Un premio Nobel en el club de lectura

J. M. G. Le Clézio, que aprendió español en México, habla con sus lectores en el Congreso de la Lengua Española en Puerto Rico

El escritor francés Jean-Marie Gustave Le Clézio, el 25 de abril de 2013, en la Feria del Libro de Bogotá. EFE

¿Qué hace un escritor francés en un congreso de la lengua española? Hablarla. Empeñado en demostrar que el cosmopolitismo del español va más allá de la euforia estadística y de su enorme geografía transatlántica, el presidente del comité organizador del congreso de Puerto Rico, Héctor Feliciano, ha querido invitar a autores que “siendo grandes figuras en otros idiomas hablan el nuestro”. Es el caso del premio Nobel de Literatura de 2008, Jean-Marie Gustave Le Clézio, que nació en Niza hace 75 años pero se ha pasado la vida viajando. Él dice que “por casualidad”.

Este lunes, en una sala del Centro de Convenciones que acoge en San Juan el VII Congreso de la Lengua, rodeado por un círculo informal de 40 personas –39 mujeres y un hombre- que habían leído su obra en distintos clubes de lectura de la isla, el autor de El libro de las huidas arrancó con dos advertencias: “Mi español es callejero y mexicano”. También dijo que ni siquiera es correcto del todo porque nunca lo ha estudiado formalmente: lo aprendió en las calles de México mientras cumplía con el servicio de cooperación internacional que se buscó cuando era un veinteañero decidido a evitar la mili francesa. Primero lo mandaron a Tailandia. Allí le fue mal, dice tirando de eufemismo, y le dieron a elegir: o el cuartel o México. La elección estaba clara y su estancia en América se prolongó más de lo previsto cuando, visitando Panamá conoció a unos indígenas: “Como en la selva iban desnudos, para ir al pueblo se vestían harapos. Pese a todo, parecían príncipes. Me interesé por ellos y me invitaron a que los visitara. Fui en piragua y me quedé tres años. Vivía del trueque. Yo les daba arroz que compraba cuando salía de la selva y ellos me daban lo que necesitaba”. Se marchó, todavía lo cuenta con un largo rastro de pena, cuando apareció el narco.

La otra advertencia fue una respuesta a la pregunta de una lectora: ¿qué supuso para usted el Nobel? Respuesta: “Ganar tiempo. Un escritor necesita tiempo para escribir pero también necesita ganarse la vida. A veces recurre a oficios que terminan por impedirle escribir. El Nobel significa tiempo. ¿Notoriedad? También, pero eso se pasa. El primer Nobel fue francés, el poeta Sully Prudhomme. Hoy está olvidado. Los que hemos ganado el premio sabemos que no duramos muchos”.

Durante la charla se habló de lo divino y lo humano, pero la conversación de centró en El africano, la novela en la que Le Clézio cuenta su infancia en Nigeria, adonde fue para encontrarse con su padre. “Nació un encargo de mi editor”, explicó el novelista. “Me pidió una autobiografía y yo le dije: ‘Si no tengo vida, ¿cómo voy a tener autobiografía? Pero conozco a alguien que la tiene: mi padre”. Nacido en Isla Mauricio su padre había estudiado medicina tropical en Londres, una formación que lo llevó a África como médico del ejército británico obligado a encargarse de todo: de un parto o de una autopsia. Le Clézio nació en Niza en 1940 pero no conoció a su progenitor hasta los siete años. La Segunda Guerra Mundial separó a sus padres y a él se crio al lado de su madre y su abuela, que se dedicaba a rebuscar verdura por los mercados para darles de comer: “No conocía la autoridad. La conocí cuando conocí a mi padre, criado en la disciplina inglesa, o sea, a bastonazos. Vargas Llosa me contó que a él le pasó algo parecido, aunque su padre lo había abandonado. El mío no. El amor de mis padres, primos hermanos con educaciones opuestas, sobrevivió a la guerra. Me parece admirable. La época era difícil y el amor se volvió importante. Ese es un libro que tengo que escribir un día”.

Cuando una lectora le señala que en El africano se palpan los paisajes y se toca a los personajes, Le Clézio agradece el elogio pero añade un matiz:

-“Es una realidad hecha de imaginación y de instinto”.

-“De pura memoria no sería”, replica fulgurante de uno de los presentes. El escritor sonríe. Y se explica: “Nunca volví a ese pueblo. Cuando escribía el libro iba preguntando a mi hermano, que es dos años mayor. Aun así, no estoy seguro de que sea verdad todo”. Sí lo es, dijo, la sensación imborrable de llegar a África –“resplandecía, era abierto, llena de fruta”- desde una Europa de posguerra, “enferma y cerrada”. Fue en el trayecto desde Francia hasta Nigeria donde escribió su primer libro: “El viaje duraba mes y medio en barco. Yo tenía siete años y me aburría. Me puse a escribir una novela. ¿Y de qué trataba? De ese viaje”.

¿Por qué no ha vuelto a su pueblo africano? Pálido y espigado, Le Clézio deja flotar la pregunta un instante antes de responder: “La guerra de Biafra a finales de los años sesenta produjo un millón de muertos. Fue la primera guerra por hambre de los tiempos modernos porque los yoruba sitiaron a los igbo. La mayoría de los niños que yo conocí están muertos. La colonización creó artificialmente países en los que se obligó a convivir a pueblos que siempre habían vivido separados. Dejó, además, una herencia nefasta: la corrupción, que siempre es un resto del poder autoritario”. En ese momento sonó un móvil. Era el del escritor.

Devueltos a la charla, Le Clézio sorteó con humor una pregunta doble: ¿El africano es su obra cumbre? ¿Será capaz de volver a escribir algo así? “¡Espero que sí! ¿No dicen siempre los escritores que su próximo libro será el mejor?”. Él, confesó, terminó escribiendo igual que terminó hablando español: casualidad. Primero quiso ser pescador, luego marino de la armada francesa, oficio que tenía vedado como hijo de militar británico: “Se acabó el sueño de ser como Conrad. ¿Qué me quedaba? Imaginarlo. Y me puse a escribir”. Eso sí, siempre escribe, insistió, sobre algo que le ha pasado o que le han contado. “El pez dorado surgió porque una chica africana me contó en Boston que a su abuela la raptaron cuando era un bebé, la metieron en una bolsa y la vendieron en un mercado”. La expectación se cortaba y Le Clézio relajó el ambiente antes de terminar. “Si usted me cuenta su vida”, le propuso a la lectora que tenía en frente, “yo escribo la novela”.