Una heroína del siglo XXI

National Geographic Channel estrena ‘Él me llamó Malala’, retrato de la premio Nobel de la Paz

Malala Yousafzai, protagonista del documental 'Él me llamó Malala'.

Los cuentos machistas de princesas deberían dejar paso en el siglo XXI a historias tan fascinantes como la de Malala Yousafzai. “A los talibanes les asusta más una niña con un libro que un dron”. Ziauddin Yousafzai tiene razones de peso para decirlo. Su hija Malala estuvo al borde de la muerte por defender el derecho de las niñas a ir a la escuela, una herejía para los talibanes, que no dudaron en dispararla a bocajarro en Paquistán precisamente cuando se disponía a ir al colegio en 2012 con apenas 15 años. Malala sobrevivió milagrosamente a aquel atentado, convirtiéndose en heroína y portavoz de las niñas que luchan por tener derecho a la educación.

Tras el ataque, ella y su familia se instalaban en Reino Unido y abrían una fundación que lleva su nombre dedicada precisamente a trabajar por la escolarización de más de sesenta millones de niñas. Por todo ello en 2014 Malala se convertía en la persona más joven de la historia en recibir el premio Nobel de la Paz. “Para nosotros fue como culminar un sueño, pero nuestro trabajo acaba de comenzar”. El padre de Malala lo afirma durante una entrevista en Londres con motivo de la presentación del documental Él me llamó Malala, una cinta que fue candidata al Oscar en 2015 y que National Geographic Channel emite el domingo 6 (19.00).

Al ver la película —que pese a su interés a menudo peca de publirreportaje— uno se pregunta cómo es posible que en un mundo de férreas tradiciones machistas como el del valle del Swat paquistaní en el que creció la familia Yousafzai, pudiera florecer alguien como Malala. La respuesta que da la película está en el padre, Ziauddin, aunque en la cinta nunca se explica por qué él no es como la mayoría de los hombres de su entorno, que consideran a las mujeres ciudadanos de segunda clase, como aún ocurre en gran parte de la geografía del planeta. Durante la entrevista con EL PAÍS trata de explicarlo. “Crecí siendo testigo de la injusticia. A mí me daban té con leche y a mis hermanas sólo té y nunca comprendí por qué. En las comidas, las mejores partes del cordero eran para los hombres y las peores para las mujeres. ¿Por qué? La discriminación es constante. Yo fui a la escuela, mis hermanas no. Por eso siempre pensé que si tenía una hija me vengaría de toda esa discriminación”.

Malala creció gateando entre los libros del pequeño colegio que abrió su padre, profesor de escuela y activista político. Y desde pequeña aprendió a amar el conocimiento, algo que su progenitor alimentó. Si se le pregunta, Ziauddin no duda en definirse como feminista. “Por supuesto”, remarca. Pero como el mundo está lleno de contradicciones, se casó con una mujer iletrada a la que nunca enseñó ni a leer ni a escribir como a su hija. La madre de Malala es la gran ausente del documental, aunque hoy Ziauddin subraya que “está aprendiendo inglés y Malala le pregunta a diario si ha hecho los deberes”.

Sobre la conciencia de este hombre sencillo, que a fuerza de conceder entrevistas ya parece un profesional de Hollywood, siempre pesará que su hija estuviera a punto de morir puesto que fue él quien la incitó a tomar partido públicamente cuando los talibanes prohibieron que las niñas fueran al colegio en el valle del Swat. “Es algo con lo que siempre tendré que vivir pero sin con trece años era difícil pararla ahora con 18 es imposible”.

Malala y el mundo musulmán

Mientras el candidato republicano Donald Trump proclama que hay que echar a los musulmanes de Estados Unidos, películas como Él me llamó Malala luchan contra su demonización. “Las primeras víctimas del extremismo islámico somos los propios musulmanes” afirma Ziauddin Yousafzai. Malala estuvo a punto de morir precisamente por desafiar a los talibanes y ahora toda su familia reside en Reino Unido porque ella está amenazada de muerte en su país. “Es importante que nuestra experiencia se conozca para que el mundo comprenda que no todos los musulmanes somos como Al Qaeda”. Pese a las amenazas, Malala hoy compagina sus estudios con su trabajo como activista. “Hasta que todas las niñas no estén en la escuela no habremos terminado nuestro trabajo”, zanja su padre.