El olor de la guayaba con frijoles

Cuando empiezas a llegar a Puerto Rico crees que todo el mundo te va a hablar en español

La directora de Cultura del Instituto Cervantes, Beatriz Hernanz, presenta las exposiciones del VII Congreso Internacional de la Lengua Española, en San Juan de Puerto Rico, el pasado día 10. EFE

Cuando empiezas a llegar a Puerto Rico (que es una aventura con escalas: si pasas por Miami te puedes morir de miedo; luego vuelvo sobre eso) crees que todo el mundo te va a hablar en español. Así que, recién despierto en el avión que finalmente me arrancó de las garras de Miami, le pedí al aeromozo, un hombre de pelo hirsuto y aspecto bien latino, que me trajera un vaso de agua con gas. "What?", me preguntó, como si la palabra agua tuviera otra traducción para un sediento. Finalmente, me di cuenta de que estaba en la parte más blanca de los Estados Unidos, y me hice entender.

Aquí todo el mundo habla español... e inglés norteamericano. No hay problema ninguno, excepto el que, lógicamente, tenía el muy estadounidense aeromozo; son bilingües totales, me decía el taxista, que habló en seguida en español, en cuanto me vio la pinta, porque desde el jardín de infancia aprenden a fondo los dos idiomas... pero jamás van a hablar uno más que otro. Serán ingleses de habla y españoles de habla, y de alma serán lo que Dios les haga entender, me dijo el taxista. ¿Y hay alguien que no sepa inglés, o que no sepa español? Qué va, para eso tendrían que ser muy burros. Eso fue lo que él me dijo.

Pues no, no todos hablan uno u otro idioma, como comprobé caminando por una calle soleada que se llama Sol. Buscando la casa de un amigo, que estaba en el número 14, enfrente de la mansión histórica del prócer Juan Ponce de León, quise cerciorarme: ¿Esta es la calle Sol? El hombre hacía la siesta, como nosotros en Sevilla, y la calle parecía sevillana, y la mujer, una joven, atendía a su computadora. Eso les pregunté: ¿Esta es la calle Sol? El hombre se levantó de golpe; desgreñado y sonriente, imitó al azafato: "What?". Me hice entender en seguida, y seguí caminando por aquella calle empedrada que tanto me recordó las calles de La Habana o de La Orotava, en Tenerife.

Y no sólo el empedrado me recordó rincones bien españoles, es decir, hispanoamericanos, pues ya saben que en La Laguna, Tenerife, hicieron el ensayo con todo para construir las calles y hasta las veredas de muchos lugares de la América que hoy seguimos visitando, Puerto Rico inclusive. Y en ese recorrido, hecho en torno a la una de la tarde, se mezclaron todos los olores y todos los sabores que son acuciantes para el estómago y para el espíritu al mediodía de las casas atlánticas, en nuestras islas y en estas islas de ultramar. Los frijoles, la guayaba, los patacones, los plátanos, la carne mechada, la ropa vieja, los aguacates con cebolla roja bien picadita, los bistecs encebollados, las salsas que provienen de combinaciones surrealistas cuyo resultado amansa el espíritu pero no nos quita la sensación de que verdaderamente estás en otro mundo que también es el tuyo.

En ese ambiente animado por el olor de la guayaba y por los frijoles, bajo el cielo azul que parece provenir de una pintura, o de una novela de Luis Rafael Sánchez, el autor de la legendaria La guaracha del macho Camacho, era imperioso pensar que nos amparaba el verano. Hasta que cayó tremendo chaparrón. A un amigo le habían dicho, cada vez que el Caribe nos dañaba desde el cielo, que estas cosas eran simples nubes, que pasarían en seguida. El taxista que me devolvió al hotel repitió lo mismo, que eran nubes que se iban en seguida, mientras me llevaba largo trecho debajo de esta lluvia que García Márquez, en todos sus libros, convertía en diluvios prehistóricos.

En el almuerzo estuve oyendo de todo, pero lo más notable que anotó mi memoria fue lo que dijo uno de los comensales, puertorriqueño muy viajado por todo el mundo. “Yo soy de la isla, y esta isla nadie me la puede quitar, porque una isla es el alma que va con nosotros”. Samuel Beckett, que era irlandés, decía que un isleño no deja jamás la isla, ésta siempre va con uno. Los isleños de Puerto Rico se refieren a las islas adyacentes, entre las que está Cuba, como si ellos fueran un territorio sin tanto mar alrededor, como si ellos pisaran un territorio continental. Y no, son una isla, se comportan como isleños y quieren, como isleños, que la isla vaya con ellos. Ese taxista que me trataba de explicar que el diluvio era una nubecilla me dijo que, cuando el dinero europeo era más barato, viajó por 120 países, de Europa y del resto del mundo, incluidas las islas Canarias. Y volvió, claro, “acá siempre se vuelve”. Me pasa lo mismo, le dije, siempre vuelvo a Canarias. Y él me espetó, cuando yo me abría la puerta: “Pero Puerto Rico no es tan isla”.

A esa hora de la tarde el diluvio había diluido ya el olor de la guayaba con frijoles.

Ah, que me faltaba Miami. Dos palabras: no pasen. Vayan por Filadelfia (aunque el cómico W.C. Fields, que nació allí, dejó dicho que su tumba debía estar en Nueva York y tener esta inscripción: “Mejor aquí que en Filadelfia”) o por Nueva York o por la Luna, pero no pasen por Miami. El sistema de registro de aduanas es infernal, y además te miran los funcionarios (a todos, a los miles de ciudadanos que tratamos de entrar en USA) como si fuéramos diablos o delincuentes. Busquen un atajo, pero no dejen de venir a Puerto Rico…, ¡aunque sea por Miami si no tienen otro maldito remedio!

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