Las principales razones de los grandes arquitectos

La recopilación de los discursos del Premio Pritzker brinda un retrato de una profesión poliédrica

De pie, de izquierda a derecha, el jurado del premio en su edición de 2010: Juhani Pallasmaa, Karen Stein, Rolf Fehlbaum, Jorge Silvetti, Hans Hollein, Alejandro Aravena, Richard Meier, Thom Mayne, Cesar Pelli, Rafael Moneo, Jan Utzon, Richard Rogers, Jean Nouvel, Kevin Roche, Renzo Piano, Martha Thorne, Bill Lacy. Sentados, de izquierda a derecha: Carlos Jimenez, Lord Palumbo, Ryue Nishizawa, Cindy Pritzker, Kazuyo Sejima, Frank Gehry, Christian de Portzamparc y Glenn Murcutt

“A no ser que rompamos con nuestra dependencia de lo real y nos demos cuenta de que la arquitectura es un camino para reflexionar sobre cualquier tema, desde el más político al más práctico; a no ser que nos liberemos de la eternidad para poder especular sobre problemas urgentes e inmediatos, como la miseria o la destrucción de la naturaleza, nos arriesgamos a que la arquitectura no llegue a 2015”. Rem Koolhaas dijo esto en el Parque Arqueológico de Jerusalén hace 16 años, cuando él, con 56, recogió el Premio Pritzker, el premio de arquitectura más importante del mundo. Lo que el holandés haya hecho desde entonces no le resta capacidad adivinatoria: claro la arquitectura ha llegado hasta 2016, pero lo ha hecho tocada. Un repaso a los discursos de aceptación de los arquitectos más reconocidos del mundo permite intuir esa deriva. O esa evolución.

Retrato de valores

El espacio virtual y el mundo real

A Koolhaas, autor de la sede de la televisión china en Pekín, le preocupa el espacio virtual y la defensa del mundo. Con esa misma ambición, el autor de la T4 de Barajas, Richard Rogers, afirmó que los arquitectos tienen no pueden ser apolíticos y tienen que comprometerse . Y el portugués Eduardo Souto de Moura añadió “los arquitectos tenemos que cambiar”. ¿Cómo? Souto sugiere atender a los caracteres chinos que componen la palabra crisis: el primero indica peligro, el segundo oportunidad.

Así, el libro Premios Pritzker Discursos de aceptación, 1979-2015 (Fundación Arquia), editado por los profesores de la Escuela de Pamplona, Rubén A. Alcolea, Héctor García-Diego, Juan M. Ochotorena y Jorge Tárrago es un pequeño tratado en el que la disciplina da explicaciones al mundo. Y un retrato de la evolución de los valores asociados a esa profesión. Por eso todos los premiados terminan retratados. Desde el primero, Philip Johnson —un arquitecto más influyente por las exposiciones que organizó en el MoMA que por lo que construyó— cuando declaró que “el premio no es para mí, es para el arte de la arquitectura” hasta Renzo Piano, que declaró su oficio “un arte socialmente peligroso” cuando recogió su galardón en 1998.

En el apartado biográfico, la dificultad de los comienzos no hace referencia a la falta de medios sino al miedo a imitar. El autor de la Torre Agbar de Barcelona, Jean Nouvel, se esfuerza en explicar por qué cada uno de sus edificios es diferente y recurre a Michel Foucault para recordar que “el futuro de la arquitectura no es arquitectónico”. Piano busca en la ciencia. “Para ser un científico el arquitecto debe ser un explorador y no temer la aventura. Crear significa intentar agarrar algo de la oscuridad, abandonar las referencias”. Y el único Pritzker español, Rafael Moneo, denuncia el peligro “de creer que la arquitectura es simplemente el reflejo la cultura de un momento”. Cuando él lo recibió, en 1996, aseguró que muchos arquitectos buscaban “expresar movimiento en lugar de estabilidad”. El suizo Peter Zumthor dijo algo parecido pero haciendo autocrítica: “Era terrible. En mis edificios podía oírse el debate arquitectónico del momento. Era la última vez que no era yo mismo”.

Un caso especial es el de Luis Barragán. El discurso de aceptación del mexicano es un testamento. Tal vez por eso es uno de los más esforzados. En él reconoce una obra que resume en belleza, silencio, soledad, alegría, jardines y muerte: “la certeza de la muerte es fuente de vida”.

De “la arquitectura es un arte” del austriaco Hans Hollein, al “espacio para el ser humano, soporte de su dignidad” del alemán Gottfried Böhm, la elocuencia de Rem Koolhaas resume su personal historia de la arquitectura entre dos polos. El de los grupos y movimientos —la arquitectura ideológica de los años 50— y el de las identidades singulares medio siglo después: “Nos respetamos mutuamente, pero no formamos una comunidad”. “El cliente ya no es el estado sino individuos privados que”, atención, “a menudo se aventuran en propuestas con una ambición desmedida y una ejecución carísima” dijo el holandés en 2000. Es cierto que continuó reconociendo que los arquitectos acogen esas propuestas con los brazos abiertos, pero ¿de verdad piensa que son los clientes los que proponen y los arquitectos los que disponen y no que funciona al revés?

En un tono más personal, el australiano Glenn Murcutt confiesa haber suspendido la asignatura “soleamiento y protección solar”, el tema en el que terminaría siendo un especialista. “El fracaso es una magnífica forma de aprender” dijo antes de repetir un consejo de su padre: “Recuerda que debes comenzar como te gustaría terminar”.

 Tirar muros

 En esa línea autobiográfica, el noruego Sverre Fehn se fue a Marruecos a estudiar la llamada arquitectura primitiva. “No es un viaje de exploración en el que descubras cosas nuevas, las reconoces”. Y el japonés Toyo Ito asegura que su trabajo “siempre ha tratado de echar abajo el muro que separa la arquitectura moderna de la naturaleza”. Es, sin embargo, de nuevo Piano, el que hace “una llamada a la dignidad de nuestra profesión. Sin esta dignidad corremos el riesgo de perdernos en un laberinto de modas y tendencias”, dijo el autor del Pompidou que, conviene recordarlo, se inició como Shigeru Ban realizando para la Unesco arquitecturas de emergencia.

El brasileño Paulo Mendes da Rocha fue el primero en reivindicar que la paz sea la piedra angular de la arquitectura. Pero fue el único Pritzker chino, Wang Shu, quien en 2012 puso el dedo en la llaga explicando su obsesión: “¿Están mis edificios arraigados en mi propia cultura? ¿Cómo puede un simple arquitecto mantener una actitud y una forma de trabajar opuestas al poderoso y omnipresente sistema moderno?”. La respuesta es un clásico: no puede. Le queda el esfuerzo de intentarlo alumbrado, o cegado, por el convencimiento. A eso se dedican Wang Shu y su socia, Lu Wenyu.