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Cine español: Los Clásicos

Vivir de la ilusión

Montxo Armendariz, director de ‘Tasio’, ‘Secretos del corazón’ o ‘No tengas miedo’, prepara una nueva película

El cineasta Montxo Armendariz, en Madrid.

Su familia vivía frente al manicomio de Pamplona, conocido como “la casa del tejado colorado”. Cuando se armó de valor para decirles a sus padres que quería dedicarse al cine, la madre consideró que habría que encerrarlo en esa casa. Estudió Electrónica y fue más tarde profesor de esa especialidad; sigue dando clases, ahora referidas al cine. Le gusta la enseñanza. Mientras trabajaba, pudo rodar cortos y documentales que se referían siempre a la realidad circundante. “Me había impactado el neorrealismo italiano, Roma città aperta especialmente, y entendí que el cine podía contar historias sobre las cosas que pasan en la vida y decidí hacerlas yo también y compartirlas con los demás”.

Montxo Armendariz tuvo que esperar a los 37 años para rodar su primer largo, Tasio, bella crónica de la vida de un carbonero navarro, hombre libre y cazador furtivo que fue, como comenta ahora, “la antítesis del cine que se estaba haciendo en aquel momento, que era básicamente de entretenimiento, algo perfectamente legítimo pero que no debe marginar otro tipo de narración”. Al director le interesaba la acción interna del personaje de Tasio: “Lo que más me atrae es la vida de un personaje, cómo lucha por sobrevivir o por una ilusión, por algo que a él le gusta o persigue, por algo que hace que la vida tenga sentido”.

Luego rodó dos retratos sobre jóvenes en crisis: 27 horas e Historias del Kronen. “Me ha faltado hacer la de la juventud en el año 2000, donde hubo un salto gigantesco con la revolución tecnológica, que ha cambiado completamente las pautas de casi todo. A mí me ha interesado siempre la juventud, quizás precisamente por las clases que he dado”.

Un cambio absoluto

Y también la infancia, como demostró en Secretos de corazón, que fue nominada al Oscar y considerada en Berlín la mejor película de 1997; la emigración clandestina en Las cartas de Alou, Concha de Oro en el Festival de San Sebastián de 1990; la lucha guerrillera contra el franquismo en Silencio roto o los abusos sexuales en No tengas miedo. “Trato de encontrar un tema que me interese y me emocione y que como espectador me gustaría ver y también que sea financieramente viable. Hay un montón de variables que son difíciles de compaginar”, dice. “Ahora es más difícil todo, no solamente en el cine; la palabra cine pertenece al pasado. Estamos asistiendo a un cambio absoluto de forma de entendernos y de relacionarnos, Antes vivíamos en la era analógica y ahora estamos en la digital, que supone algo parecido a lo que produjo la máquina de vapor”, añade. “No hay que satanizarlo ni sacralizarlo, sino que forma parte del proceso histórico. Los escribanos desaparecieron cuando apareció la imprenta y los jornaleros, mi padre lo era, desaparecimos cuando surgieron la cosechadora y el tractor. El marxismo sigue teniendo vigencia cuando entiende que son los medios de producción los que condicionan y crean una forma de relación y de entendimiento de la sociedad”.

Se han ido “al garete” un par de proyectos, y sobre el que ahora tiene entre manos, “un temazo”, según el actor Juan Diego Botto, que nos acompaña un rato, no consigo sacarle prenda. A sus 67 años, Armendariz sigue teniendo muchas ganas de filmar, pero mientras no rueda tiene que vivir de algo. “Y me gusta la enseñanza porque creo que hacer cine va unido a una cierta perspectiva de comunicación y de compartir con otras personas lo que piensas. Yo no veo una película como algo terminado, sino que después de terminarla recibes un montón de información que enriquece todo aquello que has intentado contar con la película y yo creo que eso es parte de lo que debe ser el sistema educativo”, señala. “Me planteo la educación en ese sentido, no como algo academicista de dar una serie de pautas o normas, sino de plantear cuál es la realidad, qué es lo que existe en este momento, de dónde viene todo eso y, a partir de ahí, establecer un dialogo y un intercambio que pueda enriquecer a los alumnos para que busquen su camino, y que para mí como director sea una forma de estar trabajando en el cine”, apostilla.

Entre otras actividades Armendáriz alentó la sociedad DAMA, creada como respuesta a la discutible gestión de la SGAE en relación con los derechos de autor. Pero aquella experiencia resultó decepcionante: “Lo que yo había creído que era una lucha común por intereses generales, en realidad era por intereses personales. Me afectó mucho. La vida no es mas que una sucesión de tropiezos con la misma piedra. Con 18 o 19 años, yo vivía la utopía de la lucha revolucionaria por un mundo mejor en el que el proletariado iba a ser como una comuna generalizada, un ideal que ahora recuerdo hasta con añoranza. Si siendo ya adulto, cuando crees que has crecido y aprendido lo que es la vida, recaes en algo parecido y si la decepción te la produce gente cercana, entonces se transforma en algo doloroso. Pero, bueno, no está tan mal porque lo mejor es no perder la inocencia en este mundo caótico y descabellado que vivimos, aunque tenga la contrapartida de sufrir otro batacazo de decepción. Pero al menos es una ilusión por la que vivir, por la que pelear y levantarme cada día. Yo sería incapaz de levantarme pensando en cómo puedo joder al prójimo. Lo único que me pueda motivar e ilusionarme es algo positivo, ver qué puedo aportar”.

“Cuando me preguntas que qué hago, pues pensar en una película en la que me sienta cómodo, ilusionado, que piense que estoy contando algo que merece la pena. Trato de ser optimista cuando miro la realidad, pero hay un montón de cosas de la condición humana que no me gustan y trato de contarlas para ponerlas delante de la sociedad y decir ‘tenemos que arreglar esto’. Hay grandes películas y grandes novelas que hablan de la bondad humana, pero yo prefiero hablar de los problemas que tenemos”.

Así han sido los nueve largos que ha dirigido hasta el momento. Y aunque no consigo sonsacarle el tema de su próxima película, la esperamos con avidez.