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Tras la pista de la versión mexicana de Jack el Destripador

Bernardo Esquinca se traslada en su última novela a la época en la que El Chalequero atemorizaba a México con sus crímenes para descubrir que México no ha cambiado tanto

El escritor mexicano Bernardo Esquinca presenta su última novela 'Carne de ataúd'.

El mismo año en el que Jack el Destripador atemorizaba a Londres, otro asesino en serie campaba a sus anchas por la Ciudad de México. Menos mitificado por el cine que el británico, El Chalequero también mataba cruelmente a prostitutas, sus crímenes acaparaban portadas y hacían vender enormes cantidades de periódicos.

Este villano, convertido en rockstar por la prensa de la época, le sirve de excusa al escritor mexicano Bernardo Esquinca para plasmar sobre el papel sus obsesiones. Asesinatos, muerte o espiritismo forman parte de Carne de ataúd. Una novela, editada por Almadía, en la que los géneros literarios se entremezclan para dar lugar a un relato tan real como ficticio, que es al mismo tiempo un thriller policiaco y una obra de terror.

Sigue así este escritor con el rumbo que ha tomado en obras como Toda la sangre en las que entremezcla el género de terror y la novela negra. Colaborador de la revista Letras Libres, Esquinca (Guadalajara, México, 1972) introduce en Carne de ataúd rasgos de la novela histórica. Se traslada a finales del siglo XIX y comienzos del XX, a los tiempos de Porfirio Díaz. Una época en la que “México se aleja del pasado colonial y empieza a cobrar identidad”, asegura. El país se transforma en este tiempo y también la prensa. Surge la nota roja y con ella el morbo de la población queda saciado.

México no parece estar muy alejado del porfiriato y eso es muy revelador

Bernardo Esquinca 

Fiel reflejo de aquel periodismo, los asesinatos se acumulan en la novela de Esquinca y a los del Chalequero hay que sumar los del poder, los de aquel régimen que amedrentó a los diarios disidentes a base de castigar a periodistas. Un relato, en definitiva, plagado de feminicidios, represión a la prensa y corrupción. Muertos y más muertos. Todos inocentes, aunque unos se exhiban en la prensa y otros se tratan de ocultar. Es el México de finales del XIX pero podría ser el de hoy.

Políticamente el país no parece estar muy alejado del porfiriato y eso es muy revelador. El Gobierno de Porfirio Díaz se caracterizó por reprimir de manera brutal a los opositores. Desde la prensa hasta los manifestantes y los campesinos”, puntualiza Esquinca.

Sirviéndose de ese gusto por lo morboso, que reconoce tener desde niño, el escritor se adentra en el lado más tenebroso de aquellos años. Las investigaciones del periodista de nota roja Eugenio Casasola le permiten hilar esta sucesión de crímenes y retratar a esa Ciudad de México a la que comenzaba a llegar el telégrafo y la luz eléctrica y en la que la muerte acechaba a quien desafiaba al poder.

La realidad es cruda en la novela de Esquinca pero también mágica. Plasma el México en el que la superstición goza de fieles adeptos. Un mundo presente hoy, todavía, donde la ciencia compite con las leyendas y la tradición oral para dar una explicación de lo desconocido.

Un relato, en definitiva, plagado de feminicidios, represión a la prensa y corrupción

En México es el folclor el que da una explicación de todo. La superstición sigue muy presente en muchos temas de la cotidianidad de los mexicanos. Es como el inmenso Mercado de Sonora, donde hay una pócima para todo. Parta ganar los pronósticos deportivos, para convencer al jefe de que te aumente el sueldo, para el amor”.

Con esta novela, Esquinca retrocede en la historia que creó para La octava plaga, y Toda la sangre. La precuela de aquella saga, que narra las investigaciones de Casasola, tiene como protagonista a su abuelo. Un periodista al que los muertos le acaban pesando demasiado. Este personaje, que deambula entre ficción y realidad, entre el mundo de los difuntos y el de los vivos, entre la cordura y la locura, tiene como principal aliada a la capital mexicana. “Ese territorio donde todo es posible, donde predomina el caos y donde en medio de ese caos, la situaciones más insólitas emergen de la vida cotidiana”.

Una novela en la que los bichos deambulan constantemente sobre los muertos y el mundo de los locos acapara algunas de sus páginas. Otras dos de las obsesiones de Esquinca quedan así retratadas en esta obra con la que el escritor no solo indaga en el México del porfiriato, si no también en su propio mundo interior.