George Martin, el tipo en la sombra del sonido mágico

La diplomacia, la curiosidad técnica y los conocimientos musicales fueron las grandes bazas del productor

Los Beatles con George Martin en abril de 1963. CHRIS WARE / ATLAS

Parecían destinados a chocar: cuatro gamberretes de Liverpool y un gentleman londinense. Pertenecían incluso a diferentes generaciones: Martin había vestido uniforme durante la II Guerra Mundial (aunque no llegó a participar en combates) mientras que sus pupilos se beneficiaron de la desaparición del servicio militar. Socialmente, sin embargo, George también tenía unos orígenes modestos y mucho de autodidacta.

Los Beatles aterrizaron en Abbey Road cuando aquello funcionaba como un taller industrial, de rígida disciplina: los curritos llevaban batas y se cumplía el plan de productividad (idealmente, las dos caras de un single se grababan en tres horas). Con el tiempo, los recién llegados cambiaron radicalmente las reglas: trabajaban sin límite de tiempo, explorando las posibilidades de los aparatos. Hasta podían colocarse; el propio Martin debió cuidar de un Lennon en pleno mal viaje; totalmente ignorante del mundo de las drogas, lo llevó ¡al tejado del estudio!

En contra de lo que se cree, el equipamiento de Abbey Road estaba anticuado (al menos, en comparación con los estudios punteros californianos). Pero George Martin era experto en superar sus limitaciones, tras 12 años grabando jazz, orquestas y humoristas amantes del collage. Y supo traducir las peticiones digamos poéticas de Lennon (“mi voz debe sonar como unos monjes tibetanos entonando cánticos en lo alto de una montaña”) en soluciones prácticas. Piezas tan complejas como Strawberry Fields Forever o A day in the life hubieran sido imposibles sin su paciencia y el buen hacer de los ingenieros que le arropaban.

Su dominio de la música clásica también ayudó a la hora de escribir arreglos de cuerda que “no sonaran como la orquesta de Mantovani”, en petición de Paul McCartney. Hablaba el lenguaje de los músicos de conservatorio cuando se requería, por ejemplo, una trompeta barroca para Penny Lane. Su flexibilidad como teclista se evidencia en muchas joyas del grupo, desde In my life a Lovely Rita.

Tutelados por Martin, los Beatles reinventaron el concepto de música grabada: en el principio, se trataba de reflejar el sonido de su arrebatado directo; a mediados de los sesenta, sus discos pasaron a ser creaciones autónomas, no pensadas para los escenarios. El único techo estaba en la imaginación de sus autores: Martin y su equipo se ocupaban de superar las limitaciones tecnológicas con ingenio y horas interminables. Todavía apabulla saber que el monumental Sgt. Pepper se plasmó con una grabadora Studer de 4 pistas (en Estados Unidos, ya se funcionaba con máquinas de 8 pistas).

Mientras iban generando discos prodigiosos, el equilibrio del poder en Abbey Road se transformó: Martin fue cediendo prerrogativas para que los Beatles volaran en libertad. Con todo, sufría el sambenito de ser la encarnación del odiado establishment. Mientras McCartney absorbía feliz sus enseñanzas, Lennon y George Harrison le veían como “el hombre de EMI”, aunque Martin explicara que él también era una víctima de un modelo de negocio basado en la explotación de la creatividad: descontento con su modesta nómina, terminó por independizarse y, eventualmente, construir estudios a su medida, en Londres y en la isla caribeña de Montserrat.

Con su crueldad característica, Lennon proclamaría que Martin se había eclipsado tras la separación de los Beatles. Nada más lejos de la realidad. Al igual que, durante la Década Prodigiosa, aprovechó para producir a numerosos artistas de Liverpool (Cilla Black, Gerry and the Pacemakers, Billy J. Kramer) y colaborar con la franquicia James Bond, una vez que se quedó libre de su principal compromiso, se convirtió en un productor muy demandado.

Muchos de sus nuevos clientes (Cheap Trick, America, Little River Band) buscaban la vieja magia: los arreglos imaginativos, la pulcritud sonora, los discretos experimentos, los juegos de voces. Pero George Martin también se aventuró en el jazz-rock —con Jeff Beck o la Mahavishnu Orchestra— o en la new age de Paul Winter. Para entendernos: no era un tipo cool ni un productor genialoide. Le definían características tan británicas como la tenacidad, la mesura, la tolerancia, la laboriosidad; justo lo que necesitaban aquellos cuatro provincianos que desbordaban ambición y talento.