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Cuando Hollywood ayudó a liberar a la mujer española

Un libro indaga en la influencia de las películas en la vida femenina española de los años veinte y treinta

Marlene Dietrich, en 'Shanghai Express'.

Se llamaban flappers. El término lo inventó Francis Scott Fitzgerald y con él definió a todo un estilo nuevo de mujeres (empezando por la primera que conoció, su esposa Zelda) con falda corta, pelo corto, urbanitas, sin corsés, miriñaques ni polisones y amante del jazz. Bebían, fumaban, se maquillaban —algo que antes solo hacían las actrices y las prostitutas—, conducían y, sobre todo, era dueñas de su propio destino. Hollywood se rindió a ellas en los años veinte y treinta antes de que el Código Hays censurara y acabara con cualquier posible soplo de libertad femenina. Y su influencia llegó hasta España, un país que durante aquellas dos décadas también vivió sus propios anhelos de libertad, un esfuerzo que en 1936 truncó no un código censor, sino el censor: Francisco Franco. La Guerra Civil y la posterior dictadura dinamitaron los avances sociales y culturales.

El consumo de cine de Hollywood en España siempre fue muy elevado. Incluso antes de la Primera Guerra Mundial, contienda que acabó con el enfrentamiento previo entre la industria estadounidense —más volcada en el entretenimiento— y la francesa —que jugaba más en el terreno artístico, en el reflejo de las vanguardias que despuntaban en otras disciplinas como la pintura—. España fue desde entonces un campo fértil para las majors. Y los españoles descubrieron todo un mundo muy alejado de sus convencionalismos, donde existía el divorcio, la posibilidad de que una mujer medrara usando el sexo (y no pagara por ello), donde no había que casarse para salir de casa de sus padres… El libro Mujeres de cine. Ecos de Hollywood en España, 1914-1936, editado por la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, muestra la innegable influencia de Hollywood durante esas dos décadas en un país que cambió radicalmente de costumbres y en el que especialmente las mujeres, por obvias represiones anteriores, absorbieron como esponjas aquellos aires tan distintos. El volumen, bilingüe, primorosamente ilustrado, indaga en Hollywood y en su reflejo en el cine, la sociedad, la literatura y los medios de comunicación españoles.

No hablamos de vamps o de femme fatales, que acaban con matrimonios a base de caídas de ojos y poses graves, sin un espacio para la risa. Hablamos de alegría de vivir, del disfrute de la feminidad sin ulteriores consecuencias. En un país en el que, como apunta Matilde Eiroa en su capítulo, “la falta de escolaridad y las altas tasas de analfabetismo caminaban de la mano del atraso y de una mentalidad nada receptiva a los cambios […]. La enseñanza femenina parecía importante en esas primeras décadas del siglo al confluir la demanda de desarrollo industrial y técnico, y la creciente capacidad económica de las clases medias con la demanda de una incorporación paulatina de las mujeres al mundo laboral”.

Portada de Rafael Penagos para ABC en 1931.

En 1930 aún la mitad de las españolas no sabían leer ni escribir. Pero empezaron a aparecer escritoras, intelectuales, artistas, asociaciones femeninas que rompieron con el pasado, mujeres que Shirley Mangini denominó “la generación de las modernas”: la educación y el trabajo lograban independencia económica, libertad, en la España de Alfonso XIII. Y en la pantalla, Hollywood remarcaba el mismo mensaje. Empezando por Sarah Bernhardt, que en 1912 ya mostró una heroína fuerte y renuente a cualquier afectación en La reina Isabel de Inglaterra, o Theda Bara, la vampiresa del estudio Fox. Precursoras de las auténticas flappers: Joan Crawford, Norma Shearer, Clara Bow, Gloria Swanson… Rápidamente tienen reflejo en España en la calle y en novelas como Proserpina rescatada, de Jaime Torres Bodet, o en las ilustraciones de Rafael de Penagos para medios como el semanario Blanco y Negro y el ABC (Edgar Neville afirmaba que “las mujeres de Penagos enseñaron a las españolas a no ser gordas”). Ya no hay fajas, sino faldas cortas y brazos al viento; se impone la sencillez del petite robe noire, vestido diseñado por Coco Chanel; se fuma y se bebe en público.

Durante la Segunda República española, las salas de cine muestran películas con dos tipos claros de mujeres: la sexualmente agresiva —“dominante y sin tapujos”, la cataloga Moisés Rodríguez en su capítulo—, como Mae West, Marlene Dietrich o la Jean Harlow de La pelirroja (1932) y la Barbara Stanwyck de Carita de ángel (1933), títulos epítomes del cine con protagonista que acostándose con quien le conviene escala socialmente; y la chica liberada, avanzada socialmente, más humana y real, que se vio en películas como Una mujer para dos, Ana Vickers, Tres vidas de mujer, La usurpadora, La mujer X, La venus rubia o Barrio chino. En España sus reflejos patrios fueron La bien pagada, Centinela alerta, La verbena de la Paloma o Susana tiene un secreto. Además de grandes musicales hollywoodienses, que tuvieron reflejo en la cinematografía española en los filmes de Benito Perojo y Florián Rey. Porque, ¿qué es Morena Clara (1936) sino una alegoría femenina contra el racismo gitano?

La publicidad en las revistas de cine se dirigía en un 95% al público femenino en aquellos años, muestra del crecimiento del estatus económico. Sobre aquella girl estadounidense escriben Carmen de Burgos, que firma como Colombine, Gerardo Diego, Ramón Gómez de la Serna, Rosa Chacel, Luis Buñuel (columnista de noticias de Hollywood en La Gaceta Literaria) o Francisco Ayala. Y junto a chicas locas de amor por Rodolfo Valentino (en España también hubo grandes duelos tras la muerte de astro) convivían en la pantalla las caracterizaciones de estrellas como Greta Garbo. Cuando llegó el Código Hays, esa mujer emancipada de Hollywood, dueña de su destino, ya solo encontró salida en el cine negro y en el melodrama: la ola conservadora devino en tsunami contra la libertad.

El triunfo de los moralistas

Los impulsores del Código Hays, la mordaza que tristemente se autoimpuso Hollywood, solo pensaban en su país, en una “América sana y sin influencias extranjeras perniciosas”, sin reflexionar que en realidad eran las películas de los grandes estudios las que realmente imponían e influían en las costumbres del resto de mundo. La mujer española de la Segunda República no llegó a imitar realmente a la estadounidense, había demasiadas diferencias entre ambas sociedades, pero tras el triunfo de la censura en Hollywood y del golpe de estado de Franco por desgracia se asemejaron en el poder de los moralistas en su día a día.