IDA Y VUELTA

En la conciencia del otro

Shostakóvich sufrió en un grado de crueldad inaudito el choque entre la libertad creadora y el despotismo del poder

El compositor ruso Dmitri Shostakóvich, al piano en su casa a principios de los años cincuenta.

Un hombre permanece en pie, de noche, a veces hasta la madrugada, en el rellano, de espaldas a la puerta de su apartamento, que no está cerrada, mirando hacia la del ascensor, que se pone en marcha de vez en cuando, estremeciéndolo con un sobresalto. El hombre fuma y ve la brasa de su cigarrillo en la oscuridad. Tira las colillas al suelo y las pisa. Enciende otro cigarrillo y la llama de la cerilla le ilumina las manos, en las que hay un ligero temblor. Durante mucho rato, horas a veces, no sucede nada. El hombre sigue en pie, con el abrigo puesto, como a punto de marcharse, aunque no se mueve, con una pequeña maleta a los pies, en la que guarda unas pocas cosas esenciales, una muda de ropa, el cepillo de dientes, el dentífrico, tres paquetes de cigarrillos.

Cada vez que se pone en marcha el mecanismo del ascensor contiene el aliento. Quizás ni se atreve a dar una calada. Alguien ha llegado al edificio y espera abajo el ascensor. Según lo oye subir, va contando los pisos. Es un alivio cuando se detiene antes de llegar al suyo. Oye pasos, llamadas bruscas en alguna puerta, pero al menos esta vez, esta noche, no es probable que le toque a él. Otras veces el ascensor sigue subiendo, y él ya piensa que ahora sí, que se detendrá en su misma planta y se abrirá la puerta y al encender la luz del rellano lo encontrarán dispuesto, dócil, formal, con su abrigo oscuro y su maleta en la mano. Pero cuando parecía que ya estaba deteniéndose el ascensor, pasa de largo y la luz del interior le alumbra brevemente la cara. Las gafas de concha, el perfil, el flequillo le dan un aire de juventud en el que parece preservada su cualidad de alumno muy brillante, casi de niño prodigio. Otras veces el ascensor sí se detiene en esa planta y entonces, durante unos segundos, el miedo lo desborda. El corazón late en el pecho como un timbal sombrío. Casi es un alivio que por fin hayan llegado, que se acabe la espera. La puerta se abre y es un vecino del rellano que vuelve a casa a deshora, con la llave de su piso en la mano, sorprendido de encontrarse de frente con él, como con un sonámbulo, o también asustado, porque también él tendrá mucho miedo. El vecino bajará la cabeza y hará como que no lo ha visto. Quizás ese mismo vecino desaparecerá un día y nadie preguntará qué ha sido de él. La gente desaparece tan sin huella como esas figuras públicas que de un día para otro quedan borradas de las fotografías.

En Moscú, en 1937, mucha gente tenía preparada una pequeña maleta para cuando llegaran en mitad de la noche los agentes de la policía política

Cuando se acerca el amanecer abandona la guardia. Los visitantes nunca llegan de día. Los pies y las manos se le quedan helados, las piernas entumecidas por la inmovilidad. Le marea haber fumado tanto. En el suelo quedan las colillas. Entra en el apartamento con la maleta en la mano y cierra con sigilo, como si volviera a deshoras de algún viaje. Al pasar junto al cuarto de su hija oye tras la puerta la respiración infantil en calma. En su dormitorio deja la maleta al pie de la cama y se tiende en ella sin quitarse el abrigo ni los zapatos. Teme que si baja la guardia y se queda dormido será más vulnerable. Su mujer finge que duerme, pero esa respiración no puede simularse. Ha estado tan despierta como él, desde que apagó la luz, y ha permanecido igual de atenta a cualquier sonido del ascensor o de pasos que se acercan. Durante las horas diurnas habrá una calma relativa, una tregua. Con la noche y el silencio regresará el miedo. El hombre volverá a salir con su abrigo y su pequeña maleta como si emprendiera un viaje, aunque no se moverá del rellano. Tiene la rara esperanza de que si los espera en la puerta no entrarán en la casa y no harán daño a su mujer y a su hija.

La escena es real: en Moscú, en 1937, mucha gente tenía preparada una pequeña maleta para cuando llegaran en mitad de la noche los agentes de la policía política. El hombre que prefería esperarlos en la puerta de su apartamento era Dmitri Shostakóvich. Nunca, en toda su vida adulta, dejó de tener miedo, ni un solo día. Nunca vinieron a detenerlo. Testigos que estuvieron cerca de él se fijaron en el temblor permanente de sus manos, los tics de su cara muy pálida, el modo en que chupaba los cigarrillos. Los mejores momentos de la música de Shostakóvich oscilan entre una gradual amenaza, una dulzura de contemplación, una energía violenta, un estallido de lo grotesco y lo macabro, una retirada a lo más secreto y lo más sagrado de la conciencia, donde sin embargo no se está a salvo del remordimiento y el sarcasmo. A estas alturas, y a pesar del desdén arrogante que le dedicó Pierre Boulez, Shostakóvich es uno de los compositores fundamentales del último siglo. No podemos separar nuestro aprecio por su música de los infortunios y los enigmas de su vida, porque Shostakóvich sufrió en carne propia y en un grado de crueldad inaudito el choque entre la libertad creadora y el despotismo del poder político. Otros pagaron con sus vidas: él con el miedo, con la claudicación que lo avergonzaba íntimamente y que a veces se parecía demasiado a la indignidad. Pero hay que ser muy cauteloso a la hora de juzgar a quien ha sufrido mucho más que uno mismo. Y probablemente es imposible ponerse en su lugar.

Esa es una tarea a la que a veces se atreve la novela: no inventar un personaje y una conciencia, sino adentrarse en la de alguien que ha vivido o vive de verdad

Esa es una tarea a la que a veces se atreve la novela: no inventar un personaje y una conciencia, sino adentrarse en la de alguien que ha vivido o vive de verdad; no solo contar algo de lo que sucedió, sino ver el mundo con sus ojos; imaginar a Shostakóvich, por ejemplo, según su propio testimonio, de pie en el rellano, con la maleta y el abrigo, fumando ante el ascensor, poniendo oído, su oído sagaz adiestrado en la música.

Acaba de intentarlo Julian Barnes en una novela que yo me apresuré a comprar porque me gusta mucho Shostakóvich y me gusta Julian Barnes, sobre todo cuando escribe de arte y de música. Para eso sirve la ficción, para llegar a donde no se puede de ninguna otra manera, al otro lado del espejo, al interior de esa cámara sellada que es siempre la conciencia de otra persona. La novela se titula The Noise of Time, y a mí me ha dejado una sensación de ausencia. Para inventar lo real hace falta convertir la documentación en experiencia propia y autobiografía. El Shostakóvich de Julian Barnes registra acontecimientos que nos son muy familiares gracias a las fuentes biográficas, pero no parece vivirlos. A través de esa figura extrañamente inerte Barnes nos filtra la información que ha leído, en gran parte la misma que hemos leído nosotros. La conciencia y la mirada de Shostakóvich las intuimos mucho mejor en Testimonio, de Solomon Volkov, casi en cada uno de sus cuartetos de cuerda, en el largo final de su Cuarta sinfonía.

The Noise of Time. Julian Barnes. Knopf. Nueva York, 2016. 224 páginas. 25,95 dólares.