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¿Por qué demonios quieren ser periodistas?

Un oficio que algunos consideran que está en pleno abismo y muchos otros chicos consideran una tabla de surf para la vida

Acto de homenaje a 'Gabo' en el Museo de Arte de Puerto Rico. Los escritores Jean-François Fogel, Martín Caparrós, Juan Cruz, Héctor Feliciano, Rafel Cortes Dapena, Jaime Abello y Álex Grijelmo.

Ella se llama Eél, por un canto hare krishna al que se entregó su madre cuando trataba de quedarse embarazada; finalmente nació la niña, que ahora es periodista. Es de Barranquilla, Colombia, y trabaja, cuando tiene poco más de veinte años, en el periódico en el que se hizo Gabo, El Heraldo, y en el que profesa, como director y como maestro, “y hasta de segundo padre”, de Eél, el compañero Marco Schwartz, al que tuvimos mucho tiempo en la prensa española.

Le pregunté por qué quiso ser periodista. No quiso. Quería ser científica, arquitecta, cualquier cosa; pero redactaba bien. Redactaba tan bien que empezó a ganar premios, hasta que ganó un premio nacional… de periodismo. Y aquí se quedó, en el borde mismo de un oficio que algunos consideran que está en pleno abismo y que otros, como Eél y muchos chicos más que buscan en esta profesión invisible consideran una tabla de surf para la vida. Ahora participa en uno de los talleres que inventó Gabo cuando inició su aventura de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano en la ciudad caribe de Cartagena de Indias. Esos talleres forman parte del Congreso de la Lengua que con ruido y nueces se celebra en Puerto Rico.

Hay más chicos, hasta veinte, en dos talleres, ambos de crónica, la tradicional, es decir, la que aún necesita papel y lápiz para producirse, y la que abraza los nuevos soportes, a los que alguna vez habrá que ponerle un nombre que no sea soporte, que suena a sostén o a muleta. Me fijé para esta última crónica desde Puerto Rico en Eél no sólo porque se llama así, y es noticia que ella sea Eél, sino porque es precisamente de la cuna de tan gran periodismo, el que le dio aire a Gabriel García Márquez, que entre otras cosas es el santo patrón de la Crónica.

Ella, pues, no quiso ser periodista, pero los que la conocen y la han leído, los que la ven crecer como cronista, consideran que tiene ya las agallas de un pez invencible, que respira periodismo por todos los poros y que un día irá por la calle, como hacía Gabo, y dejará de mirar a los maestros para que otros la miren a ella. La convicción de los periodistas se les ve en los ojos, y cuando son chicos (es decir, jóvenes) ese fulgor es impagable, pues de él están muy faltos el oficio y las redacciones. ¿En qué consiste ese fulgor? No es nada nuevo, ni es privativo del oficio de periodista. Se llama, tan solo, ganas de hacerlo, espíritu de estar en ello desde que amanece hasta que acaba el día, rebuscando en el interior de uno mismo las ganas de saber más de la historia que te acaban de contar; de no hacerle ascos a un encargo sino de buscarlo, como hacían los legendarios Leguineche y Vázquez Montalbán, hasta suplicando.

¿Y por qué quisiste ser periodista?, le pregunté a Eél como le pregunté a otros muchachos estos días; un periodista es (vuelvo a Manu Leguineche) miembro de una tribu que se materializa como un espíritu, de noche y de día, como los fantasmas más queridos, así que siempre queremos hacer proselitismo, pero siempre creemos que ser periodista es algo de unos locos como uno mismo. Ella, Eél, se encogió de hombros, pues ser periodista, llegar a serlo, es una especie de fatalidad buena que nos espera al borde del camino.

Ahora a esa pregunta se le añade la nariz de las preguntas, que consiste en fruncir la nariz, precisamente, mientras la haces. Ya no es esa la pregunta, ¿por qué te hiciste periodista?, sino ¿por qué demonios te hiciste periodista? Le han ido quitándole lascas al cuerpo del periodismo y lo están dejando enflaquecido, convirtiéndolo en pasto de redes sociales y de dimes y diretes varios que van eliminando del periodismo la curiosidad, el interés por los otros, para convertirlo en pasto y barbecho de cotilleos y de opiniones contundentes, mucho menos interesantes que las Opiniones contundentes de Nabokov. García Márquez, antecesor en el ilustre oficio denostado de Eél y de tantos otros muchachos que hoy oyen esta vocación como agua de mayo (en mayo nació EL PAÍS, qué coincidencia), se puso en esto porque oyó contar y quiso seguir contando, y contando se hizo quien es. Para él, (para Gabo, y para Eél, ahora) el lenguaje, la música del lenguaje, era el sustento del oficio; lenguaje más preguntas más historia. Como ahora la gente, los periodistas también, tiende a saber de todo instantáneamente, como si anduviéramos a lomos de google y de Wikipedia, periodista parece que ya lo puede ser cualquiera y por eso se les pregunta a quienes vienen al borde de este abismo: ¿por qué demonios quieres ser periodista?

Pues quieren serlo porque es un oficio bello como la primera palabra dicha por un niño o bello como la ola de Mundaka o bello como el mar de Puerto Rico o la sensación que te dio cuando te premiaron la primera crónica o bello como cuando terminas la última crónica o la última noticia del día. Lo que pasa es que se dice tanto contra el periodismo que ya la gente cree que este es un oficio de apestados en el que trabajamos arrugando la nariz.

Decía Flaubert (lo citó mi compañero Javier Rodríguez Marcos en el taller de crónica de la Fundación de Gabo en Puerto Rico) que el periódico se hizo para leerlo y para denostarlo. Pues eso pasa, por eso la gente sigue arrugando la nariz cuando preguntan por qué los chicos siguen queriendo ser periodistas. Cuando se lo pregunté a Eél no arrugué la nariz porque en realidad a mi, que ya llevo en este oficio más que Matusalén, me gustaría ser otra vez como Eél y entrar por primera vez, de nuevo, en una Redacción, a oler papel y tinta o lo que sea.