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El niño al que su madre le sorbió la lengua

‘¡Corre!’ es una comedia dura, conducida con humor y fenomenalmente interpretada, sobre la violencia en el hogar y las relaciones de parentesco viciadas

Antonio Zabalburo en 'Corre', de Yolanda Serrano.
Antonio Zabalburo en 'Corre', de Yolanda Serrano.

Una comedia dura y astringente, conducida con humor y ligereza. Yolanda García Serrano, su autora, ha cogido por los cuernos un asunto grave, con dos ramas: la violencia en el seno familiar y las relaciones de parentesco como lastre. Casi toda la acción de ¡Corre! transcurre en la cárcel donde Emma visita a su hermano menor, que lleva toda la vida huyendo de lo que él llama su “mala suerte”. Su madre les ha dejado en herencia un buen piso que, para él, supone una esperanza inédita: cuando salga de la cárcel tendrá, por vez primera, medios económicos con los que zafarse del círculo vicioso en el que anda metido desde niño.

La autora madrileña dibuja con trazos precisos dos criaturas enredadas en un pasado común, pero distinto sustancialmente: vivían realidades opuestas bajo el mismo techo. Ambos hablan al otro de “tu madre”, como si fueran hijos de distinta progenitora o como si esta tuviera dos identidades. Por debajo del argumento, que gira sobre el ajuste de cuentas de la primogénita dañada por el comportamiento asocial de su hermano menor, bulle el asunto: el daño irreparable que produce la violencia en la principal célula social, una violencia sin escapatoria, pues, aunque se van poniendo esperanzas, medios materiales y un foco mediático potente contra las agresiones de género, el universo más amplio de la violencia íntima en el hogar sigue desdibujado y en zona de sombra.

'¡Corre!'

Autora y directora: Yolanda García Serrano.

Intérpretes: Antonio Zabálburu y Nur Levi.

Música: Mariano Díaz.

Escenografía: Carlos Aparicio.

Luz: Manuel Fuster.

Madrid. Sala Mirador, hasta el 3 de abril.

Kico y Emma son personajes de carne y hueso con altura trágica. Él, seductor, coqueto, chistoso, simpático, se hace querer en la interpretación abismada de Antonio Zabálburu, tan atento al texto como a la música de su personaje, que no parece violento a pesar de que tiene peligro en cada gesto: se hace daño a sí mismo antes que a los demás, por la fuerza de la costumbre. Por tener, Zabálburu tiene hasta una enorme cicatriz cierta en el cuero cabelludo, como la que el personaje describe: es un truhán encantador, con un pésimo autocontrol. La actitud risueña con la que, en la interpretación de Zabálburu, Kico aborda sus recuerdos peores, le hace más vivo y creíble, y le sitúa en la antípoda del estereotipo. En el segundo vis a vis y cuando se golpean, bromeando, hay entre los hermanos complicidad, cariño y química cuasi de amantes.

La Emma de Nur Levi es el yin de semejante yang: su hermano le enferma, le bloquea, le hace sentirse culpable medularmente y le pone en conflicto con su marido, que nada quiere saber de él, chivo expiatorio al cabo. La actriz transmite muy bien la desorientación en la que Kico sume a Emma, su convicción de que volverá a fallarle y su conciencia de haber llegado al punto de no retorno. La dirección, sencilla, eficaz y bien arropada por la luz, podría haber planteado como monólogos dichos a público, de modo no realista, los diálogos con terceros que no aparecen en escena. Poca pega esta para una función de calado.

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