El Gobierno renuncia a comprar el joven ‘Felipe IV’ de Rubens

El alto precio del retrato impide la adquisición de la obra del maestro flamenco. La Junta de Calificación lo declara inexportable

'Felipe IV' (1628-29), pintado por Peter Paul Rubens, cuando el monarca tenía 23 años.

El único cuadro de un joven Felipe IV pintado por Rubens, y que reapareció el otoño pasado tras medio siglo extraviado, seguirá ausente de las colecciones españolas. El gobierno no lo comprará. Sin embargo, ha declarado su inexportabilidad de manera cautelar. La Junta de Calificación, Valoración y Exportación de Bienes del Patrimonio Histórico, del Ministerio de Cultura, lo acaba de decidir. En los próximos días lo comunicará de manera oficial a sus propietarios que se mantienen en el anonimato.

“La decisión se debe al alto precio pedido que sobrepasa los límites del presupuesto del Ministerio y a la coyuntura actual”, asegura un portavoz del Ministerio. El único retrato original del monarca español, con 23 años, pintado por el maestro flamenco que ha sobrevivido, ahora podrá ser comprado por cualquiera, pero no podrá salir del país.

El gobierno tenía la primera opción de compra desde comienzo de septiembre de 2015, cuando los dueños de la obra solicitaron un permiso de exportación. La Junta de Calificación se reunió el 16 de septiembre y en un documento oficial, fechado el 6 de octubre, declaró su inexportabilidad temporal, mientras estudiaba la posibilidad de adquirirlo durante los siguientes seis meses que establece la ley, los cuales acaban de vencer. En noviembre, José María Lasalle, secretario de Estado de Cultura, dijo a EL PAÍS que no descartaba que el Gobierno adquiriera la pieza.

En su momento el Museo del Prado hizo un informe favorable de la obra. “Respeto y asumo la decisión de la Junta porque soy, además, miembro de ella. Es un cuadro original de Rubens, uno de los artistas más interesantes y del coleccionismo del Museo del Prado”, ha dicho Miguel Zugaza, director de la pinacoteca madrileña. “Es una obra importante pero no puede salir de España”, añadió Zugaza.

Un precio secreto

"Es una pena y un error que no lo compre el Estado. Y sorprendente que se deje pasar esta oportunidad teniendo en cuenta que es un cuadro excepcional", se lamentó Mercè Ros, representante de los dueños del Rubens e historiadora del arte, perito judicial, tasadora, asesora de coleccionistas y propietaria de la galería madrileña que lleva su nombre. Según Ros, la inversión que se hiciera en el cuadro se podría recuperar con las visitas del público en el espacio que lo acogiera, "teniendo en cuenta la expectativa que ha despertado y que es uno de los descubrimientos más importantes de Rubens en los últimos años".

Las cosas se podrían haber hecho de otra manera, según la galerista. Al final, agregó Ros, "todo depende del Ministerio de Hacienda, es decir, en última instancia del ministro, el señor Cristóbal Montoro”. Mercè Ros está convencida de que el Prado o Patrimonio Nacional habían podido buscar otra forma de financiación. Desde el Ministerio de Cultura recuerdan que "el Gobienro está en funciones y no puede aprobar créditos extraordinarios para la compra de arte".

Aunque el precio pedido es un secreto, la copia de mejor calidad de este Felipe IV que se conservaba en Zúrich se quemó en 1985 y tenía un valor estimado de cinco millones de francos suizos, es decir, unos dos millones de euros de la época. La última obra de Peter Paul Rubens vendida hace tres años por la casa de subastas Sotheby's, en Londres, Retrato de caballero, también hecha en España, alcanzó la cifra de 3,8 millones de euros.

El Felipe IV (1628 -29), de Rubens, mide 63,5 centímetros de alto por 49 de ancho. Es un retrato de busto largo donde la luz cae sobre el rostro de un Felipe IV como salido de la penumbra de una cortina, mientras esa luz se refleja sutilmnete en sus ojos. Un rostro que emerge de una golilla gris donde se aprecia el trazo largo y seguro de Rubens para darle su forma circular. El rey posa algo de medio lado, con la mirada al frente, bigote y perilla incipientes; luce el Toisón de Oro. Rubens lo pintó en tabla, material que usaba para sus composiciones más ambiciosas. Existen varias copias de la obra, una de ellas en el Hermitage, de San Petersburgo, y algunas más en colecciones privadas, como la que posee la Casa de Alba.

Historia de la obra

La importancia de este original de Felipe IV “no es solo el valor de la obra en sí, sino también lo que hay fuera del cuadro, la historia que lo rodea cuando se creó”, asegura Mercè Ros. El retrato, que habría pintado Rubens entre 1628 y 1629, estuvo perdido más de dos siglos y medio, desde la muerte del pintor en Amberes en 1640 hasta que el cuadro volvió a la luz a comienzos del siglo XX. Luego se le perdió la pista en los años sesenta.

Su periplo tiene dos vertientes: por qué lo pinta Rubens y el momento de su creación y el destino sombrío que parece acompañar al retrato. Cuando Rubens (1577-1640) ya era el gran Rubens y Velázquez (1599-1660) iba camino de ser el genio Velázquez, el artista flamenco llegó a Madrid y pintó a Felipe IV. Es el encuentro entre los dos: el monarca tenía 23 años y los cuadros que se habían realizado de él lo mostraban juvenil y tímido. En manos de Rubens se tornó adulto.

El pintor viajó a España a petición del rey, que buscaba información de las negociaciones de paz entre España y los Países Bajos. Durante su estancia, entre 1628 y 1629, le pidió un retrato. El artista pintó varios: tres se quemaron en 1734, incluido un retrato ecuestre que era el favorito del monarca.

“Lo que no está claro es si Rubens pintó ese cuadro en Madrid o en Amberes”, dice la historiadora. Todo indica que lo hizo en la ciudad flamenca al ser en una tabla; a partir de ella se realizaron todas las demás copias. Al morir, el autor lo dejó inventariado, pero no se volvió a saber de él hasta principios del siglo XX, cuando reapareció en manos de una familia de Kent (Inglaterra), a la que se lo compró el británico H. M. Clark. Durante su posesión, en los años veinte, el historiador August L. Mayer lo contempló y lo registró en el Burlington Magazine. En 1926, el famoso marchante estadounidense Joseph Duveen adquirió el cuadro: en 1929, lo vendió a los millonarios Vanderbilt, por 160.000 dólares. Para entonces la obra ya había sido transferida a lienzo. En los sesenta, pasó al millonario Otto Eitel, muerto en 1983.

El destino que espera a este Felipe IV, ahora que España ha cerrado su puerta, es el de fijar un nuevo precio y sacarlo al mercado español; pero no en subasta, porque la gestión la hará la galería de Mercè Ros. Queda por ver quién lo comprará y si la mirada del monarca seguirá oculta al público general.

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