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CRÍTICA| EL AMOR ES MÁS FUERTE QUE LAS BOMBAS

Guerra al desamparo

El noruego Joachim Trier sigue haciendo lo que debe hacer un autor del primerísimo mundo: recorrer las esquinas más recónditas

Isabelle Huppert y Devin Druid, en 'El amor es más fuerte que las bombas'.

El noruego Joachim Trier sigue haciendo lo que debe hacer un autor del primerísimo mundo: traspasar su impoluta fachada, recorrer las esquinas más recónditas, las emocionales, las sentimentales, las morales, sus prejuicios y sus dogmas, y descubrir en ellas que el desamparo también puede ser un habitante del paraíso, el de la libertad, la educación y la tolerancia. Lo hizo en su magnífico debut, Reprise (2006), lo repitió en la soberbia Oslo, 31 de agosto (2011), y reincide en su primera película en inglés: El amor es más fuerte que las bombas, relato de narrativa fragmentada, centrado en una familia de ambiente culto que se desgarra por sus cuatro vertientes: padre actor de éxito ya retirado, madre mito de la fotografía de guerra, hijo mayor doctorado en Sociología y joven padre con dudas, e hijo adolescente perdido entre las sombras de su soledad quizá autoimpuesta.

EL AMOR ES MÁS FUERTE QUE LAS BOMBAS

Dirección: Joachim Trier.

Intérpretes: Gabriel Byrne, Jesse Eisenberg, Isabelle Huppert.

Género: drama. Noruega, 2015.

Duración: 109 minutos.

Película dotada de muchísimos subtextos, todos de gran trascendencia y relacionados con cada etapa vital, el nuevo trabajo de Trier, junto a su habitual coguionista Eskil Vogt, se desarrolla con variadas rupturas en el continuo dramático, tanto por exquisitas digresiones formales como de saltos adelante y atrás, e incluso secuencias repetidas con distinto punto de vista. El resultado formal es una obra apasionante que solo se pasa de frenada en un par de imágenes al ralentí (los cristales en el accidente de coche, las piedras en la explosión), demasiado relamidas en un contexto que ya posee suficiente solemnidad.

El resto, con insertos de montaje, juegos de sonido, música sutil y, lo mejor, abundantes silencios y un ejemplar tempo en los diálogos, van articulando su esencia: que cada uno vive su propia contienda bélica, a veces sin necesidad de estar en ninguna guerra, en Irak o Siria, y que el instituto, la paternidad o la disparidad entre lo que cada uno quiere en la vida y lo que en realidad acaba practicando puede ser también un infierno imposible de soportar. Trier, una vez más, te deja baldado y reconfortado, y acaba abriendo una brecha en tu propio pensamiento, en tus convicciones y hasta en tu estómago.