Dionisio Ridruejo para ir reuniendo a las fuerzas de oposición al franquismo que operaban dentro de España, se reunieron en París con algunos miembros del Gobierno de la República en el exilio. La España real y la España peregrina se daban la mano y empezaban a entender que no había otra salida que juntar sus fuerzas para buscar el camino a la democracia. En 1962, en Múnich, fueron 118 los españoles que ya de manera rigurosa empezaron a debatir cómo debía producirse esa transición y, por lo tanto, la liquidación de la dictadura franquista. “A Múnich lleva la confluencia entre europeístas del interior y del exilio, todos ellos antifranquistas de ideologías más o menos moderadas, que han entrado en contacto desde finales del 56 y principios del 57”, observa Jordi Amat. Llegaron liberales, socialdemócratas, democristianos, representantes de los distintos nacionalismos, y también comunistas, pero estos solo asistieron a los debates como oyentes. La confluencia de todas aquellas fuerzas tan distintas fue política, observa Amat, “pero ha adquirido mayor profundidad ideológica porque está acompañada de una actividad intelectual de primer nivel: la que impulsa y avala el Congreso por la Libertad de la Cultura, que está analizando el caso español desde la segunda mitad del 56 y que desde el 59 destina parte de su propuesto a germinar cultura democrática en y para España”.