FÁBRICA DE SONIDOS

Los chicos maravilla del nuevo ‘indie rock’ piden paso

Alex G, Car Seat Headrest o Bored Nothing propugnan una reformulación del rock independiente desde una mirada unipersonal de baja fidelidad y amplios horizontes

El joven artista Fergus Miller, Bored Nothing.

La gran industria del disco puede ser un edificio en ruina permanente, progresivamente socavado por la aluminosis de las nuevas tecnologías y su propia incapacidad para mudar de piel. Pero aún hay quienes encarnan los sueños de grandeza del músico anónimo que se forja al calor del estudio casero, aunque sea en el ámbito de la independencia y sus victorias puedan ser consideradas pírricas si se cotejan junto a los grandes números de los protagonistas de la constelación mainstream. Ese es el caso de Alex Giannascoli, Will Toledo o Fergus Miller. O, lo que es lo mismo, Alex G, Car Seat Headrest o Bored Nothing. Ninguno de ellos rebasa los 25 años, pero disponen ya de una auténtica miríada de canciones y álbumes gestados a lo largo de la última década, con los que han conseguido llamar la atención de algunos de los sellos indies de más prestigio a ambos lados del océano.

El futuro debería ser suyo: les une su casi insultante precocidad (todos comenzaron a componer y grabar sus canciones en la adolescencia, de forma casera), la difusión compulsiva de sus primeras creaciones a través de su bandcamp, y sobre todo, el talento para destilar, en clave lo fi (aquella baja fidelidad que tanto se estiló hace dos décadas como posicionamiento estético, más que logístico) un conglomerado de lo mejor que el indie rock anglosajón de los 90 nos fue legando. Desde Dinosaur Jr. a Yo La Tengo, pasando por Sebadoh, Nirvana, My Bloody Valentine, Guided By Voices, Built To Spill o Modest Mouse, con la particularidad además de tener a un excelso solista -Elliot Smith- en la cima de su santoral. Como referencia puntual en sus temarios pero como objeto de indiscutible consenso.

Y el apunte al malogrado Smith no es ni mucho menos casual: si algo encumbraron los años 90, la década en cuyas aguas abrevan, fue el formato de banda como vehículo creativo predominante, casi por aplastamiento. El colectivo como sublimación de una manera grupal de entender el rock, regido por la fidelidad al pálpito independiente no solo en el plano estético sino también ético, con los egos en disolución por el bien común. No es extraño que Ben Lee (que se forjó en Noise Addict) o el propio Elliot Smith (en Heatmiser) fueran vistos como anomalías hace algo menos de dos décadas. Y es precisamente ese factor unipersonal, obligado por la precariedad de medios, lo que diferencia a Alex G, Car Seat Headrest o Bored Nothing de furiosas bandas indies de los últimos años como Cloud Nothings, Japandroids, Yuck o Splashh. Pero no solo eso: también su manera tan libérrima de afrontar el folio el blanco. Con un horizonte muy amplio.

El caso del norteamericano Will Toledo, alma de Car Seat Headrest, es paradigmático. El propio nombre de su proyecto proviene del sonrojo que le invadía cada vez que tenía que grabar la parte vocal de sus primeros trabajos en su Leesburg (Virginia) natal: prefería hacerlo encerrado en el asiento trasero del coche de sus padres, para no ser escuchado por nadie. Más tarde, y tras una decena larga de álbumes caseros e imperfectos difundidos por la red en solo cuatro años, fue descubierto por Chris Lombardi, el fundador de Matador Records (casa de Kurt Vile, Cat Power o Lee Ranaldo), quien le incorpora a su roster. Esta próxima primavera desgranará las excelencias de su vibrante Teens Of Style (Matador, 2015), ya con banda al completo, en una nueva edición del Primavera Sound.. También estará allí Alex G, alias de Alex Giannascoli. Más etéreo y esquivo en sus planteamientos, menos eléctrico y más cercano a un folk anguloso, también comenzó a componer en su domicilio paterno en Havertown (Pennsylvania).

La banda Elvis Depressedly compartió su música con sus fans a través de sus redes, Pitchfork se hizo eco y de ahí al fichaje por Domino, compartiendo catálogo con Animal Collective, Arctic Monkeys o John Cale, ya solo hubo un paso. Quien ya conoce bien nuestro país, por contra, es el australiano Fergus Miller, alma de Bored Nothing, quien aireó el pop ensoñador de Some Songs (Spunk/Music As Usual, 2014), su segundo y último largo de temas propios, por cinco ciudades españolas -en una gira que merecía más público- hace un año y medio, y ahora edita One Ferg In The Grave, una irreverente y magnética revisión de algunos temas de Beck. Del primerizo, cómo no.

Su aprendizaje ha venido parejo a la irrupción de las redes sociales, los servicios de streaming y al acceso inmediato a cualquier fuente musical que todo ello comporta, por lejano que sea el manantial. Tanto en el tiempo como en la distancia geográfica. Y a fe que, en la palpitante espontaneidad que exudan sus canciones, de factura aún doméstica, se nota. Resulta demasiado tentador seguirles la pista.