ARCO 2016

El día después: Arco como centro comercial

La feria responde a un país que sigue despreciando la formación estética y la promoción de la creatividad para la educación

En Arco los visitantes paseaban, charlaban entre ellos, las obras de fondo o como paisaje; muchos mantenían durante segundos una pose de interés, algunos hablaban con entusiasmo y todos hacían fotos a las obras o a ellos como obras. Antropológicamente todo pasillo y feria es interesante: Artistas, teóricos y curators se reconocían con abrazos como en una reunión de viejos amigos y se citaban para las noches o las fiestas. En los cubículos e itinerarios convivían ricos y currantes con muchos de los “nuevos pobres” (todo va tan rápido que ellos se sienten ya viejos precarios): jóvenes artistas y estudiantes que piensan que deben estar allí, que allí les enseñan cuál es el arte de hoy, cuál el que se vende; y que vender es necesario para ser alguien y ser visto, para tener un nombre. Muchos no tardarán en descubrir la fachada que esconde otra fachada y otra y detrás otra… Fachadas sobre las que las instituciones del arte dicen legitimarse, a ratos olvidando, a ratos instrumentalizando una ilusión de pulsión e intensidad que quienes valoramos el poder de la creatividad aún sentimos, no exentos de desengaño.

Probablemente esos artistas jóvenes que pasean y creen, a su vuelta de Arco debaten con sus amigos del pueblo pidiéndoles una oportunidad para el arte contemporáneo, al que la mayoría desconoce, denosta, prejuicia o del que se burlan recordando algún polémico titular televisivo. Muchos de estos artistas jóvenes hablarán de que han descubierto un mundo sorprendente en ese recinto de obras inquietantes y artistas reconocidos y emergentes, plagado de mensajes y preguntas no sujetas al realismo repetitivo que encuentran en las iconografías de sus pueblos, repletos de santos y vírgenes, ampliados en ocasiones también a sus centros de estudio.

Visitantes de Arco.

En esta edición, escuché como un estudiante de arte algo más curtido en visitas, a su regreso de Arco en tren a algún lugar del sur, decía: “He descubierto que Arco es un gran centro comercial”. Pegué mi cabeza a la ventanilla más cercana para escucharle mejor porque advertí en el chico una epifanía que me enterneció e interesó a partes iguales. El estudiante decía haber transitado durante horas el recinto saturado de obras que no había podido observar mínimamente. Decía además que tenía la sensación de que allí todo, hasta los que paseaban o posaban, estaban en venta. Argumentaba con desagrado la estafa que para él suponía ceder a socializarse y dejarse ver como primer paso para todo lo demás, para aspirar a tener un lugar que opere como una oportunidad de futuro para quien quiere crear y vivir de ello. A mí me parecía que, ciertamente, en un mundo donde el exceso es rasgo y la acumulación seña de identidad prima impertinente el valor de la hipervisibilidad, un valor que alimenta al monetario, mercadotécnico y especulativo donde obra y sujeto se convierten en artefactos en venta.

En una conversación ficticia en mi mente quise compartir con él que en esa ansiedad que Arco le había provocado me parece que hay algo muy contemporáneo: que el exceso que caracteriza toda feria acumulativa funciona como una forma de neutralización de la atención. Como el más puro mercado, ávido de velocidad y movimiento, al que ya sabemos que no gusta el tiempo reflexivo. Pero, ¿acaso el arte, ese reducto que pensábamos podía aún proporcionarnos tiempo de negociación, de mirada, de pregunta, de disfrute, de disentimiento frente a la imagen/obra, no tiene nada que decir al verse domesticado en este valor?

Quise decir al chico que a mí me parece que el arte contemporáneo tiene (o podría tener) un lugar privilegiado como agente crítico frente a la opresión simbólica de la cultura visual contemporánea, que yo describiría como excedentaria, dominada por una hegemonía neoliberal y, a menudo, banalizada en sus representaciones. Pero para dicho fin Arco no es ni de lejos el mejor contexto, por excedentaria y por formar parte de dicha hegemonía. De otro lado, una obra precisa “tiempo”, necesita algo más que un cubo blanco o una pared monocroma, precisa no tanto “ser transitada” en esa inercia a la que llevan las ferias de arte, sino un tiempo de conciencia, un detenerse a mirar, a experimentar, a leer, a profundizar, insisto, un tiempo que el exceso aniquila.

'Estatico', de Moisés Villelia.

Pero la reflexión se me fue a un estrato (fachada) más estructural y pensé que en el fondo Arco responde a un país que sigue despreciando la formación estética y la promoción de la creatividad para la educación de sujetos (más) libres y emancipados capaces de expresarse, incluso de emocionarse y contradecir un imaginario que se les impone. Aquí en los últimos tiempos hemos sido más de manualidades y mucho de colorear, de hacer miles de réplicas del mundo y de contar historias de arte que nunca llegan al presente.

Arco es el lodo de un barrizal educativo que cabría repensar por completo. Nunca el arte contemporáneo llegará a la gente sin una educación que acompañe, nunca saldrá del grupo autocomplaciente de creadores, críticos, museos y coleccionistas, casi siempre amigos o familia, y de sus formas de rentabilización que lo retroalimentan, pasando por alto su implicación en la desigualdad del mundo, su papel global en las grandes fortunas e ingentes operaciones de blanqueo, en la miseria que atraviesa sus cifras. Arco es de muchas maneras una metáfora de la Institución-Arte en España. Con potencial pero amilanada frente al futuro, necesitada de autocrítica e imaginación.

No ayuda que la experiencia estética derive cambiando la intensidad de quien experimenta por el ocio que quien pasea y se hace visible, el valor de profundizar por el marketing de un titular ya cocido, sea desde la provocación o de su contraste. Con seguridad, la poca sintonía que al menos en este sur de Europa ha tenido el arte y la educación ha contribuido a coartar la potencia de la práctica artística y la posible de contextos que la acogen para la ciudadanía formada. Del mantenimiento (aún ahora) de este desatino se desprende no ya un mayoritario desconocimiento de la práctica creativa contemporánea que habita lugares como Arco, sino una nula experiencia crítica y estética de la mirada. Una experiencia que en lugar de entrenarse para cuestionar lo que el mundo enseña y lo que esconde, lo hace para interiorizar los mensajes del poder. En lugar de educar a través del arte para permitirnos ser más libres, se orienta a entrenar y domesticar los ojos, aprendiendo a ver, aprendiendo a hacer, lo que el ojo del poder reclama, el mundo que asienta.

Decían este año en Arco que querían “imaginar futuros”. Y me digo que sí, que estamos muy faltos de fantasía, que no podemos obviar un mundo excedentario de símbolos donde habituados a la imagen perdimos la costumbre de extrañarnos ante ella y lo que esconde. En este sentido si Arco nos ha hablado en esta ocasión de futuro sería apuntando a un panorama distópico, al menos para la creatividad, neutralizada, resignada ante el dios capital y sus números. Quizá si esa sentencia que ha dado nombre a parte de la feria (“imaginando otros futuros”) fuera radical, podríamos tener esperanza en que Arco podrá reimaginarse en otra cosa, porque este país y sus fachadas educativas e institucionales también lo hagan. Entretanto, la apatía que sugiere da mucho, mucho margen para imaginar de una vez sin miedo lo que el arte puede, especialmente si no sucumbe a convertirse en otro centro comercial o en una mera reunión de amigos.

'From nothing to void, 2014-2016', de Pep Vidal