ANALES CERVANTINOS

El título del “Quijote”

El nombre primigenio era un perfecto endecasílabo: 'El ingenioso hidalgo de la Mancha'

¡Ah, no, “El Quijote” no, nunca!

El título primigenio del Quijote era un perfecto endecasílabo: El ingenioso hidalgo de La Mancha. Así lo formula Cervantes tanto al pedir la licencia para imprimirlo como en todos los demás trámites previos a la publicación; y así lo evoca todavía en las líneas finales de la novela, junto a un recuerdo de las primeras: “Este fin tuvo el ingenioso hidalgo de La Mancha, cuyo lugar no quiso poner Cide Hamete puntualmente...”.

El volumen que vio la luz en 1605 se rotulaba, sin embargo, El ingenioso hidalgo don Q. de la M.; el de 1615, Segunda parte del ingenioso caballero don Q. de la M. Pura incongruencia, porque el de 1605 iba dividido en cuatro partes y porque, estrictamente, un “ingenioso caballero” no puede presentarse como “segunda parte” de un “ingenioso hidalgo”. Hay óptimas razones históricas y tipográficas para pensar que la introducción del nombre de “don Quijote” (como luego de su elevación a “caballero”) fue cosa del taller de Juan de la Cuesta y del editor Francisco de Robles, en unos días en que Cervantes estaba tan ajeno a las últimas fases de la impresión que ni siquiera pudo aportar la inexcusable dedicatoria al duque de Béjar (y tuvieron que inventársela los apuntados).

No obstante, si fue así, como parece, no anduvieron desencaminados los responsables del injerto de ese “don Quijote”, que resalta la centralidad y la singularidad del protagonista. Desde siempre ha sido normal identificar un escrito por partida doble: con un titulus formal (digamos) y con un nomen familiar, con frecuencia el del héroe. Stendhal llamaba “Julien” a Le Rouge et le Noir, y el Guzmán de Alfarache, atalaya de la vida humana, solía quedarse en “el Pícaro” hasta para el propio Mateo Alemán. Cuando no era del caso aplicar a su novela la titulación oficial, también Cervantes la mencionaba simplemente como Don Quijote: “Yo he dado en Don Quijote pasatiempo...” (Viaje del Parnaso).

Nótese que en el español clásico si el título de una obra, entero o abreviado, era un nombre propio se la citaba sin más con ese nombre, sin artículo. Así lo hacía Cervantes: “Mal año para Lazarillo de Tormes y para todos cuantos de aquel género se han escrito”, “según dice Celestí—, libro en mi opinión diví—”. Lazarillo y Celestina, pues, sin él ni la. La excepción eran ciertos títulos en que por unas u otras razones el artículo iba fundido indisolublemente con el nombre: La Galatea, La Araucana. En nuestros días, el artículo suele reservarse para algunas obras antiguas o muy notorias, sobre todo si se usa la forma sintética: el Amadís, el Tenorio, el Pascual Duarte.

Es norma generalmente acatada que los títulos de los libros se escriban en cursiva (o antaño, cuando se hacía a mano, subrayándolos). Pero claro está que si un título tolera o exige el artículo, éste no debe ir de cursiva, porque no forma parte de aquél. Hoy, sin embargo, desde las más altas esferas del idioma hasta las más ramplonas gacetillas, es continuo hallar mentado “el Quijote” como “El Quijote”.

A quien quiera evitar tal desatino, le daré como regla un paralelo fácil de recordar. ¿Escribiría usted “El Ulysses”? Pues no escriba tampoco “El Quijote”, hombre.